Ecología, justicia social y soberanía: cuando Perón pensó el ambiente antes que el ambientalismo - HISTORIANDOLA

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Ecología, justicia social y soberanía: cuando Perón pensó el ambiente antes que el ambientalismo

 Mucho antes de que la ecología se convirtiera en un eslogan vacío o en una mercancía “verde” administrada por el mercado, Juan Domingo Perón ya advertía que el problema ambiental no era técnico ni neutral, sino profundamente político, social y económico. En Modelo argentino para el proyecto nacional, Perón desarrolla una concepción ecológica integral que rompe con el ambientalismo liberal y anticipa debates que hoy se presentan como novedosos, pero que ya estaban formulados con claridad hace más de medio siglo.

El texto no parte de una preocupación abstracta por la naturaleza, sino de una constatación concreta: atmósfera, suelo y agua están siendo degradados por un modelo de producción y consumo que atenta contra la vida humana, la fauna y la flora. No se trata de un accidente del progreso, sino de su consecuencia lógica cuando el lucro y el despilfarro se convierten en el motor de la organización social.




El ambiente como problema político, no como moda

Perón es contundente: el primer defensor del medio ambiente debe ser el propio hombre, pero esa defensa no puede quedar librada a la buena voluntad individual. El Estado tiene la responsabilidad indelegable de crear los medios necesarios para enfrentar la degradación ambiental. Esta afirmación, hoy resistida por el discurso neoliberal que demoniza toda intervención estatal, coloca a la cuestión ecológica dentro del campo de la soberanía política.

Para Perón, no hay ecología posible sin planificación, sin regulación y sin poder político capaz de imponerse sobre los intereses económicos concentrados. La degradación ambiental no se corrige con campañas publicitarias ni con “consumo responsable”, sino atacando cada uno de los factores de degradación, lo que implica modificar estructuras productivas y sociales enteras.


Revolución mental y límites al “progreso”

Uno de los núcleos más disruptivos del texto es la idea de una revolución mental, especialmente en los países altamente industrializados. Perón cuestiona de raíz la noción de progreso ilimitado y advierte que la tecnología es un arma de doble filo: puede servir al bienestar colectivo o convertirse en una herramienta de destrucción.

El planteo es incómodo incluso hoy: habrá que renunciar a ciertas comodidades, aceptar límites al consumo y reconocer que el hombre no puede reemplazar a la naturaleza en el mantenimiento de los ciclos biológicos. Frente al dogma del crecimiento infinito, Perón propone una lógica de uso racional de los recursos, entendiendo que son agotables y que su depredación compromete la supervivencia colectiva

No se trata de frenar el desarrollo, sino de redefinirlo. El verdadero atraso, sugiere Perón, no es carecer de tecnología, sino persistir en un modelo que destruye el ambiente mientras reproduce el hambre, la desigualdad y la injusticia social.


Ecología y justicia social: una misma lucha

A diferencia del ambientalismo elitista, que suele separar la cuestión ecológica de las condiciones materiales de vida, Perón establece un vínculo indisoluble entre ambiente, justicia social, soberanía política e independencia económica. No hay defensa del ambiente posible en sociedades atravesadas por la miseria, el hambre y la exclusión.

Por eso afirma que antes que planificar el crecimiento de la población mundial, lo urgente es aumentar la producción de alimentos, mejorar su distribución y garantizar servicios sociales básicos como educación y salud. La ecología no puede convertirse en un pretexto para naturalizar la pobreza ni para imponer ajustes sobre los pueblos

En esta perspectiva, el derecho individual a la subsistencia está subordinado al deber colectivo de garantizar la supervivencia del conjunto. Es una ética social que choca frontalmente con el individualismo liberal y con las versiones “verdes” del mercado, que hablan de sustentabilidad mientras consolidan la desigualdad.


Soberanía sobre los recursos naturales

Perón es explícito: cada nación tiene derecho soberano sobre sus recursos naturales, pero también la obligación de exigir su cuidado y uso racional. Aquí aparece una crítica directa a los monopolios internacionales, cuya voracidad —advierte— busca alimentar un tipo absurdo de industrialización en los centros de alta tecnología, a costa del saqueo del llamado “tercer mundo”

La advertencia es clara y actual: cada gramo de materia prima que se llevan hoy los países dependientes equivale a kilos de alimentos que no se producirán mañana. Sin desarrollo industrial propio, sin integración regional y sin acción solidaria entre los pueblos, la defensa ambiental se convierte en una ilusión retórica.


Un pensamiento incómodo y vigente

Leído hoy, este texto de Perón incomoda tanto al negacionismo ambiental como al ambientalismo despolitizado. No hay aquí romanticismo ecológico ni fe ciega en el mercado. Hay una propuesta concreta: nuevos modelos de producción, consumo, organización social y desarrollo tecnológico, orientados a satisfacer las necesidades esenciales del ser humano, reducir la contaminación y preservar los recursos para las generaciones futuras

Cuando Perón afirma que no se puede construir una nueva sociedad en un mundo contaminado, exhausto y hacinado, no está hablando del futuro: está describiendo nuestro presente. Y cuando propone transformar las “ciudades cárceles” en “ciudades jardín”, está planteando una visión de país donde el ambiente no sea un lujo, sino un derecho colectivo.

En tiempos donde la ecología es capturada por el marketing y vaciada de contenido social, recuperar este pensamiento no es un ejercicio académico. Es un acto político.


Prof. Walter Onorato

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