El mito de la libertad: La advertencia vigente de Perón sobre la libertad, el imperialismo y los vendepatrias - HISTORIANDOLA

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El mito de la libertad: La advertencia vigente de Perón sobre la libertad, el imperialismo y los vendepatrias

En 1958, desde el exilio y en uno de los momentos más crudos de la restauración oligárquica posterior al golpe de Estado de 1955, Juan Domingo Perón escribió uno de sus textos más contundentes y menos citados por la historiografía liberal: Los vendepatrias. Las pruebas de una traición. Allí desmontó, con precisión política y conceptual, el relato que la autodenominada “Revolución Libertadora” intentó imponer como sentido común: la idea de que el derrocamiento violento de un gobierno popular podía presentarse como un acto de libertad.

Perón fue directo y sin eufemismos. Aquella asonada militar no fue ni revolución ni libertadora. No fue revolución porque no surgió de una determinación popular ni produjo transformaciones institucionalizadas por el pueblo; fue, por el contrario, una reacción de la oligarquía local articulada con la plutocracia internacional. Y no fue libertadora porque, lejos de ampliar derechos, recolonizó la Argentina hacia afuera y tiranizó al pueblo hacia adentro.

El 16 de septiembre de 1955 no inauguró una nueva etapa de libertades: señaló —en palabras del propio Perón— “la fecha luctuosa del triunfo transitorio de la antipatria sobre los valores auténticamente nacionales”.




Dos libertades: una distinción clave

Uno de los aportes más profundos del capítulo El mito de la libertad es la distinción entre dos dimensiones inseparables de la libertad. Por un lado, la libertad colectiva de las naciones, basada en la libre determinación de los pueblos, la soberanía política y la independencia económica. Por otro, la libertad individual, entendida como el respeto efectivo de los derechos esenciales del hombre.

Perón plantea una tesis tan simple como demoledora: no puede haber hombres libres en una nación esclava. La libertad individual no es una abstracción que flota en el aire; es consecuencia directa de un marco colectivo soberano. Allí radica el núcleo del pensamiento justicialista: la libertad del hombre es una ficción cuando se desarrolla en un régimen de explotación, ya sea capitalista o comunista.

Esta afirmación rompe con dos dogmas dominantes del siglo XX. Por un lado, el dogma liberal que sostiene que la libertad individual puede existir incluso en contextos de dependencia económica o colonialismo financiero. Por otro, el dogma del socialismo real que afirmaba la existencia de pueblos libres bajo regímenes satélites. Para Perón, ambas posiciones son expresiones de un mismo engaño imperial.


Imperialismo: la forma moderna de la esclavitud

En el texto, el imperialismo aparece definido sin ambigüedades ni eufemismos. No es una desviación ocasional del sistema internacional ni un exceso circunstancial, sino un régimen estructural de dominación que anula la libertad en su raíz. Perón lo formula con precisión: el imperialismo, al suprimir “la libre determinación de los pueblos, la soberanía de las naciones y la independencia económica de los países”, los priva de su libertad esencial. No se trata, entonces, de una anomalía del orden mundial, sino de una forma moderna de esclavitud colectiva.

A diferencia de las dictaduras —que actúan de manera limitada en el tiempo y el espacio— el imperialismo es permanente y total. “Las dictaduras son de efecto limitado”, advierte Perón, pero “los imperialismos son relativamente permanentes y alcanzan a todos”. No sólo condicionan gobiernos: penetran economías, deforman culturas, subordinan decisiones políticas y modelan la vida social de los pueblos enteros.

Desde esa perspectiva, cuando el imperialismo habla de democracia o de libertad individual, no incurre en una contradicción ingenua sino en un acto consciente de cinismo. Perón lo dice sin rodeos: “resulta una falsedad que repugna al espíritu cuando el imperialismo simula la defensa de la libertad individual, mientras se dedica a ejercer la esclavitud colectiva”. La libertad invocada no es un derecho real, sino una coartada ideológica.

El punto máximo de esa hipocresía se alcanza —señala— cuando los imperios se presentan como libertadores. Allí la simulación llega a su paroxismo: hablan de democracia mientras conquistan, declaman derechos mientras someten, prometen libertad mientras consolidan la dependencia. Por eso Perón ironiza que la libertad se ha convertido en un artículo de simulación: si fuera auténtica, “veríamos un día el espectáculo maravilloso de la liberación de todas las colonias, posesiones y dominios”.

La crítica no podría ser más actual. Una libertad proclamada pero no practicada. Una democracia invocada para justificar saqueos, masacres y miseria deliberadamente inducida. Un lenguaje noble puesto al servicio de una dominación que, cuanto más se disfraza de libertad, más profundamente esclaviza.


La dictadura que declamaba libertad

Perón dedica uno de los pasajes más duros a la dictadura militar argentina surgida tras el derrocamiento de 1955, a la que define como un régimen que hizo de la simulación su principal método de gobierno. No se limitó a ejercer la fuerza: necesitó mentir sistemáticamente para sostener su legitimidad. Por eso, señala que su condición de “dictadura al servicio del imperialismo colonialista” le impuso la necesidad de declamar una libertad que resultaba “ridícula frente a las masacres, los fusilamientos de una tiranía inconcebible”, y una democracia que no era más que “un escarnio frente a la usurpación del poder popular y la desaparición de las más esenciales libertades del ciudadano”.

La dictadura, advierte Perón, no sólo gobernó mediante la violencia directa, sino mediante una falsificación integral de la realidad. Mientras hablaba de orden y legalidad, imponía “un colonialismo por cuenta de terceros”, subordinando la nación a intereses externos y anulando cualquier forma de autodeterminación popular. La palabra libertad, en ese contexto, dejó de designar un derecho y pasó a funcionar como un instrumento de encubrimiento.

Lo más grave —subraya— fue la complicidad internacional. Gobiernos que se decían “serios y responsables”, agencias noticiosas que se proclamaban “imparciales” y autodenominados defensores de las libertades humanas “mienten y simulan diariamente” para hacer creer que en la Argentina se vivía “en el mejor de los mundos”. En realidad —escribe Perón— ese orden se sostenía sobre “una pirámide de cadáveres, una miseria progresiva provocada deliberadamente y la supresión de los más elementales derechos del hombre”.

La ironía final no es un recurso retórico, sino una acusación histórica: “¡Y así quieren salvar la democracia!”. La frase anticipa una matriz que se repetiría una y otra vez en América Latina: dictaduras legitimadas en nombre de la libertad, violencia presentada como orden y colonialismo disfrazado de institucionalidad.


La primera libertad: decir la verdad

En un clima de falsedad permanente, Perón coloca una condición previa e innegociable para cualquier proyecto emancipador: la libertad de decir la verdad. No se trata de un valor abstracto ni de una consigna moral, sino del punto de partida de toda construcción política duradera. “La primera libertad que debemos conquistar —afirma— es la de poder decir la verdad”, porque allí donde la mentira se vuelve sistema, “nada puede construirse sobre bases firmes y duraderas”. 

La dictadura surgida en 1955, al servicio del imperialismo colonialista, necesitó mentir de manera sistemática para sostener su legitimidad ficticia. Perón lo señala con claridad: su rasgo distintivo no fue sólo la violencia, sino la simulación. “Donde la dictadura militar argentina ha descollado ha sido, precisamente, en la simulación y la falsedad”, imponiendo un discurso de libertad y democracia que resultaba grotesco frente a la realidad de la represión, los fusilamientos y la supresión de los derechos más elementales.

En ese punto, el texto adquiere una densidad ética notable. La libertad deja de ser una abstracción jurídica o una consigna declamada y se convierte en una práctica concreta: nombrar la realidad, desmontar el engaño, romper el cerco ideológico. Decir la verdad no es sólo un derecho individual, sino un acto político colectivo, porque frente a un régimen sostenido por la mentira, la verdad se vuelve una forma de resistencia. Libertad a la carta y pueblos sin destino

Perón advierte sobre una operación recurrente: países que se arrogan la propiedad de la libertad y pretenden exportarla al resto del mundo. Esa exportación —dice con una metáfora brillante— funciona como la goma de mascar: todos la mastican, pero nadie la traga. Es decir, nadie la incorpora como derecho real.

La libertad auténtica no se impone desde afuera. La libertad verdadera es la que el pueblo quiere, en la forma y medida que él mismo determina. Toda libertad importada es sospechosa; toda defensa ajena de la libertad propia suele ocultar intereses inconfesables.


