El gran mito liberal: el “colectivismo” que sostiene al capitalismo moderno
Desde los rescates bancarios hasta las fuerzas armadas, las economías liberales modernas dependen de enormes estructuras colectivas. Entonces, ¿por qué ciertos discursos convierten al “colectivismo” en un insulto exclusivo de otras ideologías?
Hay palabras que en el debate político dejan de funcionar como conceptos y pasan a ser armas. “Colectivismo” es una de ellas. En ciertos discursos liberales y libertarios contemporáneos, el término aparece asociado automáticamente al comunismo, al socialismo, al fascismo o al nazismo, como si toda forma de organización colectiva fuera necesariamente autoritaria, opresiva o incompatible con la libertad.
El problema es que esa simplificación no resiste el menor análisis histórico serio.
Porque si el colectivismo significa organizar recursos, normas e instituciones de manera común para sostener una sociedad, entonces las propias economías liberales están atravesadas por estructuras profundamente colectivas. No como excepción. Como condición básica de existencia.
El liberalismo jamás existió en el vacío. Nunca hubo capitalismo sin Estado, sin tribunales, sin policía, sin moneda común, sin infraestructura pública y sin sistemas financiados colectivamente. La imagen romántica del individuo completamente autónomo construyendo riqueza aislado de la sociedad es más una fantasía ideológica que una descripción histórica real.
Y aquí aparece una omisión fundamental del discurso liberal contemporáneo: muchos de los propios pensadores clásicos del liberalismo aceptaban mecanismos de organización colectiva y fuertes funciones estatales. El liberalismo histórico nunca fue completamente antiestatal ni puramente individualista como suele presentarse hoy en ciertos discursos de redes sociales.
Adam Smith, convertido casi en un santo patrono del libre mercado absoluto, defendía en realidad funciones esenciales del Estado. En “La riqueza de las naciones” sostenía la necesidad de la obra pública, la educación, la justicia, la defensa nacional y determinadas regulaciones económicas. Smith comprendía algo que muchos de sus supuestos herederos actuales parecen olvidar: el mercado no funciona en el vacío.
John Locke, uno de los padres del liberalismo político, también concebía el Estado como un pacto colectivo entre ciudadanos destinado a proteger derechos comunes. Incluso la propiedad privada necesitaba una estructura jurídica y social colectiva para existir y garantizarse.
Más evidente todavía resulta el caso de John Stuart Mill. Defensor histórico de las libertades individuales, también apoyaba la educación pública obligatoria, ciertas regulaciones sociales y formas de cooperación obrera. Para Mill, la libertad no podía sostenerse en sociedades destruidas por la desigualdad extrema o la ignorancia masiva.
Décadas después, John Maynard Keynes terminaría de romper con la fantasía del mercado autosuficiente. Su pensamiento defendía la intervención estatal, el gasto público, la regulación financiera y políticas activas de empleo para evitar los colapsos cíclicos del capitalismo. Tras la crisis de 1929, gran parte del mundo capitalista adoptó mecanismos keynesianos que dieron origen a los modernos Estados de bienestar.
Es decir: incluso dentro del liberalismo existió históricamente la aceptación de enormes estructuras colectivas. No porque los liberales se hubieran vuelto socialistas, sino porque comprendían algo elemental: ninguna economía moderna puede funcionar sin organización social común.
Las grandes potencias liberales del mundo sostienen enormes aparatos colectivos. Estados Unidos, presentado muchas veces como el símbolo máximo del individualismo económico, posee uno de los complejos militares más grandes de la historia humana, financiado mediante impuestos y administrado centralmente por el Estado. Sus bancos centrales intervienen constantemente en la economía. Sus gobiernos rescatan corporaciones privadas cuando el mercado colapsa. Sus sistemas judiciales garantizan la propiedad privada mediante instituciones sostenidas por toda la sociedad.
Cuando las ganancias son privadas, el discurso suele exaltar la libertad individual. Pero cuando aparecen las crisis financieras, los derrumbes bancarios o las recesiones, el “colectivismo” deja de ser un monstruo y se convierte rápidamente en salvataje estatal.
La crisis financiera de 2008 fue una demostración brutal de esa contradicción. Durante décadas, sectores financieros defendieron la desregulación y denunciaron la intervención estatal. Pero cuando el sistema estuvo al borde del colapso, fueron los Estados los que socializaron pérdidas gigantescas para evitar el derrumbe del capitalismo global. El mercado, que en tiempos de bonanza se presentaba como autosuficiente, terminó dependiendo del auxilio colectivo de millones de contribuyentes.
Lo mismo ocurre con cuestiones mucho más cotidianas. Las carreteras, los hospitales, las universidades públicas, los sistemas jubilatorios, las fuerzas armadas, las redes eléctricas, los bancos centrales y hasta Internet nacieron o crecieron gracias a inversiones estatales y estructuras colectivas. Incluso las empresas privadas más poderosas del mundo operan dentro de marcos jurídicos, monetarios y sociales garantizados colectivamente.
Por eso resulta intelectualmente deshonesto usar la palabra “colectivismo” como si fuera una etiqueta exclusiva de determinadas ideologías enemigas.
El verdadero debate político nunca fue “colectivismo versus individualismo” en estado puro, porque ninguna sociedad moderna funciona exclusivamente bajo uno de esos principios. Todas mezclan ambas dimensiones. Toda civilización requiere algún nivel de organización colectiva para existir. La cuestión central siempre fue otra: quién controla ese poder, para beneficiar a quién y bajo qué límites democráticos.
Incluso dentro del propio liberalismo existen tradiciones que reconocen esto abiertamente. El liberalismo social europeo del siglo XX aceptó que la libertad individual no podía sostenerse en sociedades devastadas por la desigualdad extrema. De allí surgieron los Estados de bienestar, los sistemas públicos de salud, las regulaciones laborales y la educación masiva. No porque Europa hubiera abandonado el capitalismo, sino porque entendió que el mercado por sí solo no garantizaba cohesión social ni estabilidad política.
Sin embargo, buena parte del discurso político contemporáneo necesita borrar esa complejidad histórica. La palabra “colectivismo” funciona entonces como una herramienta emocional destinada a producir miedo automático. Se la asocia a dictaduras, uniformidad y pérdida de libertad, mientras se invisibiliza que las propias democracias liberales dependen diariamente de enormes mecanismos colectivos para sobrevivir.
La contradicción aparece incluso en sectores que condenan cualquier intervención estatal mientras exigen seguridad pública, estabilidad monetaria, defensa nacional, justicia, infraestructura y rescates económicos cuando el mercado entra en crisis. Es decir: rechazan el colectivismo solo cuando beneficia a las mayorías, pero lo aceptan sin problemas cuando protege la estructura del capital.
La historia demuestra algo incómodo para los discursos simplistas: no existe capitalismo moderno sin algún grado de planificación, coordinación y organización colectiva. Ni siquiera las economías más liberales del planeta funcionan únicamente mediante decisiones individuales espontáneas.
Por eso el problema no es la existencia de lo colectivo. El problema histórico aparece cuando el poder —sea estatal o corporativo— se vuelve autoritario, concentra riqueza o elimina derechos. Y eso ocurrió bajo gobiernos de distintos signos ideológicos, no solamente en experiencias socialistas.
Reducir toda discusión política a una lucha entre “libertad individual” y “colectivismo monstruoso” no es un análisis profundo del mundo moderno. Es apenas un eslogan eficaz para redes sociales. Uno que repite consignas simples mientras oculta que hasta las economías liberales más radicales dependen, todos los días, de estructuras colectivas gigantescas que sostienen el funcionamiento de la sociedad.

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