Chapadmalal: cuando el peronismo convirtió las vacaciones en un derecho y no en un privilegio.
El complejo turístico que permitió a miles de trabajadores conocer el mar se transformó en uno de los símbolos más poderosos de la Justicia Social argentina. Su historia explica por qué el neoliberalismo siempre quiso desmontarlo.
Hubo una Argentina en la que el Estado decidió intervenir para que los hijos de los obreros pudieran ver el mar por primera vez. Parece una idea sencilla. Incluso elemental. Pero durante décadas fue una verdadera revolución social. En un país donde las vacaciones habían sido un privilegio reservado para las clases altas, el peronismo impulsó una experiencia inédita: transformar el descanso, el ocio y el turismo en derechos concretos para millones de trabajadores.
La historia del Complejo Turístico de Chapadmalal no es solamente la historia de un conjunto de hoteles frente al Atlántico. Es la historia de un proyecto político. De una disputa cultural. De una concepción del Estado. Y también de una batalla que todavía sigue abierta entre quienes creen que los derechos deben ampliarse y quienes consideran que todo debe quedar sometido a la lógica del mercado.
La Unidad Turística Chapadmalal nació en el contexto de la expansión del Estado social impulsado por el primer peronismo. Según la documentación histórica relevada por organismos públicos y trabajos universitarios, la construcción comenzó a partir del decreto 9305 de 1945, con el objetivo de levantar una ciudad balnearia destinada a trabajadores y sus familias. No se trataba de una obra menor ni de una iniciativa aislada. Formaba parte de una transformación profunda de la sociedad argentina.
Hasta entonces, los grandes centros turísticos eran territorios reservados para los sectores acomodados. Mar del Plata había sido construida como una postal de las elites argentinas. El acceso al ocio era una marca de distinción social. El trabajador debía producir. Descansar era un lujo.
El peronismo alteró esa lógica de raíz.
La Unidad Turística Chapadmalal comenzó a edificarse sobre tierras fiscales y otras expropiadas a la estancia Chapadmalal, perteneciente a la familia Martínez de Hoz. El dato no es menor. La historia del complejo resume en sí misma una de las tensiones centrales del siglo XX argentino: la disputa entre la concentración de privilegios y la democratización de derechos.
La obra fue impulsada por el Estado nacional bajo la conducción del general Juan Pistarini y contó con el respaldo decisivo de la Fundación Eva Perón. El objetivo era explícito. Crear un espacio donde los trabajadores pudieran acceder al descanso en condiciones dignas.
Como recuerda una de las reconstrucciones históricas sobre el complejo, el lema era contundente: “usted se paga el viaje, el gobierno el hospedaje”.
Detrás de esa frase existía una concepción política que hoy parece casi subversiva frente al discurso dominante del mercado. El descanso dejaba de ser un consumo individual para convertirse en una política pública.
Entre fines de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta fueron construidos nueve hoteles, diecinueve bungalows, áreas recreativas, espacios deportivos, servicios médicos, capilla, teatros y edificios administrativos. Chapadmalal se convirtió en una verdadera ciudad turística estatal.
Miles de trabajadores comenzaron a llegar desde todos los rincones del país. Muchos provenían de provincias alejadas del litoral marítimo. Muchos nunca habían visto el océano.
La experiencia adquirió rápidamente una dimensión simbólica enorme.
Una trabajadora del complejo recordó años después que “la gente encontraba el camino hacia la playa apenas llegaba”. Otro testimonio reconstruido por investigaciones recientes narra la escena de una mujer que se acercó al mar por primera vez y abrió los brazos mientras lloraba frente al agua.
Esas imágenes permiten entender algo fundamental. Chapadmalal no era solamente turismo. Era integración social. Era ciudadanía. Era la materialización concreta de una promesa de igualdad.
Las investigaciones sobre turismo social coinciden en señalar que complejos como Chapadmalal y Embalse marcaron el pasaje de “un turismo sólo reservado a la clase alta” hacia “un turismo masivo para la clase media y un turismo social para la clase baja”.
La frase resume una transformación histórica de enorme magnitud.
Por primera vez el Estado argentino asumía que el bienestar no podía limitarse al salario. También debía incluir el tiempo libre, la recreación y el acceso a bienes culturales históricamente restringidos.
Eva Perón comprendió mejor que nadie la dimensión política de esa conquista.
Por eso su figura quedó inseparablemente ligada a Chapadmalal. Aunque murió antes de la finalización definitiva de las obras, el complejo terminó convirtiéndose en uno de los emblemas más visibles de la Justicia Social peronista.
No resulta casual que aún hoy exista allí un museo dedicado a preservar esa memoria.
