Es por eso que nosotros debemos hacer una diferencia muy grande entre el mediocre y el superior. No porque un hombre tenga mucho estudio ha de ser superior. Hay que hacer mucha diferencia entre los de gran cultura que creen que lo saben todo, porque algunos tienen también la soberbia del ignorante, que es la más peligrosa de todas.
Los mediocres nunca quieren comprometerse, y de esos nosotros conocemos a muchos. Son cobardes, nunca se juegan por una causa, ni por nadie; dirigentes políticos de las horas buenas y aprovechadores cuando el río está revuelto. Funcionarios de esos, por ejemplo, que usan el distintivo solamente cuando van a Trabajo y Previsión."
Extraído de los textos de las nueve clases, de la materia Historia del Peronismo, dictadas por Eva Perón en 1951 en la Escuela Superior Peronista. Todas ellas fueron agrupadas y presentadas como libro, el que se llama precisamente Historia del Peronismo.
A veces la historia no necesita ser reinterpretada: alcanza con ser leída sin miedo. El fragmento atribuido a Eva Perón, recuperado de los materiales de la Escuela Superior Peronista y compilado luego en el libro Historia del Peronismo, tiene esa cualidad incómoda de los textos que parecen escritos para ayer, para hoy y —sobre todo— para los que siempre llegan tarde a la cita con la historia.
Eva no habla acá de títulos, diplomas ni currículums inflados. Habla de algo mucho más peligroso: la confusión deliberada entre saber y superioridad moral. El “hombre de mucho estudio” no es superior por definición. Puede ser, incluso, un mediocre con biblioteca. La ironía es feroz: existe una soberbia del ignorante, pero también una soberbia del ilustrado que cree que el conocimiento lo exonera de comprometerse. Y Perón avisa: esa es la más peligrosa de todas.
El texto no apunta contra la cultura ni el pensamiento crítico —todo lo contrario— sino contra el intelectual que usa la cultura como coartada. El que se refugia en el “yo ya entendí todo” para no ensuciarse las manos. El que teoriza la realidad como si fuera un fenómeno natural, no una injusticia política. El que confunde neutralidad con altura moral y termina siendo funcional al poder de turno.
Cuando Eva define al mediocre, no lo hace desde la falta de inteligencia sino desde la falta de coraje. El mediocre es el que nunca se compromete. El que espera las “horas buenas”. El que aparece cuando el río está revuelto, no para ordenar nada, sino para pescar algo. La descripción es quirúrgica y cruel: dirigentes sin causa, funcionarios sin convicción, oportunistas profesionales. No militan: calculan. No luchan: administran su conveniencia.
El remate es magistral y, para algunos, dolorosamente actual. Esos funcionarios que “usan el distintivo solamente cuando van a Trabajo y Previsión” son la caricatura del peronismo sin peronismo. El símbolo sin contenido. La liturgia vaciada de pueblo. El cargo sin doctrina. Perón no critica desde afuera: critica desde adentro, porque sabe que el mayor peligro para un movimiento popular no es el enemigo declarado, sino el mediocre que se disfraza de compañero.
Leído hoy, el texto funciona como espejo y como advertencia. No hay nostalgia acá, hay diagnóstico. El peronismo —como cualquier proyecto emancipador— no se mide por la cantidad de títulos ni por la corrección discursiva, sino por la disposición a jugarse. A perder algo propio para defender algo colectivo. A elegir bando cuando elegir tiene costo.
La ironía final es que muchos de los que hoy se horrorizan con estas palabras no se sienten aludidos. Y ahí está, precisamente, la prueba de que el texto sigue vigente. Porque la mediocridad no se reconoce a sí misma. Siempre cree estar del lado de los “sensatos”, de los “moderados”, de los “realistas”. Hasta que la historia pasa por encima y deja claro quiénes estaban comprometidos y quiénes solo estaban esperando.
Eva Perón no escribió esto para el bronce. Lo escribió para incomodar. Y cada vez que incomoda, vuelve a cumplir su función política.

No hay comentarios:
Publicar un comentario