La siniestra simetría del desguace: cuando la libertad es el nombre del saqueo. De la oscuridad de 1976 al experimento libertario de 2024, el hilo conductor de una Argentina que tropieza con la misma piedra neoliberal de la mano de Caputo y los fantasmas de Martínez de Hoz.
En los pasillos del poder argentino, donde hoy se rinde culto a una "libertad" que parece solo pertenecer a las planillas de Excel de los fondos de inversión, resuena un eco que hiela la sangre de quienes todavía tienen memoria. No es solo una sensación térmica de crisis; es el retorno de un manual de estilo que creíamos enterrado bajo los escombros del horror. La historia, caprichosa y cruel, parece haber decidido que la tragedia de 1976 se repita hoy como una farsa libertaria, pero con una ferocidad que hace que aquel plan de la dictadura parezca, en palabras de algunos analistas, una versión "tibia" frente al incendio que Nerón-Milei ha decidido desatar sobre una sociedad ya castigada. Resulta escalofriante observar cómo el esquema económico del binomio Milei-Caputo no es más que una calcomanía, un calco actualizado del programa que José Alfredo Martínez de Hoz impuso sobre el cementerio de derechos que fue el Proceso de Reorganización Nacional.
El corazón de este experimento, que hoy se vende con el envoltorio brillante de la "modernización", late con el mismo ritmo que en aquel abril de 1976. El discurso fundacional de Martínez de Hoz hablaba de dar vuelta la hoja del "intervencionismo estatizante" para liberar las "fuerzas productivas", una música que hoy suena en cada cadena nacional de Javier Milei. El truco es viejo y conocido: se utiliza la palabra "libertad" como un fetiche, como un significante vacío que, en realidad, oculta la desregulación absoluta de los precios de los alimentos, los combustibles y los medicamentos, dejando a la intemperie a los millones que viven de un salario pulverizado. Es la libertad de morir de hambre, la libertad de no poder pagar el alquiler tras la derogación de las protecciones legales, una medida que Caputo ha ejecutado con el mismo desprecio por lo social que tuvo el ministro de la dictadura.
La primera gran estocada de este plan fue la histórica devaluación del 118%, un golpe de gracia al bolsillo de los trabajadores que guarda una similitud abrumadora con el incremento del tipo de cambio que Martínez de Hoz utilizó para disciplinar a la clase obrera. Aquel ajuste de los años 70 buscaba explícitamente terminar con la "sociedad peronista", rompiendo el modelo industrialista que permitía sindicatos fuertes y bajos niveles de desempleo. Hoy, bajo el eslogan de combatir a "la casta", el gobierno de La Libertad Avanza ha invertido el sentido del enemigo para endilgarle el costo del ajuste a los jubilados, los docentes y los trabajadores, mientras el "Círculo Rojo" de la burguesía parasitaria y financiera se aceita con la fuga de riqueza nacional hacia cuentas privadas. El resultado es un industricidio planificado: se abren las fronteras para que las importaciones baratas aniquilen la producción local, una película que ya vimos y que terminó con fábricas cerradas y una desocupación estructural que nos retrotrae al siglo XIX.
Pero el plan de hambre y saqueo no puede sostenerse sin el garrote. Si Martínez de Hoz necesitó del terrorismo de Estado y la desaparición forzada de 30.000 argentinos para implantar el neoliberalismo, el actual gobierno recurre a una democracia "de excepción". El protocolo de Patricia Bullrich y la criminalización de la protesta social son el correlato necesario para blindar un ajuste que no cierra sin represión. Es la misma lógica del binomio represivo-económico: se construye la figura del "enemigo interno" —antes el "subversivo", hoy el "zurdo" o el "colectivista"— para legitimar la violencia estatal sobre quienes resisten el despojo de sus recursos naturales y la entrega de la soberanía nacional. No es casualidad que la vicepresidenta Victoria Villarruel reivindique el terror de Estado mientras el gobierno desfinancia las políticas de memoria y justicia; necesitan ese clima de odio para imponer un consenso reaccionario que proteja los privilegios de una minoría que hoy, al igual que ayer, concentra la riqueza mientras el 57% de la población cae bajo la línea de pobreza.
La gestión de la deuda externa es otro punto de contacto que produce vértigo. El modelo de valorización financiera que inauguró la dictadura, multiplicando el endeudamiento por organismos multilaterales como el FMI, es hoy la brújula de Luis Caputo. Estamos frente a un proceso de transferencia de ingresos monumental desde la masa asalariada hacia los grandes grupos económicos, una bicicleta financiera que solo en diciembre de 2023 le costó a los trabajadores 1.128 millones de dólares en pérdida de poder adquisitivo. Caputo, el "mesías" de los mercados que ya nos dejó la deuda más grande de la historia durante el macrismo, aplica ahora la "licuadora" y la "motosierra" sobre los más vulnerables para garantizar el pago de intereses de una deuda que es, en esencia, un mecanismo de dominación externa. Al igual que ocurrió con la estatización de la deuda privada en el pasado, hoy vemos instrumentos como el BOPREAL que endeudan al Banco Central para salvar a los importadores, en lo que representa una nueva estafa al pueblo argentino.
La incertidumbre sobre la viabilidad de este modelo es absoluta, no porque falte convicción dogmática en el gobierno, sino porque la historia nos enseña que estos experimentos terminan siempre en colapso. Estamos atrapados en una espiral de austeridad recesiva: el ajuste derrumba el consumo, lo que hace caer la recaudación y obliga a un ajuste aún mayor, un círculo vicioso que nos conduce directamente a un callejón sin salida. La "verdad incómoda" que pregona el oficialismo es solo una máscara para un elemento sacrificial donde los que mueren son siempre los de abajo. Mientras Milei viaja por el mundo denunciando al "marxismo cultural" y atacando los derechos de las mujeres y diversidades, en el territorio nacional se desmantela el Estado de Bienestar para convertir a la Argentina en un simple enclave exportador de materias primas y pagador de deuda.
A cincuenta años del golpe, nos enfrentamos a una farsa miserable que intenta revivir la tragedia. La alianza entre el capital financiero y el poder ejecutivo hoy ignora el dolor de diez millones de personas que asfixiadas por la crisis buscan refugio en comedores comunitarios que el propio Estado ha decidido abandonar. Pero la resistencia popular no se ha hecho esperar. Los cacerolazos, el paro general de las centrales obreras y la marea feminista del 8M demuestran que el pueblo argentino no ha perdido su capacidad de lucha ni su memoria histórica. No hay "fuerzas del cielo" que puedan justificar la destrucción de la dignidad humana en nombre del mercado. La batalla hoy es por el sentido de la democracia y por la supervivencia misma de una sociedad que se niega a ser reducida a una cifra en el balance de un acreedor. El "Nunca Más" debe ser también un nunca más a estos planes económicos de hambre y entrega que, bajo el disfraz de la libertad, solo traen cadenas y exclusión.

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