Scalabrini Ortiz no dejó lugar a ambigüedades: mientras se proclamaba la independencia, se adoptaba un libre comercio funcional a las potencias. Salvo Mariano Moreno, los revolucionarios habrían sellado un modelo que benefició a intereses extranjeros y a una élite local, hipotecando el desarrollo propio desde el nacimiento mismo del país.
La Revolución de Mayo suele ser narrada como el punto de partida de la emancipación argentina. Un gesto heroico, una ruptura necesaria, una gesta fundacional. Pero esa versión, repetida hasta el cansancio, omite lo esencial: no toda independencia es sinónimo de soberanía. Y en 1810, según Raúl Scalabrini Ortiz, lo que se gestó fue algo más ambiguo, más incómodo y, sobre todo, más duradero.
El problema no estuvo únicamente en la ruptura con España, sino en lo que vino después. Mientras se derribaba el monopolio colonial, se abrían de par en par las puertas a un nuevo orden económico. Un orden que no nacía en el Río de la Plata, sino en los centros industriales de Europa. Un orden que tenía nombre: manchesterismo.
Desde Manchester, corazón de la Revolución Industrial, se promovía una idea tan seductora como engañosa: el libre comercio como ley universal. Cada región debía especializarse según sus ventajas naturales. En teoría, un equilibrio armonioso. En la práctica, una trampa.
Porque mientras las potencias industriales producían bienes manufacturados, territorios como el Río de la Plata quedaban relegados a exportar materias primas. No había igualdad, no había competencia real, no había posibilidad de desarrollo autónomo. Había, en cambio, una inserción subordinada.
Scalabrini no titubea en su diagnóstico: la dirigencia revolucionaria —con la excepción de Mariano Moreno— adoptó un libre cambio suicida. No como error técnico, sino como definición política.
El resultado fue inmediato y brutal. Las manufacturas extranjeras comenzaron a desplazar cualquier intento de producción local. Talleres incipientes, artesanos, pequeñas iniciativas industriales fueron barridos por la competencia desigual. Sin protección, sin planificación, sin Estado que ordenara prioridades, la economía naciente quedó expuesta.
Pero toda política tiene ganadores. Y en este caso, no fueron pocos ni invisibles. El primer gran beneficiario fue Reino Unido. En plena expansión industrial, necesitaba mercados donde colocar sus productos y territorios que le proveyeran materias primas baratas. El Río de la Plata ofrecía exactamente eso: un espacio abierto, sin barreras, con una economía incapaz de competir. El negocio fue redondo. Manufacturas británicas ingresando sin obstáculos, recursos locales saliendo sin valor agregado.
Sin embargo, la historia sería demasiado simple si se tratara solo de dominación externa. Hubo también beneficiarios internos. Sectores ligados al comercio de exportación —grandes comerciantes, intermediarios portuarios, y más tarde los estancieros— encontraron en este esquema una oportunidad inmejorable. Exportar materias primas e importar productos manufacturados no exigía desarrollar industria, ni invertir en tecnología, ni construir un proyecto económico nacional. Era, lisa y llanamente, una ecuación de rentabilidad inmediata.
Allí aparecen nombres propios, apellidos que permiten ponerle rostro a ese proceso. Familias como los Anchorena, con figuras como Juan José de Anchorena, consolidaron su poder económico articulando comercio y propiedad de la tierra. Los Lezica, representados por Tomás Antonio de Lezica, ya eran actores centrales del circuito mercantil y lograron adaptarse con rapidez al nuevo orden.
También los Escalada, con Antonio José de Escalada, ligados tanto al comercio como a la expansión de la propiedad rural, y los Álzaga, con Martín de Álzaga, exponentes de un poder económico que operaba directamente desde el puerto, verdadero corazón del modelo.
Con el correr de las décadas, ese núcleo se consolidaría y expandiría en una oligarquía terrateniente que llevaría el esquema agroexportador a su máxima expresión. Apellidos como los Martínez de Hoz, los Unzué o los Pereyra Iraola no fueron protagonistas directos de 1810, pero sí herederos y beneficiarios de esa matriz que ya había sido definida en sus rasgos esenciales.
Ahí se revela el núcleo más incómodo de la tesis de Scalabrini: la dependencia no fue únicamente impuesta, también fue administrada. Una parte de la dirigencia local se integró como socia menor de ese sistema, obteniendo beneficios concretos mientras el país quedaba estructuralmente condicionado.
¿Quiénes pagaron el costo? Los que nunca llegaron a consolidarse. Los sectores productivos locales, las posibilidades de una industria propia, la idea misma de un desarrollo autónomo. Lo que se perdió no fue solo económico, fue estratégico.
En ese escenario, la figura de Mariano Moreno emerge como una anomalía. Su visión, plasmada en propuestas de intervención estatal y promoción de la economía interna, iba en dirección contraria al dogma dominante. Entendía que sin protección y sin desarrollo propio, la independencia política era apenas una fachada. Pero su proyecto quedó relegado, desplazado por una lógica que privilegiaba la apertura antes que la construcción.
La consecuencia no fue coyuntural. Fue estructural. Desde ese punto de partida, la Argentina quedó atrapada en un modelo agroexportador, dependiente de los vaivenes del mercado internacional y subordinado a los intereses de las potencias industriales. Una matriz que, con distintas formas, se prolongó durante generaciones.
Por eso la lectura de Scalabrini sigue incomodando: porque desmonta el mito. Porque obliga a mirar 1810 no como un momento de pureza revolucionaria, sino como una encrucijada donde se eligió —consciente o inconscientemente— un camino de subordinación económica.
La pregunta, entonces, deja de ser histórica y se vuelve política: ¿fue un error o fue una decisión? Y quizás lo más provocador de todo sea aceptar que, desde el origen mismo de la patria, la libertad económica no fue sinónimo de independencia, sino el mecanismo más eficaz para limitarla.
Fuentes:
Scalabrini Ortiz, R. (2009). Política británica en el Río de la Plata. Buenos Aires: Plus Ultra.
Scalabrini Ortiz, R. (1972). Historia de los ferrocarriles argentinos. Buenos Aires: Plus Ultra.
Halperín Donghi, T. (2005). Revolución y guerra: Formación de una élite dirigente en la Argentina criolla. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
Galasso, N. (2008). Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner (Tomo I). Buenos Aires: Colihue.
Chiaramonte, J. C. (1997). Nación y Estado en Iberoamérica: El lenguaje político en tiempos de las independencias. Buenos Aires: Sudamericana.
Fernández López, M. (2001). Historia del pensamiento económico en Argentina. Buenos Aires: A-Z Editora.
Rock, D. (1987). Argentina 1516-1987: Desde la colonización española hasta Alfonsín. Madrid: Alianza Editorial.
Lynch, J. (1986). Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826. Barcelona: Ariel.
Prof. Walter Onorato
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