CGT de los Argentinos: cuando el sindicalismo dejó de negociar y eligió confrontar - HISTORIANDOLA

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CGT de los Argentinos: cuando el sindicalismo dejó de negociar y eligió confrontar

La CGT de los Argentinos no fue una simple fractura gremial, sino una ruptura histórica que expuso las miserias de la burocracia sindical y desafió el orden impuesto por la dictadura de Onganía. En un país disciplinado a fuerza de proscripciones, salarios congelados y represión, un sector del movimiento obrero decidió romper con la lógica de la adaptación y construir una herramienta política de combate que aún hoy interpela el presente.



La escena no tiene épica en su superficie, pero condensa un punto de inflexión histórico. Marzo de 1968. Un congreso sindical que debía normalizar la Confederación General del Trabajo termina pariendo algo mucho más incómodo: una ruptura. No es un desacuerdo técnico ni una interna menor. Es una grieta ideológica que divide al sindicalismo argentino entre quienes aceptaban negociar con el poder y quienes entendían que hacerlo era, en definitiva, rendirse. De ese quiebre nace la CGT de los Argentinos, una experiencia que no se limitó a reorganizar gremios sino que intentó redefinir el papel mismo de la clase trabajadora en la historia.

La creación de la CGT de los Argentinos no puede entenderse como un episodio aislado. Fue, en rigor, la consecuencia de una tensión acumulada entre dos modelos de sindicalismo. De un lado, el sector que proponía sostener canales de diálogo con la dictadura de Juan Carlos Onganía, bajo la premisa de preservar estructuras y espacios de poder. 

Esa línea “dialoguista” no fue abstracta ni anónima: tuvo nombres propios, trayectorias concretas y un peso decisivo en la orientación del movimiento obrero de la época. El principal referente de esa estrategia fue Augusto Timoteo Vandor, líder de la Unión Obrera Metalúrgica y figura central del llamado vandorismo, quien sostenía la necesidad de negociar con el poder de facto bajo la lógica de “golpear para negociar”. Su apuesta no implicaba una adhesión explícita a la dictadura de Juan Carlos Onganía, pero sí la construcción de una convivencia táctica que permitiera preservar la estructura sindical y su influencia.

Junto a él se alineaban otros dirigentes que compartían esa visión pragmática del sindicalismo. Entre ellos, José Alonso, histórico referente del gremio del vestido, que aunque atravesó posiciones más complejas, terminó orbitando dentro de ese universo donde la negociación con el poder era considerada inevitable. También Rogelio Coria, del gremio de la construcción, quien expresó una postura más moderada frente al régimen y formó parte de ese entramado sindical dispuesto a sostener canales abiertos con el gobierno militar.

Otro nombre clave fue Francisco Prado, vinculado al sector de la alimentación, que integró ese bloque que priorizaba la estabilidad institucional de los sindicatos por sobre la confrontación abierta. En ese mismo universo puede ubicarse a Armando Cavalieri, quien comenzaba a construir su trayectoria dentro del sindicalismo mercantil en una matriz política donde la negociación y la adaptación resultaban centrales.

Lo que unificaba a estos dirigentes no era una identidad ideológica homogénea, sino una concepción común del poder sindical: la idea de que, incluso en condiciones autoritarias, era preferible conservar espacios de influencia antes que arriesgarlo todo en una confrontación frontal. Esa lógica, sin embargo, fue precisamente la que la CGT de los Argentinos decidió impugnar, al considerar que en un contexto de dictadura, negociar sin cuestionar implicaba, en última instancia, legitimar.


Del otro, una corriente que denunciaba esa estrategia como una forma de claudicación. La discusión, lejos de ser abstracta, se sintetizaba en una disyuntiva brutal: “adaptarse al poder o enfrentarlo”. La CGT de los Argentinos eligió lo segundo.

Ese gesto implicaba algo más que una toma de posición gremial. Supuso rechazar de plano cualquier tipo de colaboración con un régimen al que definían como ilegítimo. No se trataba solo de cuestionar medidas económicas o reclamar mejoras salariales, sino de denunciar el carácter estructural de un modelo que combinaba represión política, disciplinamiento laboral y concentración económica. La dictadura, en ese marco, no era vista como un accidente sino como la expresión de intereses concretos.

