La verdad del gasómetro de Perón que incomoda al relato neoliberal - HISTORIANDOLA

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La verdad del gasómetro de Perón que incomoda al relato neoliberal

De símbolo de soberanía energética a ruina tolerada: cómo una obra estratégica del primer peronismo fue condenada al olvido por el avance de un modelo que desprecia la planificación.




Levantado en los años de la industrialización planificada, el gasómetro de General Paz fue una pieza clave de la infraestructura energética del país. Su breve vida útil y su supervivencia como ruina revelan una historia más profunda: la tensión entre un proyecto de país basado en la producción y otro que sistemáticamente desmantela sus cimientos.


El cilindro metálico que se impone sobre la traza de la Avenida General Paz no es una rareza urbana ni un vestigio accidental. Es, en realidad, un documento histórico en pie. Un testimonio incómodo de una Argentina que se pensó a sí misma como potencia industrial y que, en ese intento, construyó estructuras que hoy el sentido común neoliberal prefiere reducir a “elefantes blancos”. Pero ese gasómetro no fue un error. Fue, por el contrario, una decisión política.


Su origen se remonta a los años del primer gobierno de Juan Domingo Perón, cuando el Estado asumía un rol activo en la planificación económica y la infraestructura dejaba de ser un negocio para convertirse en un instrumento de soberanía. En ese contexto, la expansión de la red de gas no era un dato técnico, sino una política de inclusión: llevar energía a los hogares, a la industria, al trabajo. El gasómetro de General Paz formaba parte de ese entramado.


Construido entre 1949 y 1951, el proyecto fue ejecutado con tecnología de avanzada para la época. No se trataba de una improvisación. La estructura, compuesta por miles de paneles metálicos ensamblados con precisión, respondía a un diseño industrial sofisticado, con participación de ingeniería alemana de la empresa M.A.N. (Maschinenfabrik Augsburg Nürnberg A.G.), líder en su época en este tipo de tecnología.


Tenía una capacidad para 150.000 m3, es un cilindro de alrededor de 90 m. de altura y 57 m. de diámetro, compuesto por un perímetro de 24 módulos metálicos rectos conformados por paneles de hierro. Era, en términos concretos, una pieza de infraestructura pensada para sostener el crecimiento de una ciudad que se industrializaba a ritmo acelerado.


Hay que entender como era el circuito. El gas que almacenaba el gasómetro no se producía allí, sino que llegaba por tuberías desde plantas industriales, particularmente desde instalaciones ubicadas en el sur de la ciudad, como la usina de Parque Patricios. Ese gas, obtenido a partir del carbón de coque, era luego regulado y distribuido a la red urbana. 


El sistema de gas de la época funcionaba como una red integrada donde los gasómetros actuaban como verdaderos reguladores y acumuladores. No abastecían “a una fábrica”, sino que sostenían la presión y el flujo de toda una red que alimentaba múltiples actividades simultáneamente. En una época donde el gas natural aún no dominaba la matriz energética, estos gigantes eran indispensables. No sólo acumulaban energía, sino que garantizaban estabilidad en el suministro. Eran, en definitiva, el pulmón de una red en expansión.


Pero lo verdaderamente relevante no es su función técnica, sino su lugar dentro de un proyecto político más amplio. El gasómetro no era un hecho aislado. Era parte de una estrategia de desarrollo que entendía la energía como un derecho y no como una mercancía. En esa lógica, la infraestructura no debía ser rentable en términos financieros inmediatos, sino socialmente útil. 


Antes de la llegada al gobierno de Juan Domingo Perón, Buenos Aires no tenía una cobertura universal de gas, y mucho menos un acceso equitativo. Hay que decir que la existencia de gasómetros no implicaba que toda la ciudad estuviera abastecida: significaba, en todo caso, que había infraestructura en expansión, pero todavía fragmentaria y desigual.


Desde fines del siglo XIX, el gas de carbón ya se utilizaba en la ciudad, pero su distribución estaba concentrada en zonas céntricas y sectores de mayores ingresos. Barrios enteros —sobre todo en la periferia— quedaban fuera de la red o accedían de manera precaria. El sistema estaba en manos de empresas privadas, muchas de ellas de capital extranjero, que extendían el servicio donde resultaba rentable, no donde era socialmente necesario.


Es recién con el cambio de paradigma que impulsa el peronismo cuando el acceso a la energía comienza a pensarse como un derecho y no como un privilegio. En ese contexto, la expansión del servicio de gas se acelera y se orienta hacia sectores que históricamente habían quedado relegados. El gasómetro de General Paz debe leerse en ese proceso: no como el inicio del sistema, sino como parte de su ampliación en una lógica de planificación.


Sin embargo, esa lógica entraría rápidamente en conflicto con los cambios estructurales que atravesó el país en las décadas siguientes. El avance del gas natural, más eficiente y económico, volvió obsoletos los sistemas de almacenamiento como el gasómetro. Pero la obsolescencia tecnológica no explica por sí sola su abandono. Lo que se desmoronó fue algo más profundo: la idea misma de planificación estatal.


