“No hay que darles el pescado, hay que enseñarles a pescar”. La frase se repite como una verdad evidente cada vez que se discuten planes sociales, pobreza o el rol del Estado. Aparece en editoriales, debates televisivos y discursos políticos como si fuera una máxima moral incuestionable, casi humanista, supuestamente orientada a la autonomía y al esfuerzo personal. Sin embargo, lejos de ser una expresión inocente de sentido común, funciona como una pieza central del discurso meritocrático: transforma la desigualdad estructural en una falla individual y convierte la exclusión social en responsabilidad del excluido.
La consigna suele presentarse como una crítica “racional” a la asistencia social. Se dice que ayudar genera dependencia, que dar es peor que enseñar, que el problema no es la falta de recursos sino la falta de voluntad. En esa lógica, el hambre deja de ser una injusticia y pasa a ser un síntoma de incapacidad personal. El sistema económico queda así fuera de toda discusión, absuelto de antemano, mientras la culpa se deposita íntegramente sobre quienes menos tienen.
Esta matriz discursiva no es abstracta ni retórica. Tiene traducción política concreta. En su exposición en el Foro Económico Mundial, el presidente Javier Milei celebró la gestión de la ministra Sandra Pettovello afirmando que a los sectores vulnerables “hemos dejado de regalarles el pescado para enseñarles a pescar y, si es posible, motivarlos a que creen su propia empresa”. La frase condensa la lógica completa del modelo: el problema ya no es garantizar ingresos, empleo o derechos básicos, sino exigir espíritu emprendedor a quienes atraviesan un proceso de ajuste histórico.
Mientras ese discurso se pronuncia en los foros del poder global, los datos de la Argentina real muestran otra cosa. El salario real de los trabajadores registrados sufrió una caída abrupta en términos reales desde el inicio del actual gobierno, producto de la devaluación inicial, la inflación acumulada y el freno a las paritarias. En los trabajadores informales, monotributistas y cuentapropistas, el deterioro fue aún más profundo, sin mecanismos de compensación ni actualización automática de ingresos. El resultado es una sociedad donde cada vez más personas trabajan y, aun así, no logran cubrir la canasta básica.
El mercado laboral tampoco acompañó la retórica emprendedora. El empleo formal se estancó y en varios sectores directamente retrocedió como consecuencia de la caída de la actividad económica. La industria, la construcción y el comercio registraron suspensiones, despidos y un crecimiento del trabajo precario. En ese contexto, hablar de “crear tu propia empresa” como salida universal no es una política de desarrollo: es una consigna aspiracional desligada de la estructura productiva y del funcionamiento real del mercado de trabajo argentino.
Frente a ese derrumbe de ingresos laborales, la asistencia social se volvió un dique de contención indispensable. La Asignación Universal por Hijo y la Prestación Alimentar alcanzan hoy a más de seis millones de niñas, niños y adolescentes. Su peso dentro del ingreso total de los hogares más pobres creció no por una expansión generosa del Estado, sino porque el salario, el empleo y las changas se desplomaron. Sin esas transferencias, los niveles de indigencia serían sensiblemente más altos, incluso según estimaciones oficiales.
Estos datos desarman el núcleo del relato meritocrático. No hay multitudes rechazando el trabajo para vivir de un plan. Hay trabajadores pobres, empleos que no alcanzan y un mercado que expulsa más de lo que integra. En ese escenario, la ayuda directa no genera dependencia: evita el colapso social. La narrativa del “pescado” no describe la realidad: la encubre.
Hay, además, una contraposición que deja al desnudo la pobreza ética de este mantra cuando se lo confronta con una tradición que incluso el propio discurso conservador dice reivindicar: la evangélica. En los Evangelios, Jesús no se para frente a la multitud hambrienta para dar lecciones de mérito, esfuerzo individual o cultura emprendedora. No pregunta quién trabajó más, quién administró mejor sus recursos ni quién merece comer. Tampoco propone capacitaciones, incentivos ni motivación para “crear una empresa”. Frente al hambre concreto, actúa: reparte el pan y los peces. Primero alimenta, después enseña. Primero garantiza la vida, luego la palabra.