La novedad más incómoda de la CGT de los Argentinos radicaba justamente en esa ampliación del horizonte. No era un sindicalismo encerrado en la negociación paritaria, sino un actor que pretendía intervenir en la organización general de la sociedad. Su programa denunciaba la “concentración monopolista” y la penetración de capitales extranjeros, cuestionando no solo a la dictadura sino al entramado económico que la sostenía. Allí se vislumbraba una perspectiva de “liberación nacional y social” que rompía con la lógica corporativa para inscribirse en una disputa de poder más amplia.



La CGT de los Argentinos no fue una entelequia abstracta ni un sello vacío: se sostuvo sobre una red concreta de gremios y dirigentes que, en distintos puntos del país, decidieron romper con la pasividad y alinearse en una estrategia de confrontación abierta contra la dictadura. Esa base sindical, heterogénea pero cohesionada por una misma lectura política, le dio densidad real a la experiencia encabezada por Raimundo Ongaro.

Uno de los núcleos más importantes fue el de los gráficos, el propio gremio de Ongaro, organizado en la Federación Gráfica Bonaerense, que no solo aportó conducción sino también estructura material y sede política. Desde allí se articuló buena parte del funcionamiento de la CGTA, incluyendo la edición del periódico que dirigía Rodolfo Walsh.

A ese núcleo se sumaron sectores clave del sindicalismo industrial y de servicios. Entre ellos, el gremio de Luz y Fuerza de Córdoba, conducido por Agustín Tosco, una de las figuras más emblemáticas del sindicalismo combativo, cuya participación resultó decisiva no solo en la CGTA sino también en las jornadas del Cordobazo.

También se alinearon trabajadores portuarios nucleados en el SUPA (Sindicato Único de Portuarios Argentinos), que aparecen mencionados en los propios documentos internos y publicaciones de la CGTA como parte activa de la estructura de resistencia.

En el mismo sentido, los ferroviarios —golpeados por los planes de ajuste y racionalización— formaron parte de ese entramado de gremios que rechazaban el disciplinamiento impuesto por la dictadura. Lo mismo ocurrió con sectores de prensa, telefónicos, químicos y trabajadores de la carne, todos ellos afectados por políticas de intervención, despidos y pérdida de derechos, lo que los empujó hacia posiciones más radicalizadas dentro del movimiento obrero.

Otro actor relevante fueron los gremios estatales y sectores vinculados a empresas públicas, como ATE en algunas regionales, donde se denunciaba el avance “monopolista” sobre el Estado y la pérdida de soberanía económica, en línea con el programa político de la CGTA.

A nivel territorial, la CGT de los Argentinos logró construir adhesiones en distintas provincias, como Santa Fe, Mendoza, Córdoba y Tucumán, donde se organizaron plenarios, asambleas y coordinaciones intergremiales. No se trataba de una estructura centralizada, sino de una red en expansión que buscaba anclaje en cada conflicto concreto, desde fábricas hasta economías regionales devastadas por el modelo económico del onganiato.

Lo que unificaba a estos gremios no era solo su pertenencia sectorial, sino su experiencia común frente al ajuste, la represión y la intervención estatal. Eran sindicatos que habían sido golpeados por la política económica de la dictadura y que entendían que no había margen para la negociación sin pérdida. En ese sentido, la CGT de los Argentinos funcionó como un punto de convergencia para todos aquellos sectores que veían en el “participacionismo” no una estrategia, sino una forma de resignación.

Esa confluencia explica por qué, aun con una vida institucional relativamente breve, la CGTA logró convertirse en un actor político de peso. No porque concentrara la totalidad del movimiento obrero, sino porque expresó con claridad una corriente que estaba creciendo desde abajo: la de los trabajadores que ya no estaban dispuestos a aceptar que sus organizaciones se limitaran a administrar derrotas.



El documento clave de esta experiencia, el Programa del 1º de mayo de 1968, no deja lugar a ambigüedades. Allí se afirma que el gobierno vigente era un “gobierno elegido por nadie” y se describe la situación de la clase trabajadora como “su hora más amarga”. La contundencia de esas definiciones no era retórica: sintetizaba una realidad atravesada por la anulación de derechos, el congelamiento salarial y la persecución sistemática de la organización obrera. Pero el texto no se detenía en la denuncia. Convocaba a la acción y a la construcción de una unidad social que desbordara los límites del sindicalismo tradicional.


