El neoliberalismo suele presentarse como una teoría abstracta y aséptica: gráficos de colores, ecuaciones de equilibrio general, promesas de eficiencia y una fe casi religiosa en el mercado como mecanismo perfecto de asignación de recursos. En ese relato, la economía aparece despojada de conflicto social, de historia y de relaciones de poder. Todo se reduce a incentivos, expectativas y “señales”. Sin embargo, cuando ese programa deja las presentaciones en PowerPoint y baja a tierra, no produce modernización ni bienestar generalizado: produce desocupación estructural, desindustrialización acelerada y fractura social profunda.
Pocas experiencias históricas exponen con tanta crudeza ese pasaje del discurso a la realidad como la Gran Bretaña de los años ochenta bajo el gobierno de Margaret Thatcher. La demolición deliberada del Estado de bienestar, la destrucción del entramado industrial, el ataque frontal al movimiento sindical y la mercantilización de todas las esferas de la vida no fueron efectos colaterales ni errores de cálculo: fueron decisiones políticas conscientes, orientadas a reconfigurar la sociedad británica sobre la base de la competencia individual y la subordinación total al capital financiero.
Ese proceso no solo transformó la economía: reconfiguró la vida cotidiana, los vínculos comunitarios y las expectativas de futuro de millones de personas. Ciudades industriales enteras quedaron reducidas a paisajes de fábricas cerradas, viviendas deterioradas y generaciones completas sin horizonte laboral. El desempleo dejó de ser una coyuntura para convertirse en una condición permanente, y la pobreza pasó de ser un problema social a una culpa individual. El mensaje era claro: quien queda afuera es porque no supo adaptarse.
Pocas herramientas narran ese proceso con tanta precisión como el cine británico de los años ochenta. No porque sus directores se propusieran hacer “cine político” en un sentido panfletario, sino porque la realidad era imposible de disimular. Estas películas no funcionan como consignas ideológicas: funcionan como documentos sociales. Registran barrios obreros vaciados, fábricas clausuradas, jóvenes sin trabajo ni futuro, familias atravesadas por la frustración y comunidades empujadas al descarte. Lo que aparece en pantalla no es una metáfora: es la vida bajo el neoliberalismo realmente existente.
Ver estas películas hoy, cuando el gobierno de Javier Milei reivindica explícitamente el thatcherismo como modelo a imitar, no es un ejercicio cinéfilo ni un gesto nostálgico. Es un acto de alfabetización histórica. Especialmente necesario frente a un movimiento libertario que desprecia el estudio, ridiculiza el conocimiento social y considera que la historia es apenas un obstáculo para la aplicación “pura” del mercado.
El cine británico de la era Thatcher muestra, con una claridad incómoda, aquello que el discurso libertario oculta: que detrás de la retórica de la libertad individual hay vidas rotas, detrás de la eficiencia hay destrucción productiva, y detrás del achicamiento del Estado hay una sociedad más desigual, más violenta y más fragmentada. No son advertencias teóricas. Son imágenes del futuro que promete el ajuste.


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