A partir de mediados del siglo XX, y con mayor intensidad en los períodos dominados por políticas de corte liberal, la infraestructura dejó de pensarse como una herramienta de desarrollo nacional para convertirse en un costo a reducir. En ese nuevo paradigma, estructuras como el gasómetro ya no tenían lugar. No generaban ganancias directas, no podían privatizarse fácilmente, no encajaban en la lógica del mercado.


Así, mientras otros gasómetros de la ciudad eran demolidos sin demasiada resistencia —en Belgrano, en Palermo, en el sur industrial—, el de General Paz quedó en pie por una combinación de factores que poco tienen que ver con la preservación consciente. Su tamaño descomunal, el costo de desmantelarlo y su ubicación periférica lo salvaron de la piqueta. No fue protegido: fue tolerado.


Esa diferencia es clave. Porque mientras el discurso dominante celebra la “modernización” que borró la vieja infraestructura, lo que en realidad ocurrió fue una desarticulación sistemática de la base material que había sostenido el desarrollo industrial. El gasómetro sobreviviente no es un homenaje: es una anomalía.


Y, sin embargo, su presencia sigue interpelando. Porque obliga a preguntarse por qué una obra de semejante magnitud tuvo una vida útil tan corta. La respuesta, lejos de ser técnica, es política. El gasómetro funcionó, sí, pero lo hizo en un contexto que cambió drásticamente. La transición hacia el gas natural y la falta de continuidad en las políticas energéticas dejaron a esta estructura sin función en pocos años.


Pero incluso en su breve funcionamiento, cumplió un rol estratégico. Fue parte de un sistema que permitió expandir el acceso a la energía en una ciudad que crecía, que producía, que incorporaba trabajadores al circuito industrial. Fue, en ese sentido, una pieza de un engranaje mayor: el de la Argentina que apostaba por la soberanía económica.


A esa lectura interesada se suma, en los últimos años, una campaña de desinformación que circula con insistencia en redes sociales. Allí se repite, sin evidencia y con evidente intencionalidad política, que el gasómetro habría sido una obra inútil impulsada por el gobierno de Juan Domingo Perón, financiada con recursos públicos y jamás utilizada. La operación es conocida: reducir una política de infraestructura a un símbolo de despilfarro para desacreditar, por extensión, todo un modelo de desarrollo. Sin embargo, esa narrativa omite deliberadamente el contexto técnico y energético de la época, en el que el gas manufacturado requería sistemas de almacenamiento y regulación como el que efectivamente cumplió el gasómetro. Negar su funcionamiento no es un error: es una construcción ideológica.


La evidencia histórica muestra lo contrario. El gasómetro no sólo fue terminado, sino que entró en servicio y cumplió su función dentro de la red de distribución de gas, aunque durante un período acotado debido al rápido avance del gas natural. Su utilización, por breve que haya sido, respondió a una necesidad concreta en un sistema energético en transición. Presentarlo como una obra inútil es desconocer —o directamente ocultar— que se trató de una infraestructura coherente con el modelo de industrialización planificada de la época. 


En ese sentido, la crítica no apunta a su ineficiencia, sino a algo más profundo: la incomodidad que genera recordar que hubo un Estado capaz de anticipar, construir y garantizar condiciones materiales para el desarrollo, algo que el paradigma neoliberal no sólo desestima, sino que busca activamente deslegitimar. El portál Argentina.gob.ar dice textualmente: "el Gasómetro se usó hasta los primeros años de la década de 1970, cuando fue readaptado para albergar talleres, depósito de máquinas, sanitarios y estacionamientos." Sin embargo el periódico La Nación asegura que despues del golpe de estado contra el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, "el gasómetro de MAN dejó de funcionar."


Hoy, reducido a un objeto de curiosidad o a un decorado urbano, el gasómetro de General Paz condensa una historia incómoda. No la de un fracaso técnico, sino la de un proyecto interrumpido. Porque lo que se abandonó no fue sólo una estructura, sino una forma de pensar el país.


En tiempos donde el discurso neoliberal insiste en reducir el rol del Estado y en desmantelar lo público bajo la promesa de eficiencia, ese cilindro metálico funciona como un recordatorio. Hubo un momento en que la Argentina construía para el futuro. En que la infraestructura no era un gasto, sino una inversión en dignidad.


La pregunta, entonces, no es por qué el gasómetro dejó de usarse. La pregunta es por qué dejamos de construir cosas así.


En la foto se observa al Gasómetro y al fondo el barrio 17 de Octubre y la fábrica Grafa demostrando una verdadera planificación estatal de servicio públicos para la industria y las familias. (1950)

Foto de publicidad de la época. Obsérvese el slogan de Perón cumple sobre el edificio. 


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