Villa Manuelita: cuando las mujeres le pusieron el pecho al golpe de la “Fusiladora” - HISTORIANDOLA

Breaking

Villa Manuelita: cuando las mujeres le pusieron el pecho al golpe de la “Fusiladora”

En los márgenes obreros de Rosario, las trabajadoras del Swift protagonizaron una de las resistencias más radicales al golpe de 1955. Sin armas, sin conducción y sin permiso, enfrentaron al Ejército y desnudaron —en todos los sentidos— la violencia del nuevo régimen.




Hay historias que el poder prefiere olvidar. No por insignificantes, sino por peligrosas. La revuelta de las mujeres de Villa Manuelita, en el sur de Rosario, es una de ellas. Porque allí, en ese territorio obrero moldeado por el frigorífico Swift, lo que estalló tras el golpe de 1955 no fue una simple protesta: fue una insurrección popular que puso en evidencia el verdadero rostro de la autodenominada “Revolución Libertadora”.


Mientras los sectores dominantes celebraban la caída de Juan Domingo Perón y se reorganizaban para restaurar privilegios, en los márgenes urbanos la realidad era otra. Hambre, persecución y miedo. En Villa Manuelita, donde la vida giraba alrededor del trabajo en el Swift, el golpe no era una abstracción institucional: era la amenaza concreta de quedarse sin sustento y sin dignidad.


Y entonces ocurrió lo inesperado.


No fueron dirigentes sindicales, ni cuadros políticos, ni figuras visibles del peronismo quienes encabezaron la reacción. Fueron mujeres. Trabajadoras. Madres. Vecinas. Sujetos históricamente relegados al silencio que, en ese momento crítico, decidieron romperlo todo.


La escena inicial parece doméstica, casi invisible: mujeres lavando ropa en piletones. Pero la política —la verdadera política, la que nace del conflicto— irrumpe cuando circula la noticia del derrocamiento de Perón. Una de ellas grita. No hay discurso elaborado, ni estrategia previa. Hay bronca. Hay memoria. Hay identidad. Y ese grito se convierte en detonante.


En cuestión de horas, Villa Manuelita deja de ser un barrio y se transforma en un territorio en disputa.


Las mujeres cortan calles, levantan barricadas, bloquean accesos. Enfrentan al Ejército sin armas, con piedras, con sus cuerpos, con sus hijos al lado. Lo que está en juego no es una consigna abstracta: es la defensa de un mundo que sienten propio, construido al calor de los años de justicia social.






Hagamos un paréntesis, la represión sobre las mujeres de Villa Manuelita no fue un exceso aislado ni algo improvisado: formó parte del dispositivo sistemático que la autodenominada “Revolución Libertadora” desplegó tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón para disciplinar a los territorios obreros donde el peronismo seguía vivo como identidad y práctica.


Si seguís mis artículos, recordarás que vimos, además del cobarde Bombardeo a la Plaza de Mayo, estudiamos el ataque de la marina a Mar del Plata, el de la aviación a Río Negro y la batalla de la Ciudad de Córdoba.


En este episodio hubo una rápida militarización del territorio. Las Fuerzas Armadas, bajo el mando del gobierno de facto encabezado inicialmente por Eduardo Lonardi, actuaron con órdenes claras: recuperar el control de los barrios obreros y evitar que la protesta se expandiera. No se trataba de negociar, sino de imponer autoridad. Villa Manuelita fue cercada, vigilada y tratada como un foco de subversión interna.


En segundo lugar, se desplegó una lógica de represión directa pero selectiva. A diferencia de otros episodios donde el uso de la fuerza letal fue inmediato, aquí hubo una tensión particular: las protagonistas eran mujeres desarmadas. Eso no detuvo la intervención, pero sí la volvió más ambigua. Hubo golpes, detenciones, amenazas, irrupciones violentas en el barrio. El objetivo era claro: quebrar la moral de la revuelta.


No sabemos si es leyenda popular o si efectivamente ocurrió, pero cuando las tropas traidoras al orden constitucional avanzaron, y la amenaza de la represión se vuelve real, la mujeres hacen algo que descoloca incluso a los propios soldados: se desabrochan las blusas, exponen sus cuerpos y gritan “¡Tiren!”.


No es una escena anecdótica. Es una intervención política radical. Es el cuerpo como trinchera. Es la dignidad llevada al límite. Es el desafío frontal a un poder armado que, de pronto, queda expuesto en su propia violencia.


Porque disparar contra una multitud es una cosa. Disparar contra mujeres desarmadas que se ofrecen como blanco, es otra muy distinta. 


Esa escena —que hoy podría leerse en clave feminista— fue, en ese momento, una forma visceral de resistencia peronista. Una manera de decir que el pueblo no iba a aceptar pasivamente la restauración oligárquica.


La revuelta no se quedó en el gesto. Se organizó territorialmente. Se consolidó como experiencia colectiva. Se izó una bandera improvisada con delantales blancos —símbolo del trabajo cotidiano— con una consigna que sintetizaba el espíritu de la resistencia:


“No reconocemos a Eduardo Lonardi”.


En esa frase hay una definición política clara: la legitimidad no se decreta desde los cuarteles, se construye con el voto del pueblo. Y en Villa Manuelita, ese pueblo estaba decidido a resistir.


Durante horas —e incluso días, según algunos testimonios— el barrio funcionó como una suerte de enclave insurrecto. Un espacio donde el poder militar encontraba límites inesperados. Donde la autoridad del nuevo régimen era, sencillamente, desobedecida.


La respuesta del Estado fue la esperable: represión, disciplinamiento, silenciamiento. Pero lo que no pudo hacer fue borrar del todo la huella de lo ocurrido.


Porque la revuelta de Villa Manuelita deja al descubierto una verdad incómoda: la llamada “Libertadora” no vino a liberar nada. Vino a reordenar el país en favor de los sectores que habían perdido poder durante el peronismo. Y para hacerlo, necesitó recurrir a la violencia, incluso contra quienes apenas tenían lo justo para sobrevivir.


También deja otra enseñanza, quizás aún más profunda: que la resistencia peronista no nació en los grandes discursos ni en las estructuras formales. Nació en lugares como este. En barrios olvidados. En manos de mujeres que no esperaron autorización para hacer política. Dónde la verticalidad se vuelve horizontal.


Sin embargo, la historia oficial eligió otro camino. Prefirió recordar los fusilamientos de 1956, las conspiraciones militares, las figuras masculinas de la resistencia organizada. Y dejó en los márgenes episodios como el de Villa Manuelita, que son demasiado incómodos, demasiado desbordados, demasiado difíciles de encasillar. Demasiado vergonzante que las verdaderas descamisadas que salieron a dar la vida por Perón fueron ellas.


Pero así como la guerra de Troya no cayó en el olvido porque fue contada oralmente durante cinco siglos antes de ser escrita... ¿Ustedes creen que los peronistas vamos a olvidar a estás heroínas? Para desgracia de los gorilas esto no va a ocurrir.


Va a persistir como memoria subterránea. Como símbolo de una resistencia que no pidió permiso. Como recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, hay sectores del pueblo que deciden no agachar la cabeza.

Y a veces —como en 1955— esa resistencia tiene rostro de mujer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario