Irán 1964: el préstamo que desnudo la fragilidad del régimen del Sha. Modernización acelerada, crisis de liquidez y el momento en que la deuda se convirtió en bandera política
A mediados de la década de 1960, Teherán ofrecía al mundo la imagen seductora de una capital moderna y cosmopolita. Las avenidas exhibían escaparates europeos, automóviles veloces y una clase media emergente que encontraba en la educación occidental y en los deportes de invierno símbolos de ascenso social. Las leyes que imponían códigos de vestimenta habían sido derogadas décadas atrás y era habitual ver a mujeres transitar sin chador en los espacios urbanos centrales. Para el observador extranjero, Irán parecía haber dejado atrás su pasado tradicional y avanzar con paso firme hacia una modernidad secular.
Pero bajo esa superficie reluciente se incubaba una crisis estructural que no tardaría en politizarse. El régimen de Mohammad Reza Pahlavi impulsaba una industrialización acelerada en el marco de una autocracia que combinaba ambición desarrollista con fragilidad institucional. La llamada Revolución Blanca, lanzada en 1963, pretendía transformar un país mayoritariamente rural en una potencia industrial. Sin embargo, el impulso modernizador no descansaba en un equilibrio interno sólido, sino en una creciente dependencia de financiamiento y tecnología extranjera.
La economía iraní había comenzado a mostrar signos de agotamiento desde finales de 1961. Aunque el sector petrolero crecía a un ritmo cercano al 12% anual, ese dinamismo no se traducía en bienestar generalizado. Los ingresos reales apenas superaban el crecimiento poblacional, estimado entre 2% y 2,5% anual. En el ejercicio fiscal 1962/63, el Producto Nacional Bruto per cápita se ubicaba en apenas 180 dólares. Detrás de la retórica del progreso, la vida cotidiana de amplios sectores permanecía estancada.
El sector agrícola, que representaba alrededor del 30% del PNB y sostenía entre el 60% y el 70% de la población, sufrió un fuerte deterioro. Malas cosechas de cereales y frutas, sumadas a un invierno severo en 1963/64 que provocó pérdida masiva de ganado, profundizaron la vulnerabilidad rural. La inflación, con aumentos del costo de vida entre 3% y 5% en 1964, erosionó el poder adquisitivo. El sector privado, afectado por restricciones crediticias y desconfiado de las implicancias de la reforma agraria y los esquemas de participación de beneficios industriales, retrajo la inversión.
En ese contexto de presiones inflacionarias y drenaje de reservas, el régimen recurrió nuevamente al financiamiento externo. Irán ya había solicitado créditos al Fondo Monetario Internacional en 1956 y 1960, en montos de 17,5 y 35 millones de Derechos Especiales de Giro respectivamente, de los cuales utilizó 17,5 millones en el primer caso y 22,5 en el segundo. Aquellos préstamos respondían a problemas de balanza de pagos derivados de la caída de los precios del petróleo y del debilitamiento de reservas, y formaban parte de las prácticas habituales del organismo para estabilizar desequilibrios externos. No habían generado entonces una reacción política decisiva.
El punto de inflexión llegó en septiembre de 1964. Ese mes, ante una caída drástica de las reservas de divisas provocada por un aumento de las importaciones privadas —que superaban en 25% las del año anterior—, el gobierno decidió realizar un giro de 18 millones de dólares del FMI. La paradoja era evidente: mientras se solicitaba esa suma por problemas de liquidez inmediata, se proyectaba que el país recibiría alrededor de 200 millones de dólares en concepto de bonos por nuevas concesiones petroleras off-shore en el Golfo Pérsico.
La crisis no era de carencia estructural de recursos, sino de gestión. La “Plan Organization” tenía su inversión pública un 25% por debajo de los objetivos del Tercer Plan de Desarrollo. La riqueza petrolera no se traducía en ejecución eficiente. Esa brecha entre potencial y realización convirtió una operación financiera ordinaria en símbolo de incapacidad y dependencia.
El préstamo no llegó solo. En el mismo clima político se aprobó una ley que otorgaba inmunidad diplomática al personal militar de Estados Unidos y a sus familias en territorio iraní. Para una parte creciente de la sociedad, la combinación de crédito externo e inmunidad jurídica configuraba un cuadro inquietante. Fue en ese escenario cuando la figura de Ruhollah Jomeini emergió con fuerza.
El clérigo chií comprendió que la cuestión financiera podía convertirse en argumento político. Vinculó la solicitud de fondos con la ley de inmunidad y denunció que la “soberanía de Irán estaba en venta”. Sostuvo que el país se transformaba en “esclavo” de potencias extranjeras, alternando dependencia: un día del Reino Unido, al siguiente de Estados Unidos. El préstamo, afirmó, era un “préstamo sumamente caro” impuesto arbitrariamente al pueblo iraní. En uno de sus sermones advirtió: “Si los líderes religiosos tienen influencia no permitirán que el gobierno imponga arbitrariamente un préstamo tan caro a la nación iraní”.
Su retórica transformó los números del FMI en prueba de subordinación. Argumentó que estos acuerdos abrían la puerta para que “Israel y Estados Unidos se apoderaran de la economía iraní”, facilitando incluso la venta de productos israelíes libres de impuestos. El crédito dejó de ser una herramienta técnica de estabilización y se convirtió en símbolo de pérdida de soberanía.
La modernización impulsada por el Sha comenzó a ser percibida por sectores populares como una “modernidad de cartón piedra”, dependiente de insumos, maquinaria y tecnología extranjeros que el país no producía. El modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones, lejos de reducir la vulnerabilidad externa, la profundizaba. Aunque se financiaron proyectos de infraestructura —como una red de carreteras secundarias apoyada en parte por un préstamo de 8,5 millones de dólares del Banco Mundial en 1965— la percepción social era que el régimen privilegiaba el gasto militar y la exhibición de poder antes que la justicia distributiva.
La respuesta del gobierno frente a las críticas fue contundente. Tras redoblar sus ataques y calificar al régimen como un “régimen tiránico”, Jomeini fue arrestado y enviado al exilio en noviembre de 1964. Permanecería fuera del país casi quince años. El préstamo de 18 millones de dólares, en sí mismo modesto en términos macroeconómicos, había adquirido un peso político desproporcionado.
El episodio reveló una verdad más profunda: la estabilidad de la dinastía Pahlavi no dependía solo del crecimiento petrolero, sino de la legitimidad. El endeudamiento externo y la dependencia estratégica de Occidente se convirtieron en el talón de Aquiles de una monarquía que pretendía acelerar la historia sin resolver las tensiones de su propio presente. La fastuosa coronación del Sha en 1967 contrastaba con cimientos sociales cada vez más frágiles.
El colapso de 1979 no fue un acontecimiento súbito, sino la culminación de un proceso de deslegitimación progresiva. La crisis financiera de 1964 constituyó uno de sus hitos fundamentales. Aquellos 18 millones de dólares no representaron simplemente un ajuste contable para enfrentar un problema de liquidez; simbolizaron, ante amplios sectores, la confirmación de una dependencia estructural.
En la microhistoria de ese préstamo se condensa una lección más amplia. Las decisiones económicas, cuando se insertan en contextos de desigualdad, modernización desigual y fragilidad institucional, pueden transformarse en detonantes políticos. En Irán, el recurso al FMI en 1964 no solo buscó estabilizar reservas: terminó fortaleciendo una narrativa de soberanía herida que, años más tarde, alimentaría la revolución.

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