La falsedad de esa acusación fue recientemente abordada en una investigación publicada por Infobae, basada en el trabajo del abogado e historiador Ignacio Cloppet, miembro de la Academia Nacional de la Historia y autor de diversos libros dedicados a desmontar los mitos construidos alrededor de la figura de Perón. Lejos de una defensa militante o apologética, Cloppet analiza documentos, expedientes y testimonios originales para demostrar que la imputación carece de todo sustento histórico y jurídico.
Según explica el historiador, la acusación surge inmediatamente después del derrocamiento de Perón, cuando la dictadura instaurada por la llamada Revolución Libertadora impulsó una ofensiva integral para demonizar al líder depuesto. En ese contexto se creó el Tribunal Superior de Honor del Ejército Argentino, encargado de “investigar” la vida pública y privada del expresidente. El objetivo no era esclarecer hechos sino construir un relato condenatorio que justificara la proscripción política, la persecución y el borramiento simbólico del peronismo.
Es allí donde aparece el expediente que durante décadas fue utilizado como “prueba” de una supuesta relación inapropiada entre Perón y Nelly Rivas, una adolescente vinculada a la Unión de Estudiantes Secundarios. Sin embargo, el núcleo del trabajo de Cloppet demuestra que ese expediente fue deliberadamente falsificado. Los documentos difundidos por sectores antiperonistas presentan irregularidades evidentes: testimonios manuscritos sin firmas, declaraciones redactadas por una sola mano y ausencia total de garantías procesales. Más grave aún, esos textos no coinciden con el expediente original del Tribunal de Honor, que fue conservado durante años fuera del debate público.
Las diferencias entre ambos expedientes son determinantes. En los documentos auténticos no existe ninguna acusación de índole sexual ni sentimental. Por el contrario, los testigos describen un vínculo estrictamente paternal. Empleados de la Residencia Presidencial, mayordomos, valets y personal de servicio declararon no haber presenciado jamás conductas impropias. Donde la versión adulterada introduce insinuaciones de intimidad, el expediente original habla de trato de padre, padrino o tutor.
Uno de los casos más claros es el del testigo Calogero Romano. En la versión falsificada se le atribuyen afirmaciones que sugieren una relación íntima. En el documento auténtico, Romano declara textualmente que nunca vio nada anormal y que Perón dispensaba a la joven un trato paternal. El mismo mecanismo de tergiversación se repite en otros testimonios, lo que revela un patrón sistemático de manipulación documental.
Desde el punto de vista jurídico, Cloppet señala que la acusación se derrumba por completo al aplicarse la doctrina de los “frutos del árbol envenenado”, principio que establece la nulidad de toda prueba derivada de una fuente contaminada. Si el expediente original fue adulterado, todas las imputaciones posteriores carecen de legitimidad. No se trata de una discusión interpretativa sino de la inexistencia de pruebas válidas.
La propia Nelly Rivas declaró que su relación con Perón se daba en el marco de actividades institucionales de la UES, con pleno conocimiento y consentimiento de sus padres. Dormía en una habitación separada, compartía espacios con otros jóvenes y funcionarios y jamás describió un vínculo sentimental. Años más tarde fue contundente al afirmar que todo lo que se dijo sobre ella y sobre Perón fue propaganda antiperonista y calumnias.
Paradójicamente, mientras el mito se consolidaba en el discurso público, la verdadera víctima fue la propia Nelly Rivas. Tras el golpe de 1955 fue internada en un reformatorio, sometida a humillaciones, agresiones físicas y violencia institucional, al punto de perder piezas dentales producto de los golpes recibidos. Al salir fue obligada a recibir tratamiento psiquiátrico. Sus padres también fueron perseguidos y encarcelados. La acusación no solo fue falsa: funcionó como un instrumento de castigo político y disciplinamiento social.
El trabajo de Ignacio Cloppet, retomado ahora por Infobae, deja al descubierto algo más profundo que una fake news histórica. Expone la persistencia de una falsificación construida en un contexto dictatorial y reciclada durante décadas como arma simbólica contra el peronismo. No estamos ante un debate historiográfico honesto ni ante una denuncia basada en pruebas, sino frente a una operación de demonización que se sostiene por repetición y morbo.
Setenta años después, la acusación sigue circulando. La diferencia es que hoy existen los documentos originales, la investigación está hecha y la mentira ya no puede ocultarse detrás del ruido. La historia, cuando se la toma en serio, no absuelve por simpatía política ni condena por prejuicio. Simplemente pone los hechos en su lugar.
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