El calendario marcaba marzo de 1976 y el aire en las calles argentinas se volvía irrespirable, no por el calor del otoño que se asomaba, sino por ese vaho espeso y rancio que emana de las conspiraciones de pasillo. Mientras el gobierno de Isabel Perón se desmoronaba en una agonía lenta, un sector de la sociedad, cebado por el discurso del orden y la mano dura, comenzaba a pavimentar el camino para lo que sería la noche más larga y sangrienta de nuestra historia. No fue un rayo en un cielo sereno, fue una demolición planificada donde el poder económico, ese que siempre juega a las escondidas detrás de los uniformes, decidió que los derechos de los laburantes eran un estorbo para sus ambiciones de mercado libre y hambre para el pueblo.
Los días previos al 24 de marzo fueron una coreografía del espanto donde la incertidumbre se convirtió en la moneda corriente de una Argentina que parecía haber perdido la brújula. Los diarios de la época, cómplices necesarios o testigos mudos de la tragedia, goteaban titulares que vaticinaban el final de un ciclo político, mientras en las sombras se afilaban las bayonetas. La derecha más rancia, esa que hoy intenta reciclarse con discursos libertarios de cartón pintado, aplaudía desde los balcones de la City porteña, esperando que los tanques barrenaran cualquier vestigio de justicia social. Se sentía en el ambiente esa crispación de quien sabe que la trampa ya está armada y que solo falta que la presa termine de pisar el palito de la desestabilización económica.
La inflación galopante y el desabastecimiento, fogoneados por los mismos que después se presentaron como salvadores, fueron las herramientas predilectas para que el ciudadano común, ese que hoy llamaríamos el tipo de a pie, terminara pidiendo por favor que alguien pusiera orden, sin sospechar que ese orden vendría con olor a pólvora y picana. Era un clima de época donde la solidaridad parecía una mala palabra y el individualismo más atroz empezaba a sacar pecho. Los militares no llegaron solos, llegaron a upa de una burguesía que odiaba ver a los obreros discutiendo paritarias y soñando con una vida digna, porque para el modelo neoliberal que se venía a imponer a sangre y fuego, la dignidad humana es simplemente un costo operativo que hay que reducir a cero.
Resulta doloroso mirar atrás y ver cómo se fue tejiendo esa red de mentiras donde se pintaba a las Fuerzas Armadas como una reserva moral, cuando en realidad eran el brazo ejecutor de un plan sistemático para desguazar el Estado y entregar el país a los intereses extranjeros. Esos días de marzo fueron una agonía institucional donde la política, asediada y temerosa, no supo o no pudo frenar la embestida de los que creen que la libertad se mide por la cotización del dólar y no por la cantidad de pibes que pueden comer en sus casas. La complejidad del momento era absoluta, con una violencia que se retroalimentaba y un vacío de poder que los genocidas supieron llenar con el silencio de las tumbas y el ruido de las botas sobre el pavimento.
No podemos ser ingenuos al analizar ese marzo fatídico, porque los fantasmas de ese pasado hoy parecen querer volver con ropajes nuevos, gritando consignas de una libertad que solo beneficia a los que más tienen. Aquel golpe no fue solo contra un gobierno debilitado, fue un ataque directo al corazón de la clase trabajadora, un intento quirúrgico de extirpar la conciencia de clase para reemplazarla por el miedo y la sumisión. Los preparativos del zarpazo se vivían en cada esquina, en cada susurro de oficina, en esa sensación de que el mundo tal como lo conocíamos se estaba terminando para dar paso a un laboratorio del horror donde el ser humano era descartable si no encajaba en los gráficos de eficiencia de los tecnócratas que asesoraban a la Junta.
La memoria es un músculo que hay que ejercitar, especialmente cuando nos quieren vender que el mercado todo lo soluciona y que el Estado es el enemigo. En esos días previos al golpe, el enemigo real no era la gestión política, sino un proyecto de país que necesitaba del terror para disciplinar a las mayorías populares. Cada reunión en el Círculo Militar, cada editorial de los diarios hegemónicos pidiendo definiciones, cada sabotaje a la economía familiar, eran piezas de un rompecabezas que tenía como imagen final la desaparición forzada y el robo de bebés. La hipocresía de los que hablaban de valores occidentales y cristianos mientras preparaban los centros clandestinos de detención es una mancha que no se borra con ningún discurso moderno de modernización económica.
Hoy, cuando escuchamos esas voces que reivindican la mano dura o que minimizan la lucha por los Derechos Humanos, debemos recordar que el 24 de marzo empezó mucho antes, en esos días de incertidumbre donde se dejó que el odio ganara la partida. Defender el trabajo es defender la vida, y aquel golpe vino a romper precisamente ese vínculo sagrado, instalando la timba financiera como el nuevo altar nacional. No hubo nada de heroico en esos militares que se escondieron detrás de sus armas para atacar a su propio pueblo; solo hubo cobardía y una obediencia ciega a los mandatos de una élite que siempre prefirió la dictadura a la redistribución de la riqueza.
La historia nos escupe en la cara la verdad de esos días: un país quebrado emocionalmente, una sociedad manipulada por el pánico y una dirigencia que no estuvo a la altura de las circunstancias. Pero sobre todo, nos muestra la cara de quienes se beneficiaron con el dolor ajeno, los que brindaron con champagne mientras el Falcon verde patrullaba las barriadas. Es imperativo mantener la guardia alta contra los herederos ideológicos de ese proceso, esos que hoy, con la excusa de la libertad total, buscan volver a un país para pocos, donde el derecho al trabajo sea un privilegio y la solidaridad una anécdota del pasado. El 1976 no fue un error, fue un crimen social planificado, y su antesala fue el laboratorio donde se probó hasta dónde podía aguantar un pueblo antes de que le arrebataran el futuro.



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