La verdad de la milanesa: Argentina no fracasó: la hundieron 112 años de políticas liberales y conservadoras - HISTORIANDOLA

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La verdad de la milanesa: Argentina no fracasó: la hundieron 112 años de políticas liberales y conservadoras



Hoy vamos a armar una pequeña nota explicativa, un punteo, tomando un gráfico que construí para otra nota, como columna vertebral de un razonamiento que lleva a desarmar el falso eslogan de que "estamos así por culpa de 80 años de peronismo"... Bueno, vamos a demostrar que es una falsedad y quienes lo repiten lo hacen sabiendo que mienten o bien porque nunca terminaron la primara.

Ahora bien, presentemos el cuadro que armé para la nota titulada: Terminamos definitivamente con el mito de los “80 años de peronismo”: Te cuento quién gobernó realmente la Argentina desde Mitre hasta hoy.




Durante décadas se repitió como un mantra una explicación tan simple como falsa: Argentina está como está por culpa del populismo. La frase se instaló en editoriales, manuales escolares, tapas de diarios y discursos presidenciales. Se convirtió en sentido común.
Pero cuando los datos se ponen sobre la mesa, el relato se desarma solo.

Un repaso histórico serio muestra algo muy distinto: la Argentina fue gobernada mayoritariamente por modelos liberales y conservadores, no por proyectos nacionales y populares. Y no por poco tiempo: casi siete de cada diez años de su historia institucional.

Ese es el corazón de la verdad que incomoda.


Un siglo y medio en números: lo que el relato oculta

Si se toma el período comprendido entre 1862 y 2025, es decir, desde la organización del Estado nacional hasta la actualidad, el reparto de años de gobierno según orientación económica es el siguiente:

  • Políticas liberales y conservadoras: aproximadamente 112 años (68,7%)

  • Políticas nacionales y populares: alrededor de 38 años (23,3%)

  • Períodos de transición u otros modelos híbridos: unos 13 años (8%)

El dato es contundente: el liberalismo no fue una excepción en la historia argentina, fue la norma. La verdadera anomalía histórica fueron los períodos en los que el Estado intentó regular la economía, industrializar el país y ampliar derechos sociales.


El liberalismo como proyecto hegemónico (1862–1930)

Desde la presidencia de Mitre hasta el golpe de 1930, la Argentina estuvo gobernada casi sin interrupciones por un modelo liberal clásico, basado en tres pilares:

  1. Economía agroexportadora

  2. Estado mínimo

  3. Dependencia del capital extranjero

Fue el período de la llamada Generación del ’80, presentado muchas veces como una edad dorada. Sin embargo, ese modelo produjo una riqueza altamente concentrada, sin industria nacional, con exclusión política y con una estructura social profundamente desigual.

No fue un proyecto de país para todos: fue un país diseñado para pocos.


Golpes, fraudes y liberalismo sin urnas

Cuando el voto popular empezó a poner en cuestión ese esquema, el liberalismo no dudó en recurrir a métodos no democráticos para sostenerse.

  • 1930–1943: la Década Infame, marcada por fraude electoral, represión y entrega económica.

  • 1955–1973: golpes militares que proscribieron al peronismo y desmantelaron conquistas sociales.

  • 1976–1983: la dictadura más sangrienta, que aplicó el programa económico más liberal de la historia argentina.

Estos períodos suelen presentarse como “interrupciones institucionales”, pero desde el punto de vista económico fueron continuidades del mismo proyecto: apertura, endeudamiento, desindustrialización y transferencia de ingresos hacia los sectores concentrados.


El neoliberalismo en democracia

La restauración democrática no implicó el abandono definitivo del liberalismo. Por el contrario, reapareció con fuerza en los años noventa y volvió a instalarse en el siglo XXI.

Privatizaciones masivas, apertura financiera, endeudamiento externo, fuga de capitales y destrucción del mercado interno marcaron estos ciclos. El resultado fue siempre el mismo:

  • aumento de la pobreza

  • pérdida de soberanía económica

  • crisis recurrentes

El colapso de 2001 no fue un accidente: fue la consecuencia lógica de un modelo aplicado durante décadas.


Los años “nacionales y populares”: pocos, cortos y asediados

En contraste, los períodos de políticas nacionales y populares fueron minoría en términos históricos. Sumados, no alcanzan ni un cuarto del tiempo total.

Estos gobiernos compartieron rasgos comunes:

  • fortalecimiento del Estado

  • impulso a la industria

  • ampliación de derechos laborales y sociales

  • mayor autonomía frente a los organismos financieros internacionales

Lejos del mito del “desastre populista”, fueron los únicos momentos donde la Argentina creció con inclusión, redujo la pobreza y amplió la movilidad social. Pero también fueron los períodos más atacados, condicionados y muchas veces interrumpidos.

Nunca gobernaron en paz. Siempre lo hicieron bajo presión.


El mito del “país rico arruinado”

Una de las falacias más persistentes sostiene que Argentina era un país desarrollado que “se cayó”. En realidad, nunca fue una potencia industrial soberana. Fue, durante mucho tiempo, un exportador de materias primas con élites enriquecidas y mayorías excluidas.

El liberalismo no creó un país fuerte que luego se destruyó: construyó una economía dependiente, vulnerable y desigual. Cada intento de corregir ese rumbo fue demonizado como populismo.


El dato que incomoda

Cuando se afirma que “el populismo arruinó a la Argentina”, la historia responde con un dato imposible de ignorar:

Durante casi el 70% de su historia, Argentina fue gobernada por proyectos liberales.

No es una opinión. Es una cuenta simple.


Para terminar: La estafa del relato único

La crisis argentina no es el resultado de demasiadas políticas nacionales, sino de demasiado liberalismo, aplicado una y otra vez, incluso contra la voluntad popular, incluso a costa de golpes de Estado y represión.

La verdadera pregunta no es por qué fracasaron los proyectos que duraron poco, sino por qué se insiste en reciclar un modelo que tuvo más de un siglo para demostrar su fracaso.

Esa —y no otra— es la verdad de la milanesa.


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