El plan económico de Javier Milei puede exhibir equilibrio fiscal, desaceleración inflacionaria y gráficos que entusiasman a los mercados, pero la macroeconomía no llena la heladera. En la vida concreta el ajuste se siente. El salario real perdió poder de compra, el consumo masivo cayó con fuerza, pequeños comercios cerraron y el empleo formal dejó de garantizar estabilidad. La pobreza no es un índice técnico: es la madre que estira la comida, el jubilado que abandona remedios, el trabajador registrado que, después de cumplir su jornada, sale a buscar un ingreso extra porque el sueldo ya no alcanza.
El malestar existe. Es real. Entonces la pregunta aparece sola: si la sociedad la está pasando mal, ¿por qué no hay un estallido social como en 2001?
En aquella crisis el desempleo era masivo y visible. Millones quedaron completamente fuera del sistema productivo. Esa exclusión generó angustia, pero también produjo algo decisivo: tiempo. Tiempo para reunirse, para compartir experiencias, para debatir en asambleas barriales, para organizar planes de lucha. Los desocupados no sólo buscaban trabajo; se encontraban entre sí. De esos encuentros surgieron movimientos sociales, cortes de ruta, redes solidarias. El hambre era colectivo y la respuesta también.
Hoy la crisis tiene otra fisonomía. El desempleado rara vez está completamente inactivo. Reparte en Rappi, maneja para Uber, vende por redes, acepta trabajos esporádicos. El trabajador formal que no llega a fin de mes también se sube a esa rueda. No hay vacío: hay hiperactividad precaria. El tiempo que antes podía convertirse en organización hoy se convierte en conexión permanente. El trabajador no está reunido con otros en su misma situación; está solo frente a una aplicación, compitiendo por un viaje, por un pedido, por una calificación. No hay fábrica que concentre, no hay oficina que reúna, no hay descanso común donde circule la palabra. Hay algoritmo.
El salto tecnológico no es neutro. Las plataformas reorganizan el trabajo bajo una lógica de competencia individual constante. Cada repartidor es su propia microempresa. Si hoy no ganaste lo suficiente, el sistema no te propone reclamar colectivamente; te propone trabajar más horas. La precariedad mantiene ocupada a la protesta. El trabajador agotado no organiza una marcha; acepta otro turno. El repartidor que pedalea doce horas no tiene tiempo para discutir política; necesita terminar el día.
En ese contexto, el discurso oficial del mérito individual encaja con precisión quirúrgica. Si no llegás, esforzate más. Si estás mal, es tu responsabilidad. El problema se traslada del modelo económico al individuo. El ajuste no sólo reduce ingresos: fragmenta vínculos, disuelve experiencias compartidas, convierte el sufrimiento social en una suma de dramas privados.
A esta dinámica se suma otro componente central del presente político: el ecosistema digital de trolls y cuentas automatizadas que orbitan alrededor del oficialismo. No se trata únicamente de la difusión de noticias falsas o de la amplificación de mensajes favorables al gobierno. Ese es apenas el primer nivel. El efecto más profundo es estructural: moldean el espacio donde hoy se expresa el malestar.
Las redes sociales se han convertido en el nuevo ámbito de catarsis política. Allí discuten los trabajadores, allí se indignan, allí argumentan. Pero muchas veces ese debate no es entre personas reales sino contra bots, perfiles anónimos o cuentas coordinadas que provocan, desvían la conversación y multiplican la confrontación permanente. El resultado es una paradoja inquietante: la energía crítica se canaliza en discusiones infinitas frente a una pantalla.
Horas de argumentación, de respuestas, de hilos explicativos, de enojo digital. Es participación, sí. Es debate, también. Pero es una participación encapsulada. Mientras el trabajador discute con un avatar, no se reúne con su vecino. Mientras responde a una provocación digital, no construye organización territorial. El conflicto queda atrapado en el formato pantalla.
El algoritmo favorece la reacción inmediata, no la construcción colectiva. La indignación circula, pero rara vez se transforma en estructura. En ese sentido, el dispositivo troll no sólo defiende discursivamente al gobierno; contribuye a mantener fragmentado el malestar. La vida laboral ya está atomizada por plataformas; la vida política también se fragmenta en timelines personalizados.
Pero hay otro elemento que profundiza esta situación: la oposición política.
En el escenario cotidiano de la lucha social se la percibe desdibujada, sin capacidad clara de articular el malestar disperso. Parte de su dirigencia parece apostar —consciente o inconscientemente— a que el deterioro económico, por acumulación, genere por sí mismo un levantamiento de masas que luego pueda ser conducido. Una lógica casi foquista: esperar el estallido para liderarlo.
Ese diagnóstico puede ser un error grave. La sociedad actual no funciona como en los años setenta ni como en 2001. La precarización digital no concentra; dispersa. No hay una masa homogénea reunida esperando conducción. Hay millones de individuos exhaustos tratando de sobrevivir. Esperar que la crisis genere automáticamente organización puede terminar otorgándole al gobierno el tiempo necesario para consolidar su proyecto.
Y ese proyecto no se desarrolla en aislamiento. La administración de Milei cuenta con respaldo internacional significativo, especialmente del gobierno norteamericano y de sectores financieros que observan en Argentina un terreno fértil para reformas estructurales profundas. La llamada “transformación” económica y social no es sólo doméstica; se inscribe en una dinámica geopolítica más amplia.
Así, mientras el malestar se expresa en pantallas, mientras la precariedad absorbe el tiempo disponible y mientras la oposición aguarda un estallido que tal vez no adopte la forma clásica de la protesta masiva, el modelo avanza. No porque la sociedad esté conforme, sino porque está fragmentada.
La ausencia de un nuevo 2001 no necesariamente indica estabilidad ni bienestar. Puede ser la señal de una mutación más profunda: un nuevo tipo de disciplinamiento social donde el ajuste económico, la atomización laboral y la guerra digital convergen para dispersar la energía colectiva.
No hay calma. Hay agotamiento. No hay consenso pleno. Hay dispersión. No hay estallido… porque el malestar está atrapado entre aplicaciones y pantallas.
La pregunta ya no es sólo económica. Es política y social: quién logra reconstruir comunidad en una sociedad hiperconectada pero profundamente aislada. Porque la historia demuestra que las tensiones no desaparecen; se transforman. Y cuando encuentran cauce, lo hacen de maneras que nadie termina de prever.
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