Vendepatrias: los cómplices internos del imperialismo

El texto culmina con una definición política de una contundencia extrema: los imperios no actúan solos. Su poder no se impone únicamente por la fuerza externa, sino por la complicidad interna de gobernantes “dóciles y cobardes” que, incapaces de enfrentar los hechos por sí mismos, “buscan la protección del apoyo extranjero para encaramarse y mantenerse en el poder”. Son esos dirigentes —los entregadores, los vendepatrias— quienes hacen posible la dominación.

Perón es categórico en la asignación de responsabilidades. Estos personajes, afirma, tienen “más grave culpa que los conquistadores que se sirven de ellos”. No son víctimas del sistema imperial, sino agentes activos de la traición, dispuestos a hipotecar la soberanía nacional a cambio de poder interno y respaldo externo. Sin esa complicidad, el imperialismo carecería de base material y política para imponerse.

La consecuencia es devastadora. Allí donde gobiernan los vendepatrias, la libertad se vacía de contenido y se transforma en mito; el pueblo es reducido a una masa “esclava y explotada”, y la democracia se degrada hasta convertirse en una cáscara formal, sin autodeterminación ni derechos efectivos. Por eso, concluye Perón, la única esperanza real de los pueblos y de la libertad reside en “la desaparición de los imperialismos y en la extinción de los entregadores”. Ese es, precisamente, el núcleo de la doctrina justicialista.


Justicialismo: una doctrina de liberación integral

La conclusión no es retórica ni declamativa: la doctrina justicialista se presenta como una propuesta concreta de liberación frente a ese escenario de dominación. Su horizonte es inequívoco. La existencia misma de los pueblos y de la libertad —escribe Perón— “tiene su única esperanza en la desaparición de los imperialismos y en la extinción de los entregadores”. No hay atajos ni compatibilidades posibles: sin soberanía, la democracia es una formalidad vacía; sin independencia, la libertad es una ficción.

Por eso, el régimen de las libertades no puede definirse desde afuera ni imponerse por modelos ajenos. En palabras de Perón, “la libertad, para que sea libertad, ha de ser la que el pueblo quiere y no la que pretenden imponerle los demás”. Toda democracia real presupone pueblos dueños de su destino, capaces de decidir por sí mismos la medida y la forma de sus derechos.

A casi siete décadas de su escritura, El mito de la libertad no es un texto del pasado, sino una radiografía incómoda del presente. Cada vez que un ajuste se presenta como libertad, cada vez que una entrega se disfraza de modernización, cada vez que una dictadura económica se proclama democrática, las palabras de Perón vuelven a interpelar con la misma vigencia. Porque mientras la libertad se exporte como “goma de mascar” —que todos mastican pero nadie traga— seguirá siendo un mito; y mientras persistan los imperialismos y sus socios internos, la democracia seguirá siendo una promesa traicionada.


“Viva la libertad, carajo”: la consigna que Perón ya había desenmascarado en 1958

Ese es el punto donde el texto de 1958 deja de ser una advertencia histórica y se vuelve una interpelación directa al presente argentino. Porque cuando hoy la palabra libertad es convertida en consigna vacía, repetida como eslogan —“Viva la libertad, carajo”— mientras se destruyen salarios, se licúan jubilaciones, se entrega soberanía económica y se gobierna por decreto, lo que vuelve a ponerse en escena es exactamente el mismo mecanismo que Perón denunció: la libertad declamada como coartada de la dominación. No la libertad del pueblo, sino la libertad del capital; no la libertad de las naciones, sino la libertad de los mercados; no la libertad como derecho colectivo, sino como privilegio de minorías.

El libertarismo contemporáneo que encarna Javier Milei no hace más que actualizar, con un lenguaje estridente y redes sociales, aquella vieja operación ideológica que Perón desmontó con precisión quirúrgica: presentar el ajuste como libertad, la entrega como modernización y la dependencia como elección racional. En nombre de una libertad abstracta —desligada del pueblo, de la soberanía y de la independencia económica— se reinstala el mismo orden que convierte a la democracia en una cáscara formal y a la sociedad en una masa disciplinada por el mercado. Por eso El mito de la libertad sigue incomodando: porque recuerda que no hay libertad posible en una nación subordinada, y que toda libertad que no nace del pueblo y no se ejerce en favor del pueblo no es libertad, sino simulación.



Prof. Walter Onorato

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