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Se creen empresarios, viven del salario: la Doña Florinda que vota libertarismo

El síndrome de Doña Florinda encuentra en el libertarismo argentino y en la figura de Javier Milei un paralelismo casi perfecto. No como anécdota cultural, sino como lógica política y social que ordena identidades, resentimientos y adhesiones.




El concepto no surge del sentido común ni del folklore televisivo, sino de una formulación teórica precisa. Fue acuñado por el escritor argentino Rafael Ton en su libro El síndrome de Doña Florinda, donde define una paradoja recurrente en sociedades desiguales: personas que, desde una posición objetiva de desventaja, menosprecian a otros en su misma situación, proyectan una identidad de clase que no poseen y desarrollan resentimiento hacia su propio contexto social. La metáfora toma al personaje de El Chavo del 8 no por su comicidad, sino por su potencia simbólica: vivir en la vecindad y, aun así, creerse por encima de ella.

Ese mecanismo es el que reaparece, con ropaje contemporáneo, en una porción significativa de la base libertaria. Así como Doña Florinda compartía condiciones materiales con sus vecinos pero los despreciaba para sostener una fantasía de superioridad, muchos adherentes al proyecto de Milei viven del salario, del monotributo o de ingresos precarios, pero se autoperciben como empresarios, rentistas o futura élite. No se identifican con lo que son, sino con lo que imaginan que serán.

El discurso mileísta funciona como catalizador de ese síndrome. No interpela al trabajador como trabajador, sino como capitalista frustrado. Reemplaza la desigualdad estructural por una moral individual donde el éxito es mérito puro y el fracaso culpa personal. En esa clave, el ajuste deja de ser una política que deteriora ingresos y derechos para convertirse en una prueba de carácter.

El resultado es un desprecio horizontal que reproduce, punto por punto, la lógica que describe Ton:
el enemigo nunca es el poder económico concentrado, sino el que está al lado o más abajo. El “planero”, el jubilado, el docente, el científico, el empleado público, el sindicalizado. Como Don Ramón en la vecindad, siempre hay alguien a quien responsabilizar para no mirar hacia arriba.

Milei no inventa esta alienación, pero la organiza ideológicamente. Le pone palabras, épica y justificación moral. Convierte frustración social en odio de clase invertido: pobres contra pobres, trabajadores contra trabajadores, mientras los intereses que concentran riqueza y poder permanecen fuera de cuestionamiento.

Ahí está el núcleo del paralelismo que propone El síndrome de Doña Florinda: defender valores, jerarquías y modelos económicos que no incluyen a quienes los sostienen. No es ignorancia ni excentricidad. Es alienación de clase politizada, eficaz precisamente porque se vive como identidad y promesa.


Prof. Walter Onorato

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