El Rastrojero: Industria nacional, trabajo argentino y soberanía económica: una experiencia concreta del peronismo - HISTORIANDOLA

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El Rastrojero: Industria nacional, trabajo argentino y soberanía económica: una experiencia concreta del peronismo

En estos días, mientras miles de autos importados desembarcan en los puertos argentinos provenientes de la llamada “China comunista”, el contraste histórico resulta inevitable. En un país nuevamente reducido al rol de mercado consumidor, la industria local observa desde la banquina cómo se reemplaza producción nacional por importaciones masivas. Muy distinto fue el horizonte que imaginó y ejecutó Juan Domingo Perón, quien concibió un proyecto de país industrializado, con fábricas propias, tecnología local y trabajo argentino como columna vertebral del desarrollo.


Lejos de los slogans y los discursos abstractos, el primer peronismo dejó políticas tangibles que transformaron la estructura productiva del país. El Rastrojero no fue solo un vehículo: fue la expresión material de un Estado que planificaba, producía y pensaba la industria como una herramienta de inclusión social, desarrollo económico y soberanía nacional.

Un vehículo nacido de una decisión política

El Rastrojero no surgió del mercado ni de la iniciativa privada extranjera. Surgió de una decisión política consciente del Estado argentino durante la presidencia de Juan Domingo Perón: industrializar el país con recursos propios, técnicos nacionales y un objetivo social claro.

Su desarrollo fue encargado por el propio Perón a un equipo de ingenieros argentinos —Raúl Gómez, Rubí Luterau y Félix Sanguinetti— y llevado adelante por empresas estatales como Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado, luego Dirección Nacional de Fabricaciones e Investigaciones Aeronáuticas y finalmente Industrias Mecánicas del Estado.

No fue un proyecto improvisado: fue parte de una estrategia más amplia de sustitución de importaciones, fortalecimiento del mercado interno y creación de una industria metalmecánica nacional, algo inédito hasta entonces en la Argentina.


Producción para el trabajo, no para la elite

El nombre “Rastrojero” no fue casual. Aludía directamente al trabajo rural, a la producción agrícola, al movimiento de la cosecha y al esfuerzo cotidiano del pequeño productor, del trabajador del campo, del transportista.

El objetivo era claro: un utilitario robusto, económico y accesible, pensado para quienes nunca habían sido prioridad del modelo agroexportador tradicional. El vehículo debía ser barato de mantener, eficiente en el consumo y confiable en condiciones adversas.

Ese criterio social —tan ajeno a la lógica del lucro máximo— explica por qué el Rastrojero fue diseñado para las clases populares, y no como un bien de lujo o de exportación.



Reconversión, ingenio y soberanía tecnológica

Uno de los aspectos más reveladores del proyecto fue su origen material. El Estado argentino había adquirido tractores Empire en Estados Unidos, pensados para uso militar y completamente inadecuados para tareas agrícolas. En lugar de desecharlos o depender nuevamente del exterior, el peronismo impulsó una reconversión industrial.

Motores, cajas y componentes fueron reutilizados por técnicos argentinos para crear un vehículo nuevo. Ese gesto resume una idea central del peronismo: aprovechar recursos existentes, agregar valor local y construir capacidades propias.

Cuando el stock de motores Willys se agotó, el Estado no detuvo la producción. Convocó a empresas internacionales, comparó alternativas y eligió la opción más conveniente para el país, no para el lobby. Así se incorporaron los motores diésel Borgward, con una condición clave: producción local en Argentina.



Industria estatal y empleo nacional

La instalación de la planta Borgward en Isidro Casanova, sobre 19 hectáreas, no fue un detalle técnico. Fue una política de desarrollo regional, de creación de empleo, de transferencia tecnológica y de formación de mano de obra calificada.

El resultado fue contundente: motores producidos en el país, menores costos, mayor eficiencia y un vehículo que se volvió masivo gracias a su bajo consumo, especialmente en un contexto donde el gasoil no estaba gravado.

El Rastrojero diésel no solo funcionaba mejor: hacía viable económicamente el trabajo, reduciendo la relación de costos entre nafta y gasoil en una proporción decisiva para los pequeños productores.


Diseño, modernización y continuidad

A fines de los años sesenta, el Rastrojero evolucionó. La carrocería “Caburé”, íntegramente metálica, diseñada por técnicos italianos contratados por IME, mostró que la industria estatal no estaba condenada al atraso. Incorporó diseño, estética y modernización, sin abandonar su función social.

El Rastrojero se adaptó, incorporó nuevas motorizaciones, versiones de cabina doble y se mantuvo competitivo durante décadas. No fue un experimento fallido: fue una política industrial sostenida en el tiempo.


El final no fue técnico, fue político

El dato es insoslayable: la desaparición del Rastrojero coincidió con el desmantelamiento de IME en 1980, durante la última dictadura militar. No fue el mercado el que lo expulsó, ni la falta de demanda, ni la ineficiencia productiva.

Fue una decisión política inversa a la de Perón: desindustrializar, abrir importaciones, destruir la industria estatal y reinstalar un modelo dependiente. Allí donde el peronismo había construido soberanía productiva, el neoliberalismo impuso vaciamiento.


Más que un vehículo, un símbolo

Hoy, el Rastrojero es recordado como el símbolo más claro del ingenio y la capacidad productiva del Estado argentino cuando existe un proyecto nacional. Representa una época en la que la industria no era un negocio financiero, sino una herramienta de transformación social.

Hablar del Rastrojero es hablar de Perón sin consignas vacías: hablar de fábricas, técnicos, trabajadores, motores, acero y trabajo real. Es recordar que hubo un Estado que no se resignó a exportar materias primas y a importar todo lo demás.


Una lección vigente

En tiempos donde se vuelve a despreciar la industria nacional y a exaltar la dependencia externa, el Rastrojero vuelve a interpelar. No como nostalgia, sino como prueba histórica de que otro modelo fue posible —y lo fue porque hubo decisión política.

El peronismo no prometió industria: la construyó. Y el Rastrojero quedó en la historia como una de sus expresiones más concretas, más humildes y más contundentes.

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