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El día que Argentina votó contra Palestina en la ONU

El gobierno de Javier Milei rompió una histórica tradición diplomática argentina al votar contra Palestina en la ONU junto a Estados Unidos e Israel. Un análisis histórico y político del polémico giro internacional argentino.




Por primera vez en décadas, la Argentina decidió alinearse abiertamente con Estados Unidos e Israel para votar contra el reconocimiento de Palestina en Naciones Unidas. La decisión del gobierno de Javier Milei no fue un gesto aislado ni una simple maniobra diplomática: representó una ruptura histórica con una tradición de política exterior basada, al menos formalmente, en el derecho internacional, la autodeterminación de los pueblos y cierto margen de autonomía frente a las potencias globales.


La escena pasó casi desapercibida entre el vértigo cotidiano de la política argentina, pero el 10 de mayo de 2024 dejó una marca histórica difícil de borrar. Mientras 143 países votaban en la Asamblea General de la ONU a favor de ampliar los derechos de Palestina y respaldar su reconocimiento como Estado miembro pleno, la Argentina decidió ubicarse en el pequeño grupo de apenas nueve naciones que rechazaron la resolución. Junto a Estados Unidos e Israel, el gobierno de Javier Milei consumó uno de los alineamientos diplomáticos más explícitos y subordinados de la historia reciente argentina.


No se trató simplemente de una votación técnica. Mucho menos de un detalle burocrático perdido en los pasillos de Naciones Unidas. Aquella decisión condensó una definición ideológica profunda: abandonar décadas de una política exterior relativamente equilibrada para abrazar una lógica de obediencia geopolítica absoluta hacia Washington y el gobierno de Benjamin Netanyahu.



La resolución aprobada por amplia mayoría no implicaba automáticamente el ingreso pleno de Palestina a la ONU. Eso dependía todavía del Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos ya había ejercido su tradicional poder de veto. Lo que buscaba la Asamblea General era reforzar el reconocimiento internacional de Palestina como Estado y ampliar sus derechos de participación dentro del organismo. En otras palabras, se trataba de un gesto político frente a una tragedia humanitaria que para entonces ya estremecía al mundo entero.


Porque mientras se realizaba la votación, Gaza atravesaba uno de los momentos más devastadores de su historia contemporánea. Miles de muertos civiles, barrios enteros reducidos a escombros y una creciente condena internacional hacia la ofensiva israelí comenzaban a modificar incluso las posiciones diplomáticas de países europeos históricamente cautelosos. España, Irlanda y Noruega avanzarían poco después en el reconocimiento formal del Estado palestino. El mundo empezaba lentamente a correrse. Argentina, en cambio, decidió atrincherarse.


El dato histórico resulta todavía más impactante cuando se observa la trayectoria diplomática argentina. En 2010, el país había reconocido oficialmente al Estado palestino siguiendo una línea compartida por buena parte de América Latina. Aquella decisión no era una anomalía improvisada sino el resultado de una larga tradición diplomática basada en el principio de autodeterminación de los pueblos y en la defensa del multilateralismo. Incluso gobiernos ideológicamente distintos habían evitado romper ese delicado equilibrio en Medio Oriente.


Pero el gobierno libertario eligió dinamitar esa tradición para reemplazarla por un alineamiento automático que recuerda las peores etapas de subordinación periférica de la historia argentina. No es casual. El neoliberalismo nunca fue solamente un programa económico. Siempre implicó también una renuncia política y cultural a cualquier margen de autonomía nacional. La entrega de recursos estratégicos, la dependencia financiera y la obediencia internacional forman parte del mismo paquete ideológico.


La política exterior de Milei parece construida desde esa lógica colonial contemporánea donde los países periféricos deben actuar como simples satélites disciplinados del poder global. Ya no importa la tradición diplomática argentina, ni el consenso internacional, ni siquiera el costo político regional. Lo único relevante es demostrar fidelidad ideológica a Estados Unidos e Israel, aun cuando eso implique quedar aislados frente a la inmensa mayoría de la comunidad internacional.


El episodio reveló además una paradoja brutal. Un gobierno que se presenta permanentemente como defensor de la “libertad” terminó votando contra el reconocimiento de un pueblo que reclama precisamente su derecho básico a existir como Estado. En nombre de una supuesta defensa irrestricta de Occidente, la administración libertaria terminó justificando una situación denunciada por amplios sectores internacionales como una tragedia humanitaria de dimensiones históricas.


La decisión argentina tampoco puede separarse del clima político interno. El mismo gobierno que avanza sobre derechos sociales, universidades públicas, organismos científicos y políticas de memoria eligió también romper con una tradición diplomática asociada al derecho internacional y a los consensos multilaterales construidos después de las grandes catástrofes del siglo XX. Hay una coherencia ideológica en todo eso: el desprecio por las instituciones colectivas, la exaltación del mercado como única brújula y la subordinación absoluta a los centros de poder económico y militar global.


La historia enseña que las políticas exteriores nunca son neutrales. Expresan proyectos de país. Durante gran parte del siglo XX, Argentina osciló entre intentos de autonomía relativa y etapas de alineamiento subordinado. Cada vez que predominó esta última lógica, el resultado fue el mismo: pérdida de soberanía, dependencia económica y deterioro del interés nacional.


El voto contra Palestina no fue simplemente un papel levantado en una sesión de la ONU. Fue una señal política hacia el mundo y hacia la propia sociedad argentina. Una señal que indica qué lugar imagina el actual gobierno para el país: no el de una nación soberana capaz de sostener posiciones propias, sino el de un actor periférico dispuesto a obedecer disciplinadamente los intereses de las grandes potencias.


Y acaso allí resida el verdadero escándalo histórico de aquella votación. No solamente el abandono de Palestina, sino el abandono de la propia tradición diplomática argentina.


Prof. Walter Onorato

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