La Revolución Libertadora, como vengo diciendo en varios artículos, no fue un estallido homogéneo ni espontáneo: tuvo nodos organizativos y territoriales decisivos, y uno de los más sensibles fue el eje Bahía Blanca–Puerto Belgrano. Ahí no sólo se jugó una pulseada militar, sino también un experimento político y social que anticipó lo que vendría para todo el país: la erradicación sistemática del peronismo como actor legítimo.

El 16 de septiembre de 1955, la base de Puerto Belgrano —la mayor instalación naval del país— se plegó al levantamiento contra el presidente democrático, Juan Domingo Perón. No fue un gesto menor: implicó que la Marina, históricamente uno de los núcleos más duros del antiperonismo, asegurara control territorial, capacidad logística y poder de fuego. Desde ese enclave, los sublevados no sólo consolidaron la ruptura del orden constitucional sino que proyectaron operaciones hacia el sur bonaerense y la Patagonia norte.
Bahía Blanca funcionó así como retaguardia y plataforma de expansión. Sin embargo, lejos de una ocupación limpia, la zona registró tensiones y enfrentamientos con fuerzas leales al gobierno depuesto, especialmente en corredores estratégicos como Río Colorado y Stroeder. Esos focos muestran que el golpe no fue un simple “cambio de mando”, o como la falsa imagen creada del tirano prófugo, fue un proceso conflictivo con resistencias concretas, aunque finalmente sofocadas.
Pero donde el proceso revela su dimensión más profunda es fuera del campo estrictamente militar. La intervención sobre el Instituto Tecnológico del Sur (ITS) —antecesor directo de la Universidad Nacional del Sur— no fue una medida administrativa sino una operación política: depuración ideológica, desplazamiento de cuadros vinculados al peronismo y reconfiguración del espacio académico bajo nuevos parámetros de legitimidad. La creación de la UNS, el 5 de enero de 1956 mediante el decreto-ley Nro. 154, demuestra que fue una universidad nacida del seno de la "fusiladora". Por este motivo no puede leerse sólo como una expansión educativa, sino como parte de una ingeniería institucional-educativa destinada a borrar huellas del ciclo peronista.
En paralelo, la represión política adquirió rasgos sistemáticos. Las comisiones investigadoras y las nuevas autoridades locales desplegaron un dispositivo de persecución sobre militantes, dirigentes y simpatizantes peronistas. Detenciones, cesantías y vigilancia configuraron un clima de disciplinamiento social que buscaba algo más que castigar: pretendía desarticular toda posibilidad de reorganización política.
Bahía Blanca, en ese sentido, operó como laboratorio. Allí se articuló con claridad la alianza entre sectores liberales, mandos militares y núcleos del nacionalismo católico que impulsaron el golpe. Esa convergencia no sólo derrocó a un gobierno, sino que sentó las bases de un nuevo orden que institucionalizó la proscripción del peronismo durante casi dos décadas.
Lo que ocurrió en ese enclave del sur bonaerense permite leer la Revolución Libertadora más allá del relato oficial que la presentó como “restauradora”. En Bahía Blanca no hubo restauración, sino sustitución: de un orden político constitucional por otro que necesitó, desde el primer momento, borrar, intervenir y reprimir para sostenerse. Y lo hizo con método.
Capitulo Importante: El Rol de la Nueva Provincia
En Bahía Blanca, el control militar del territorio tras la Revolución Libertadora tuvo un complemento igual de decisivo y mucho menos visible: el cerrojo informativo. Allí, el entramado mediático conformado por La Nueva Provincia, LU2 Radio Bahía Blanca y posteriormente en 1965 se sumaría el Canal 9 de Bahía Blanca que operaron, en los hechos, como un dispositivo unificado de producción de sentido, concentrando la palabra pública en una sola voz.
No se trató únicamente de una coincidencia empresarial. Ese sistema articulado funcionó como un verdadero monopolio informativo en la región, capaz de fijar agenda, imponer marcos interpretativos y, sobre todo, delimitar qué podía decirse y qué debía ser silenciado. En el contexto del golpe, ese poder adquirió una dimensión estratégica: mientras las Fuerzas Armadas ocupaban las calles y las instituciones, estos medios ocuparon el espacio simbólico.
La línea editorial fue abiertamente antiperonista y alineada con los objetivos del nuevo régimen. La narrativa construida no sólo legitimó el derrocamiento de Juan Domingo Perón, sino que lo presentó como una necesidad histórica, una suerte de “corrección” del rumbo nacional. El lenguaje no fue neutro: se apeló a categorías morales y civilizatorias que colocaban al peronismo del lado de la barbarie y a los golpistas como portadores del orden y la república.
Ese encuadre tuvo consecuencias concretas. La persecución política que se desplegó en Bahía Blanca encontró en estos medios no sólo amplificación sino también justificación. Las detenciones, las cesantías y la intervención de instituciones fueron narradas como actos de saneamiento, diluyendo su carácter represivo. En paralelo, se invisibilizaron las resistencias y cualquier forma de disenso, consolidando una percepción de consenso social que, en los hechos, estaba lejos de ser real.
La concentración mediática también permitió construir una memoria inmediata del golpe bajo parámetros sesgados. Lo que no entraba en ese relato —las tensiones internas, los enfrentamientos armados, la violencia estatal— simplemente desaparecía del registro público. En una ciudad estratégica como Bahía Blanca, donde la base de Puerto Belgrano garantizaba el músculo militar, este sistema mediático garantizaba algo igual de crucial: la legitimidad discursiva.
Lo más inquietante es que este esquema no fue un fenómeno pasajero. La consolidación de ese monopolio informativo dejó una huella profunda en la cultura política local, naturalizando la asociación entre poder económico, poder mediático y poder militar. En ese sentido, más que simples observadores o cronistas, La Nueva Provincia, LU2 Radio Bahía Blanca actuaron como actores políticos de primer orden: no sólo contaron la historia, ayudaron a escribirla… y a borrar lo que no convenía que quedara escrito.
Prof. Walter Onorato
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