Ese llamado incluía explícitamente a estudiantes, intelectuales y sectores medios, configurando una apuesta política que hoy resultaría impensable para buena parte del sindicalismo contemporáneo. En un contexto donde el poder buscaba fragmentar y aislar, la CGT de los Argentinos proponía articular. En un escenario dominado por la lógica de la negociación sectorial, impulsaba una estrategia de confrontación general.


La dimensión comunicacional fue otro de sus rasgos distintivos. El periódico CGT, dirigido por Rodolfo Walsh, no fue un simple órgano de difusión. Fue una herramienta de intervención política. Publicado desde el mismo 1º de mayo de 1968, el semanario se distribuía masivamente, circulaba por fábricas y espacios de trabajo, y combinaba investigación, denuncia y formación. No era casual: la CGT de los Argentinos entendía que la disputa no era solo económica o sindical, sino también cultural.


En sus páginas no solo se informaba, se construía sentido. Se desnudaban las complicidades entre sectores sindicales y el poder, se denunciaban las prácticas mafiosas y se ponía en evidencia el entramado que sostenía la dominación. La comunicación dejaba de ser un complemento para convertirse en un campo de batalla. En ese punto, la experiencia resulta particularmente incómoda para cualquier proyecto que pretenda disciplinar a la sociedad a través del control de la información.


Pero quizás lo más disruptivo de la CGT de los Argentinos fue su carácter heterogéneo. No fue una organización homogénea ni ideológicamente pura. En su interior convivieron sindicalistas combativos, militantes de distintas tradiciones políticas, sectores del cristianismo de liberación e intelectuales. Esa diversidad, lejos de ser una debilidad, fue una de sus fortalezas. Permitió construir una experiencia frentista que desbordaba los límites del peronismo clásico y que se proponía enfrentar a la dictadura desde múltiples ángulos.


Esa articulación anticipó, de algún modo, las grandes rebeliones que marcarían el final de la década. La CGT de los Argentinos no protagonizó directamente el Cordobazo, pero contribuyó a crear las condiciones para que ese tipo de estallidos fueran posibles. Al romper con la pasividad sindical, al cuestionar la legitimidad del régimen y al promover la unidad social, ayudó a erosionar las bases de sustentación de la dictadura.


Su existencia fue breve, en parte por la represión y la persecución que sufrieron sus dirigentes. Pero su impacto no puede medirse en términos de duración. La CGT de los Argentinos funcionó como un laboratorio político que dejó planteadas preguntas que siguen abiertas. ¿Qué papel debe jugar el sindicalismo en una sociedad atravesada por la desigualdad? ¿Es posible limitarse a negociar condiciones dentro de un sistema injusto o es necesario cuestionar ese sistema en su conjunto?


En un presente donde resurgen discursos que reivindican la desregulación, la precarización y la subordinación de la economía a intereses concentrados, la experiencia de 1968 adquiere una vigencia inquietante. Porque lo que estaba en juego entonces no era solo la relación con una dictadura, sino el modelo de país. Y en ese punto, la CGT de los Argentinos no dudó en señalar que la llamada “paz social” no era otra cosa que la “paz de los cementerios”.


Esa definición resuena hoy con una potencia incómoda. Cada vez que se propone flexibilizar derechos en nombre de la eficiencia, cada vez que se plantea que el mercado debe ordenar la vida social, cada vez que se sugiere que la política debe retirarse para dejar actuar a las fuerzas económicas, se reactualiza aquella disyuntiva de 1968. Adaptarse o confrontar. Negociar o resistir.


La CGT de los Argentinos eligió resistir. Y en ese gesto, más que en su estructura o en su duración, radica su verdadero legado. No como una reliquia del pasado, sino como una advertencia persistente frente a cualquier intento de reducir al trabajo a una variable de ajuste y a la sociedad a un espacio de obediencia.


CGT de los Argentinos en el Cordobazo. 



La comisión de prensa de la CGT de los Argentinos: Rodolfo Walsh, Enrique Coronel, José Vázquez, Ricardo De Luca y Raimundo Ongaro.


El Cordobazo.



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