¿Cómo fue la retirada de José de San Martín del poder en el Perú? Para comprender ese momento decisivo de la historia americana es necesario adentrarse en el testimonio de Tomás Guido, uno de los hombres más cercanos y leales al Libertador y una figura clave —aunque muchas veces relegada— del proceso emancipador rioplatense y sudamericano. (1)
La retirada del general José de San Martín del Perú no fue un gesto de debilidad ni el resultado de una derrota encubierta. Fue, como lo subraya Tomás Guido, una decisión consciente tomada en el punto más alto de su autoridad militar y prestigio político. En palabras del propio Guido, San Martín se retiró “en la ocasión en que, fortalecido por sus triunfos y apoyado por la opinión de los pueblos, había conseguido afirmar su ascendiente poderoso” .
Nada lo obligaba a marcharse. Había ingresado victorioso en Lima, proclamado la independencia del Perú y contaba con un ejército disciplinado, una escuadra dominante del Pacífico y el reconocimiento formal de amplios sectores del poder local. Sin embargo, precisamente allí, cuando la fortuna parecía sonreírle, San Martín optó por apartarse. Guido se pregunta —y deja planteada la cuestión histórica— si ese acto fue producto del desaliento o, por el contrario, de una comprensión superior del proceso revolucionario.
La respuesta se va delineando a lo largo del relato. San Martín comprendía que su permanencia podía convertirse en un problema político. Guido lo expresa con claridad al señalar que el general temía que la figura del libertador, convertida en autoridad suprema, terminara desplazando la soberanía que debía ejercer el propio pueblo peruano. No se trataba de una renuncia personal, sino de una decisión estratégica y ética.
El momento clave se produce cuando San Martín se presenta ante el Congreso del Perú y se despoja voluntariamente del mando. Guido describe el gesto con sobriedad, destacando que sus palabras fueron “dignas de tan solemne ceremonia” . Allí, el general deja en claro que no aceptará continuar ejerciendo el poder político, aun cuando se lo soliciten con insistencia. Considera que su misión está cumplida y que prolongarla sería perjudicial para la revolución.
Las sucesivas comisiones enviadas por el Congreso intentan convencerlo de permanecer. San Martín escucha, agradece el reconocimiento, pero se mantiene firme. Según Guido, el general afirmó que su presencia en el poder “ya no sólo era inútil, sino perjudicial”, porque podía comprometer la estabilidad institucional del Perú y erosionar el principio republicano que debía consolidarse .
En uno de los pasajes más reveladores, San Martín expone su concepción del poder y de la guerra. Advierte que ningún jefe militar debe convertirse en árbitro permanente del destino político de una nación. Guido recoge esa idea cuando señala que el general temía que, de persistir en el mando, se viera arrastrado a un conflicto interno que transformara al ejército libertador en instrumento de facciones. Para San Martín, la independencia no justificaba cualquier medio.
El diálogo íntimo entre ambos deja ver el costo personal de la decisión. San Martín no ignora que su partida puede ser interpretada como abandono o cobardía. Sin embargo, acepta ese riesgo. Guido recuerda que el general le confiesa que prefiere retirarse antes que verse obligado a sostener la independencia “a fuerza de bayonetas” contra los propios pueblos que había venido a liberar .
No hay reproches, ni reclamos, ni lamentos. Solo agradecimiento y despedida. Guido destaca que en ese laconismo se refleja el carácter del autor: un hombre que abandona el poder sin dramatizar su sacrificio ni exigir compensaciones.
El cierre del testimonio es contundente. Para Guido, la retirada de San Martín constituye una de las decisiones políticas más elevadas de la historia americana. Se va cuando aún podía mandar, cuando su nombre imponía obediencia y respeto. No espera el desgaste ni la derrota. Se retira para no convertirse en obstáculo de la libertad que ayudó a conquistar.
Leído desde una perspectiva latinoamericana, el gesto de San Martín adquiere una dimensión aún mayor. Su renuncia en Lima no fue solo un acto republicano, sino una decisión profundamente continental: entendió que la independencia debía ser obra de los pueblos de América y no el resultado de tutelas, subordinaciones ni liderazgos personalistas, aun cuando provinieran de un libertador victorioso.
Esa concepción de Patria Grande —basada en la soberanía política, la autonomía de decisión y la negativa a reemplazar un dominio externo por otro— contrasta de manera brutal con las tradiciones liberal-conservadoras que, ayer y hoy, conciben a la región como un espacio naturalmente dependiente. En ese espejo histórico, la entrega deliberada de soberanía que encarna el actual alineamiento del gobierno de Javier Milei con los intereses de Estados Unidos aparece como la negación exacta del legado sanmartiniano: allí donde San Martín renunció al poder para no dominar, el liberalismo dependiente renuncia a la independencia para obedecer.
La Patria Grande que San Martín imaginó se construía con dignidad, autonomía y decisión política; su reverso, dos siglos después, vuelve a presentarse bajo el ropaje de la sumisión y la dependencia, como si la historia no hubiera enseñado nada.
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(1) Militar de formación, diplomático por vocación y político por necesidad histórica, Guido fue secretario, confidente y enviado de absoluta confianza de San Martín en los momentos más delicados de la revolución. Participó activamente en la organización del Ejército de los Andes, cumplió misiones diplomáticas decisivas en Chile y en el Perú y fue testigo directo de las decisiones estratégicas y éticas más trascendentes del Libertador, entre ellas su retiro voluntario de Lima en 1822. Su obra Tomás Guido: Epístolas y discursos, publicada por la Editorial Estrada en 1944, constituye una fuente de primer orden para comprender no solo los hechos, sino también el pensamiento político, el sentido del poder y la profunda concepción republicana que guiaron a San Martín en la lucha por la independencia de América del Sur.
Prof. Walter Onorato
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