La escena es contundente porque invierte por completo la lógica del discurso meritocrático contemporáneo. Para Jesús, el hambre no es una falla moral ni una oportunidad pedagógica: es una injusticia que debe ser reparada de inmediato. Nadie aprende con el estómago vacío. Nadie se emancipa desde la miseria. Nadie construye futuro cuando su presente es la supervivencia. Por eso la ayuda no aparece como un problema, sino como un deber.
La multiplicación de los panes y los peces no es solo un relato religioso ni un acto de caridad individual. Es una afirmación radical sobre la prioridad de la vida por sobre cualquier moral del castigo. Allí no hay condicionamientos, ni premios al esfuerzo, ni castigos a la pobreza. Hay una comunidad que se organiza para que nadie quede afuera. Exactamente lo contrario de la lógica del “no hay que darles el pescado”, que convierte el hambre en culpa, la asistencia en pecado y la solidaridad en sospecha.
La ironía es evidente. Quienes hoy repiten esta frase desde tribunas de poder, incluso en nombre de valores occidentales y cristianos, sostienen una ética diametralmente opuesta a la del propio Evangelio que dicen respetar. Donde Jesús ve personas, el discurso libertario ve incentivos. Donde Jesús garantiza pan, el liberalismo ofrece sermones. Donde el Evangelio pone la vida en el centro, el mercado pone condiciones.
Muchas veces esta frase se atribuye, de manera liviana y sin respaldo textual, a Confucio, pero su origen importa poco frente a su uso contemporáneo. Hoy, “enseñar a pescar” equivale a retirar al Estado y responsabilizar al individuo, como si todos partieran de las mismas condiciones. La metáfora es engañosa porque parte de una igualdad ficticia que no existe en la Argentina real.
La pregunta que la consigna evita deliberadamente sigue siendo la misma: ¿quién tiene acceso al río? Porque no todos tienen educación, salud, tiempo, capital inicial ni redes. No todos pueden esperar a capacitarse mientras pasan hambre. No todos sobreviven al “mientras tanto” que propone el discurso liberal. Convertir un problema estructural en una cuestión de motivación personal es una forma sofisticada de negación.
En este esquema discursivo, el hambre deja de ser una urgencia social para convertirse en un problema de actitud. El resultado es perverso: se deslegitima la asistencia incluso cuando los propios datos oficiales muestran que es lo único que evita un deterioro mayor, se estigmatiza a quienes la reciben y se naturaliza un modelo económico que destruye empleo mientras exige autosuficiencia.
La falsa dicotomía entre asistencia y autonomía se derrumba frente a la evidencia. Sin un piso material no hay libertad real. Nadie se capacita, emprende ni proyecta con el estómago vacío. La asistencia social no niega el trabajo: lo hace posible. Y cuando el Estado interviene no “regala pescado”, sino que devuelve una porción mínima de lo que el propio sistema concentra en la cima.
Porque, al final del día, la frase no es solo una metáfora: es un programa político. Los libertarios la usan para legitimar el ajuste, naturalizar el hambre y correr al Estado mientras el mercado destruye empleo y licúa salarios. Hablan de “pescar” desde escritorios dolarizados, exigen emprendimientos a quienes no llegan a fin de mes y llaman libertad a la intemperie social. No es pedagogía ni sabiduría popular: es ideología pura. Una ideología que culpa a los de abajo por un desastre que se decide arriba. Y mientras repiten el mantra del esfuerzo individual, el río sigue teniendo dueño, la caña sigue siendo inaccesible y los libertarios siguen defendiendo un modelo que necesita pobres culpables para no hacerse cargo de sus propias consecuencias.
Prof. Walter Onorato
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