Tampoco resulta casual que los sectores más conservadores de la política argentina hayan visto históricamente al turismo social como un gasto innecesario.
La discusión nunca fue económica. Fue ideológica.
Porque cuando un trabajador podía acceder al mismo paisaje que disfrutaban los sectores privilegiados, cuando un niño del interior conocía el mar por primera vez, cuando una familia humilde ocupaba un hotel construido por el Estado, se producía algo más profundo que unas vacaciones.
Se cuestionaba el orden social tradicional. Por eso Chapadmalal sobrevivió durante décadas entre avances, retrocesos, abandonos y recuperaciones.
Distintos gobiernos redujeron inversiones, deterioraron instalaciones o limitaron el acceso al programa. Sin embargo, el complejo siguió funcionando como una referencia del turismo social argentino.
Las cifras muestran la magnitud de la obra. La capacidad total alcanzó aproximadamente cinco mil plazas. Generaciones enteras de trabajadores, jubilados, estudiantes y familias atravesaron sus hoteles.
El complejo terminó convirtiéndose en un verdadero patrimonio colectivo. En 2013 fue declarado Monumento Histórico Nacional. Esa decisión reconocía no solamente su valor arquitectónico sino también su importancia social y cultural.
Porque Chapadmalal cuenta una parte esencial de la historia argentina. Cuenta cómo el Estado intervino para ampliar derechos. Cuenta cómo el trabajo organizado logró conquistas impensadas pocas décadas antes. Cuenta cómo la idea de igualdad dejó de ser un discurso abstracto para transformarse en experiencias concretas.
Las tensiones actuales alrededor del complejo vuelven a poner en evidencia la vigencia de esa disputa histórica. Las recientes iniciativas de privatización o concesión impulsadas desde perspectivas neoliberales reabrieron un debate que parecía saldado.
¿Qué debe hacer el Estado? ¿Garantizar derechos o administrar negocios? ¿Promover la inclusión o dejar que el mercado determine quién accede y quién queda afuera?
Las respuestas aparecen inscriptas en la propia historia de Chapadmalal. Cuando el Estado construyó esos hoteles no buscaba rentabilidad financiera. Buscaba producir ciudadanía. Buscaba integrar. Buscaba demostrar que una sociedad podía organizarse alrededor de otros valores distintos a la ganancia.
Por eso la historia del complejo excede largamente la cuestión turística. Chapadmalal es una ventana para comprender el corazón del proyecto peronista. Un proyecto que concebía al trabajo como organizador de la vida social, al Estado como garante de derechos y a la economía como herramienta al servicio del bienestar colectivo.
La existencia misma de esos hoteles frente al mar sigue funcionando como una prueba material de que hubo un momento en que la Argentina discutió cómo democratizar la felicidad. Y quizás allí reside la verdadera razón por la cual Chapadmalal continúa despertando tantas pasiones.
Porque sus edificios no sólo conservan paredes, habitaciones o recuerdos. Conservan una pregunta incómoda para el presente. La pregunta sobre qué sociedad queremos construir.
Una sociedad donde el descanso sea un privilegio para quienes puedan pagarlo. O una sociedad donde incluso las vacaciones formen parte de los derechos conquistados por el pueblo.
Cada ladrillo de Chapadmalal parece responder todavía desde la costa atlántica. Y esa respuesta sigue chocando de frente contra la lógica neoliberal que reduce toda experiencia humana a una mercancía.
Por eso la historia de Chapadmalal no pertenece únicamente al pasado. Es una discusión sobre el presente. Y sobre el futuro.
Fuentes:
Agencia Paco Urondo. (2023, 3 de marzo). Complejo Turístico de Chapadmalal, ícono del turismo social.
Argentina.gob.ar. (s.f.). Complejo Unidad Turística Chapadmalal.
Argentina.gob.ar. (s.f.). Complejo Unidad Turística Chapadmalal – Monumentos Históricos Nacionales.
Portal Universidad. (2023, 6 de noviembre). Chapadmalal, un emblema histórico del turismo social aún vigente.
Portal Universidad. (2024, 16 de enero). Complejo turístico de Chapadmalal: un referente mundial en turismo social que revolucionó Mar del Plata.
Newsweek Argentina. (2021, 9 de abril). La historia detrás de los hoteles de Chapadmalal: una reliquia vacacional impulsada por Eva Perón.
Wikipedia. (s.f.). Unidad Turística Chapadmalal.
Caras y Caretas. (2023, 3 de febrero). Veinte años contando la historia del turismo social en la Argentina.
Revista Crisis. (2022, agosto). La conquista del mar.
Página/12. (2025, 17 de mayo). Chapadmalal, un monumento histórico en riesgo.

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