Cuando Néstor Kirchner hizo crecer al país sin obedecer al neoliberalismo - HISTORIANDOLA

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Cuando Néstor Kirchner hizo crecer al país sin obedecer al neoliberalismo

Mientras hoy se predica el ajuste eterno como única salvación posible, la experiencia kirchnerista de 2003 a 2007 demolió uno de los dogmas centrales del neoliberalismo argentino: se puede tener superávit fiscal sin destruir salarios, jubilaciones ni soberanía nacional.




Durante décadas, el neoliberalismo argentino instaló una idea casi religiosa: el equilibrio fiscal sólo podía alcanzarse mediante ajuste, privatizaciones, destrucción del Estado y caída del poder adquisitivo de la población. Desde los tecnócratas del menemismo hasta los economistas de la city porteña, el libreto fue siempre el mismo. Achicar. Recortar. Entregar. Sacrificar. Todo en nombre de una supuesta “responsabilidad fiscal” que jamás terminó beneficiando al pueblo argentino.


Pero entonces ocurrió algo que el establishment económico todavía no logra digerir del todo. Entre 2003 y 2007, el gobierno de Néstor Kirchner consiguió mantener superávit fiscal mientras la economía crecía a tasas históricas, se recuperaba el empleo, aumentaban los salarios y el Estado volvía a intervenir en áreas estratégicas después del desastre neoliberal de los años noventa.


El dato no es menor. Es una anomalía política para quienes intentan reducir toda experiencia popular a “populismo irresponsable”. Porque el kirchnerismo inicial no sólo reconstruyó un país devastado tras la explosión social de 2001: además lo hizo mostrando números fiscales positivos.


La Argentina que recibió Kirchner era prácticamente un cadáver económico. El experimento neoliberal encabezado por Carlos Menem y profundizado luego por Fernando de la Rúa había dejado una combinación explosiva de deuda externa impagable, desocupación masiva, destrucción industrial y sometimiento absoluto al Fondo Monetario Internacional. La convertibilidad había sido celebrada durante años como la gran modernización argentina. Terminó convertida en una máquina de demolición nacional.


El resultado fue el estallido del 2001. Millones de personas expulsadas del sistema. Jubilados condenados al hambre. Empresas quebradas. Ahorristas saqueados por el corralito. Un país arrodillado frente a los acreedores externos mientras la política neoliberal repetía, incluso en medio del incendio, que había que ajustar todavía más.


Kirchner llegó al poder sobre esas ruinas. Y tomó una decisión que rompió con la lógica colonial del neoliberalismo financiero: primero reconstruir la economía real y después discutir con los acreedores. La prioridad dejó de ser la obediencia automática al mercado y pasó a ser la recuperación del Estado y del tejido social.


El modelo económico de aquellos años se sostuvo sobre tres pilares que hoy parecen prohibidos dentro del discurso dominante: superávit fiscal, superávit comercial y tipo de cambio competitivo. Una combinación que permitía acumular reservas, fortalecer la industria nacional y evitar la dependencia enfermiza del endeudamiento externo.


Mientras el neoliberalismo construye déficit permanentes para financiar fuga de capitales y especulación financiera, el kirchnerismo utilizó el crecimiento económico para fortalecer la capacidad estatal. El Estado recaudaba más porque la economía producía más. No porque exprimiera a jubilados y trabajadores.


Esa es una diferencia política central que el relato liberal intenta ocultar deliberadamente. El superávit de Néstor Kirchner no surgió de despedir empleados públicos ni de pulverizar salarios. Surgió de reactivar consumo, empleo, producción y mercado interno.


Los números fueron contundentes. Argentina creció a tasas superiores al 8% anual durante varios años consecutivos. La desocupación cayó drásticamente. La industria volvió a respirar después de la masacre importadora de los años noventa. Y el Estado recuperó herramientas de intervención que habían sido prácticamente prohibidas por el credo neoliberal.


Además, el gobierno impulsó en 2005 una de las reestructuraciones de deuda más agresivas de la historia contemporánea. Los acreedores privados debieron aceptar una quita enorme. Fue un mensaje político demoledor: la Argentina dejaba de gobernarse exclusivamente para los mercados financieros.


La escena alcanzó uno de sus momentos más simbólicos en 2006, cuando Kirchner decidió cancelar la deuda con el FMI utilizando reservas del Banco Central. Aquella medida representó mucho más que una operación financiera. Fue un gesto de soberanía política. El mismo organismo que durante años había exigido ajustes salvajes, privatizaciones y reformas laborales quedaba expulsado del centro de las decisiones nacionales.


La furia del establishment fue inmediata. Los grandes medios económicos y buena parte de la elite financiera jamás le perdonaron al kirchnerismo haber demostrado que existía otro camino posible. Porque el verdadero problema para el neoliberalismo no era sólo ideológico. Era práctico. El modelo kirchnerista funcionaba.


Y justamente ahí aparece la gran contradicción histórica de la derecha argentina. Gobiernos que llegaron prometiendo “orden fiscal” terminaron dejando explosiones de deuda, fuga de divisas y dependencia financiera mucho peores que las que decían combatir.


El macrismo es quizás el ejemplo más brutal. Mauricio Macri regresó al manual neoliberal clásico: endeudamiento acelerado, apertura financiera, fuga de capitales y subordinación al FMI. El resultado fue un nuevo colapso económico y el préstamo más grande de la historia del organismo internacional, otorgado en medio de una gigantesca salida de dólares del país.


La diferencia con el kirchnerismo resulta obscena. Mientras Néstor Kirchner desendeudaba a la Argentina, el neoliberalismo volvió a hipotecarla. Mientras el kirchnerismo fortalecía mercado interno e industria, el neoliberalismo reconstruía una economía diseñada para la especulación financiera.


Por supuesto, el período kirchnerista también tuvo límites y contradicciones. Parte del superávit estuvo favorecido por el boom internacional de commodities y por condiciones externas excepcionales. También comenzaron a crecer subsidios energéticos que más adelante generarían tensiones fiscales importantes. Pero incluso contemplando esas complejidades, el balance general sigue siendo demoledor para el discurso neoliberal.


Porque el dato incómodo permanece intacto: uno de los pocos momentos recientes donde Argentina logró combinar crecimiento económico, recuperación salarial, fortalecimiento estatal y superávit fiscal fue precisamente bajo un gobierno demonizado sistemáticamente por los defensores del libre mercado.


Por eso la experiencia de Néstor Kirchner sigue generando tanta incomodidad en ciertos sectores de poder. No se trata solamente de una discusión sobre números. Se trata de una disputa mucho más profunda: quién debe gobernar la economía argentina. Si la política democrática o los acreedores financieros. Si el trabajo o la especulación. Si la soberanía nacional o la obediencia colonial al capital internacional.


Y tal vez esa sea la verdadera herejía que el establishment jamás pudo perdonarle al kirchnerismo: haber demostrado que el equilibrio fiscal no necesariamente exige destruir un país.


Prof. Walter Onorato

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