Cómo el proceso de industrialización impulsado por el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón colocó a la Argentina entre las naciones capaces de diseñar y fabricar un avión a reacción
Lejos de los discursos abstractos y del fetichismo del mercado, el primer peronismo entendió que no existe independencia política sin independencia económica, ni soberanía económica sin desarrollo industrial. En ese marco histórico debe leerse el proyecto aeronáutico que dio origen al IAe.33 Pulqui II, uno de los hitos más audaces del proceso de industrialización argentino del siglo XX.
Cuando en 1947 el ingeniero alemán Kurt Tank arribó a la Argentina junto a un nutrido equipo de técnicos y colaboradores, no llegó a un país improvisado ni marginal. Llegó a una Nación que, bajo la conducción del gobierno constitucional de Juan Domingo Perón, había definido un rumbo claro: sustituir importaciones, formar cuadros técnicos propios y dominar tecnologías estratégicas. El financiamiento provenía del Primer Plan Quinquenal, una herramienta de planificación estatal que volcó recursos concretos a la industria pesada, la energía, el transporte y la defensa.
El núcleo de ese proyecto fue la Fábrica Militar de Aviones y el Instituto Aerotécnico de Córdoba, donde se concentró una experiencia inédita de articulación entre técnicos argentinos y especialistas extranjeros, con transferencia real de conocimientos. Allí nació el Pulqui I y, sobre la base de esa experiencia inicial, se avanzó hacia un desafío mayor: el desarrollo de un avión de combate a reacción con tecnología de frontera.
El I.Ae. 27 Pulqui I, que realizó su vuelo inaugural el 9 de agosto de 1947, fue el primer avión con motor a reacción diseñado y construido en Sudamérica y en toda América Latina. No se trató de un ensamblaje ni de una adaptación bajo licencia extranjera: fue un desarrollo propio, concebido y fabricado en la Argentina en un momento en el que la tecnología a reacción estaba restringida a un puñado de potencias mundiales.
Conviene detenerse en este punto para dimensionar el alcance del logro. En 1947, la aviación a reacción era todavía una tecnología incipiente y altamente estratégica. Apenas entre cinco y seis países en todo el mundo habían logrado diseñar, fabricar y hacer volar aviones a reacción: Alemania, el Reino Unido, los Estados Unidos, la Unión Soviética y Japón, casi todos impulsados por el esfuerzo bélico de la Segunda Guerra Mundial. Fuera de ese núcleo duro de potencias industriales y militares, ningún país periférico había logrado dominar esa tecnología. Que la Argentina se incorporara a ese grupo selecto en plena posguerra no fue un accidente ni un gesto simbólico: fue la consecuencia directa de una política de Estado que concibió al desarrollo científico-tecnológico como una herramienta de soberanía.
Sobre esa base se avanzó hacia el Pulqui II, un salto cualitativo decisivo. El proyecto no fue una copia directa de diseños europeos, sino el resultado de la convergencia entre el desarrollo teórico del Ta-183 —nunca construido en Alemania— y los aportes del equipo argentino liderado por Norberto Morchio. El resultado fue un monoplaza de ala alta, con flecha de 40°, cola en T y cabina presurizada, capaz de competir en prestaciones con los primeros reactores del mundo.
El desarrollo fue meticuloso y progresivo. A fines de 1947 se ensayaron maquetas en túnel de viento; en 1948 voló un planeador de madera remolcado por un Martin 139; en 1950 despegó por primera vez el prototipo equipado con un turborreactor Rolls-Royce Nene II, pilotado por el argentino Edmundo Osvaldo Weiss. El 8 de febrero de 1951, el Pulqui II fue presentado oficialmente en el Aeroparque Jorge Newbery ante el presidente de la Nación y una multitud que asistía, quizá sin saberlo, a uno de los momentos más altos de la industria nacional.
Aquella jornada tuvo un valor simbólico profundo. El avión, íntegramente diseñado y construido en el país, unía Córdoba con Buenos Aires pilotado por su propio diseñador. No era una demostración militar: era una demostración política. La Argentina podía pensar, diseñar y fabricar tecnología compleja sin depender del centro imperial. El propio Kurt Tank lo expresó sin rodeos al elogiar la capacidad y la prolijidad de los técnicos y obreros argentinos, a quienes consideró tan eficientes como los europeos.
El respaldo de Perón al proyecto no fue retórico. El Estado garantizó financiamiento, infraestructura, formación técnica y continuidad política. Antes de ser derrocado en 1955, el gobierno había solicitado una primera serie de veinte unidades, con opción a ampliar la producción. El Pulqui II estaba destinado a entrar en servicio activo. El golpe de Estado no solo interrumpió un gobierno democrático: interrumpió un modelo de país. Con la caída de Perón, se desarticuló el proyecto, se desmontaron instalaciones estratégicas y se reinstaló la dependencia tecnológica.
Hoy, cuando vuelve a instalarse la idea de que la Argentina debe resignarse a exportar materias primas y limitarse a comprar tecnología extranjera ya amortizada, la historia del Pulqui II adquiere una vigencia incómoda. Mientras el gobierno de Javier Milei celebra la compra de aviones F-16 norteamericanos usados —sin transferencia tecnológica, sin desarrollo industrial local y sin formación estratégica de largo plazo— se profundiza un proceso de desindustrialización y verdadero genocidio industrial. Allí donde el peronismo apostó a fabricar, investigar y crear capacidades propias, el modelo actual opta por importar, depender y desarmar lo que queda del entramado científico-industrial nacional.
Por eso el Pulqui II no es una pieza de museo ni una nostalgia romántica. Es la prueba histórica de que otra Argentina fue posible. Un país que no aceptó su lugar subordinado en la división internacional del trabajo y que, cuando tuvo un proyecto de Nación, se atrevió —literalmente— a volar alto.




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