Entre camiones requisados, tropas exhaustas y la amenaza aérea sobrevolando el sur bonaerense, el episodio de Stroeder condensó el final de una ofensiva leal que nunca llegó a destino. La caída no fue solo militar: también dejó al descubierto una trama de represión y disciplinamiento social que acompañó el avance golpista.
En septiembre de 1955, mientras la autodenominada Revolución Libertadora avanzaba sobre el poder, una escena casi olvidada se desplegaba en los márgenes del mapa. Lejos de los grandes centros urbanos, la pequeña localidad de Stroeder se convirtió en el punto de quiebre de una maniobra desesperada: la de las fuerzas militares leales al presidente democrático Juan Domingo Perón que intentaban, desde la Patagonia, alterar el curso de un golpe que ya parecía decidido.
La columna partía desde el sur profundo. Desde Esquel y Bariloche, contingentes militares iniciaron una marcha forzada hacia el norte con un objetivo claro: alcanzar Bahía Blanca, reforzar al Regimiento V de Infantería y contribuir a la reconquista de una plaza clave en la disputa por el control del país. No era solo una operación táctica, era una apuesta política en medio del derrumbe.
Pero el trayecto mismo anticipaba el desenlace. Al atravesar la comarca de Viedma y Carmen de Patagones, las tropas recurrieron a la requisa de camiones particulares. No hubo negociación ni consentimiento: los vehículos fueron confiscados y sus dueños obligados a transportar soldados, armas y pertrechos por la Ruta Nacional Nº 3. La escena, más cercana a una retirada improvisada que a una ofensiva organizada, exponía la precariedad de una resistencia que avanzaba sin logística propia y bajo presión constante.
El desenlace llegó en Stroeder. Allí, la columna fue interceptada antes de poder continuar su marcha. La amenaza no era abstracta: aviones Catalina de la fuerza naval rebelde sobrevolaban la zona, listos para atacar. En tierra, las fuerzas golpistas ya habían cerrado el cerco. Sin margen de maniobra, sin cobertura aérea y con recursos limitados, la rendición fue inevitable. No hubo épica final ni combate prolongado: hubo cálculo de supervivencia frente a una superioridad abrumadora.
Los oficiales que encabezaban la operación fueron detenidos. La derrota no solo desarticuló la avanzada, sino que también selló el destino de quienes habían apostado por sostener al gobierno constitucional en una región que ya no ofrecía condiciones para resistir. Stroeder, en ese sentido, no fue un campo de batalla tradicional, sino un punto de clausura.
Pero el episodio no se agotó en lo militar. En paralelo, la localidad fue escenario de una ofensiva sobre el tejido social, particularmente sobre la Iglesia. Cuatro sacerdotes y un seminarista fueron detenidos y trasladados a la comisaría local en un operativo que dejó marcas profundas en la comunidad. El caso del Padre Mazzoglio resultó especialmente revelador: su arresto, ejecutado en plena iglesia, desató escenas de pánico entre los niños presentes, que huyeron entre lágrimas ante la irrupción policial.
Este episodio de represión religiosa no puede leerse como un hecho aislado. Formó parte de un clima más amplio de disciplinamiento y control que acompañó el avance de las fuerzas golpistas. La caída de la resistencia militar en Stroeder vino acompañada, así, de una intervención directa sobre instituciones y actores sociales que podían representar algún tipo de disidencia o autonomía.
Mientras tanto, otra columna leal que había partido desde Neuquén con el mismo objetivo corrió una suerte similar: fue detenida en Río Colorado antes de poder articular cualquier acción significativa. El patrón se repetía. Las iniciativas aisladas, sin coordinación ni respaldo suficiente, eran rápidamente neutralizadas por un aparato militar que ya operaba con ventaja estratégica.
Stroeder quedó, de este modo, inscripto en la historia como algo más que un punto geográfico. Fue el lugar donde se materializó el fracaso de la resistencia armada en el norte de la Patagonia. Pero también fue un espejo incómodo: mostró cómo, en el proceso de consolidación del nuevo poder, la represión no distinguió entre combatientes y civiles, entre estrategias militares y escenas cotidianas.
En el relato posterior, dominado por la narrativa triunfal de la Libertadora, estos episodios quedaron relegados a notas al pie o directamente borrados. Sin embargo, reconstruir lo ocurrido en Stroeder permite entender que el golpe de 1955 no fue solo una sucesión de decisiones en las altas esferas, sino también una serie de intervenciones concretas sobre territorios y comunidades específicas.
Allí, en ese cruce de rutas y destinos truncos, terminó de desmoronarse una de las últimas apuestas por revertir lo irreversible. Y en ese mismo lugar, bajo el ruido de motores requisados y aviones amenazantes, comenzó a consolidarse un nuevo orden que no dudó en imponer su autoridad tanto en el campo de batalla como en la vida cotidiana.
Prof. Walter Onorato
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