El texto analizado forma parte de Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, obra escrita por Juan Domingo Perón, donde el líder justicialista sistematiza, con una claridad notable, una concepción económica profundamente política, social y ética. No se trata de un manual técnico ni de una receta coyuntural: es una doctrina de organización nacional, pensada para perdurar más allá de gobiernos circunstanciales.
Desde las primeras páginas, Perón deja en claro una idea central que hoy resulta casi subversiva: la economía no es autónoma, no es neutra, ni puede separarse del proyecto político que la orienta. Por el contrario, sostiene que la dimensión política es previa al ámbito económico, desmontando de raíz el dogma liberal que pretende reducir la economía a una cuestión de eficiencia, precios y rentabilidad.
En el pensamiento peronista, lo económico emana de un proyecto histórico nacional, con anclaje social y con una raíz cristiana explícita. El objetivo no es la maximización del beneficio individual sino el servicio a la comunidad organizada, entendiendo al hombre no solo como consumidor o productor, sino como persona moral, intelectual y espiritual.
Esta definición es clave: Perón niega que la búsqueda del beneficio personal derive automáticamente en el bien común. La experiencia histórica —ayer como hoy— demuestra lo contrario. Por eso, redefine el concepto de ganancia: el beneficio no es un fin en sí mismo, sino la justa retribución por una función social cumplida. La empresa privada no es negada, pero queda encuadrada dentro de un esquema de justicia distributiva y responsabilidad colectiva.
La “tercera posición”: ni mercado absoluto ni estatismo ciego
Uno de los núcleos doctrinarios más potentes del texto es la reafirmación de la tercera posición justicialista. Perón rechaza tanto el individualismo liberal como las formas autoritarias del colectivismo. Su propuesta es una sociedad creativa y justa, donde la conducción económica pertenece al país como comunidad y donde los logros económicos no se logran a costa de la dignidad humana.
Nada de esto puede concretarse —advierte— sin una revolución ética profunda, sin una toma de conciencia que exceda lo económico y remita a valores morales compartidos. La economía, para el peronismo, no puede ser aséptica: si se la separa de una visión nacional del hombre y del mundo, se convierte en un mecanismo de dominación.
En este marco aparece una idea central del texto: la necesidad de un Proyecto Nacional. No como consigna vacía, sino como herramienta concreta de organización económica, capaz de orientar la acción del Estado, del sector privado y de los trabajadores. Los acuerdos deben ser estables, trascender gobiernos y evitar tanto la planificación desmedida —que asfixia la libertad— como la ausencia de planificación —que entrega la Nación a los poderosos—.
Estado, mercado y soberanía: una definición sin ambigüedades
Perón dedica buena parte del texto a precisar el rol del Estado en la economía. Lo hace sin eufemismos: el Estado puede y debe tener un papel protagónico o complementario en la actividad productiva, según lo exijan las necesidades presentes y futuras. Pero establece una condición innegociable: idoneidad, honestidad y sentido nacional.
La empresa estatal no es un refugio de empleo ni un botín político; es un instrumento para satisfacer necesidades básicas de la comunidad. El problema no es que una empresa sea estatal, sino cómo se gestiona y para qué intereses.
En relación con el capital extranjero, Perón es igualmente claro. Argentina puede ser un país abierto, pero ninguna nación es libre si no controla sus recursos, su producción y su destino económico. El capital externo debe ser complementario, nunca determinante. Las reglas deben ser claras, estables y, sobre todo, cumplidas. Aquí aparece una advertencia de enorme vigencia: cuando un país pierde el control de su economía, pierde su soberanía.
Distribución del ingreso y justicia social: el corazón del modelo
Lejos de medir el desarrollo por índices abstractos de crecimiento, Perón coloca en el centro la distribución del ingreso. No hay desarrollo verdadero si la riqueza se concentra en minorías y genera conflictos sociales permanentes. El crecimiento económico que se logra empobreciendo a quienes lo generan es, para el peronismo, socialmente injusto y moralmente inaceptable.
La doctrina justicialista rechaza explícitamente la idea de favorecer al capital en detrimento del trabajo como vía para crecer. Por el contrario, afirma que estimular el ingreso real de los trabajadores es condición necesaria del desarrollo. Vivienda, educación, servicios públicos, protección a jubilados y familias: no son “gastos”, sino pilares de una economía con justicia social.
La inflación y los monopolios aparecen señalados como mecanismos de redistribución regresiva del ingreso. Frente a ellos, el Estado no debe limitarse a paliar efectos, sino atacar las causas, usando plenamente su poder regulador.
Producción, agro, industria y tecnología nacional
El texto también desmonta falsas dicotomías: agro versus industria, mercado interno versus exportaciones, Estado versus sector privado. Para Perón, Argentina tiene condiciones excepcionales para articular una estructura productiva integrada, con alto valor agregado y fuerte inserción regional e internacional, sin caer en la dependencia.
Especial énfasis pone en la tecnología nacional. Sin desarrollo científico propio, advierte, no hay industria verdaderamente argentina. Puede haber crecimiento, pero no desarrollo. Por eso reclama una inversión sostenida y planificada en investigación, rechazando tanto el despilfarro como la subordinación tecnológica.
El texto de Juan Domingo Perón no es una pieza del pasado. Es una impugnación frontal al economicismo liberal, a la idea de que el mercado puede organizar la sociedad y a la fantasía de que la economía puede desligarse de la política y de la ética.
El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional propone algo mucho más ambicioso y, al mismo tiempo, profundamente humano: una economía al servicio del pueblo, un Estado al servicio de la comunidad y un desarrollo que no sacrifique dignidad, soberanía ni justicia social.
En tiempos donde se vuelve a predicar la subordinación del país a intereses financieros y la reducción del Estado a su mínima expresión, la lectura de este texto no es un ejercicio nostálgico: es una herramienta crítica para pensar el presente.
Prof. Walter Onorato
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