Entre el federalismo interno y el centralismo continental, el viaje de Manuel Dorrego al Alto Perú revela las contradicciones de una dirigencia atrapada entre la impotencia política, la guerra con Brasil y el espejismo de Bolívar. Hoy vamos a analizar un capítulo del libro "Dorrego" de Lily Sosa de Newton: "El encuentro con Bolivar".
En la segunda mitad de la década de 1820, las Provincias Unidas del Río de la Plata atravesaban una de sus crisis más profundas. El experimento rivadaviano de organización nacional fracasa, la guerra con el Imperio del Brasil se prolonga, a pesar de todas las victorias contra los brasileros, la Banda Oriental se pierde por la ineptitud del gobierno porteño que se muestra incapaz de articular una salida que no sea la negociación humillante o la dependencia externa. En ese contexto, la figura de Manuel Dorrego aparece atravesada por una tensión que la historiadora reconstruye con precisión: la búsqueda desesperada de una solución política fuera de las fronteras.

Es aquí donde nos encontramos con el viaje de Dorrego al Alto Perú y su acercamiento a Simón Bolívar. Este no fue un episodio anecdótico ni una simple gestión diplomática. Fue, más bien, la expresión de un clima político de un momento histórico donde amplios sectores —dirigentes, periódicos y militares— comenzaron a ver en el Libertador del norte una suerte de salvador continental, capaz de resolver por la vía militar y carismática lo que la política local no lograba ordenar.
Las cartas citadas por Lily Sosa de Newton en el texto son elocuentes. Dorrego se dirige directamente a Bolívar con un tono de admiración extrema, ofreciéndose a recibir órdenes, rogándole participación y colocándolo explícitamente como posible conductor de una alianza americana contra el Brasil. No se trata solo de respeto entre militares: hay una adhesión política profunda, casi devocional, que llega a proponer que el Libertador se ponga al frente de la guerra del Río de la Plata.
Esta fascinación no es individual, no es sólo de Manuel Dorrego. En Buenos Aires existe una corriente favorable a la intervención de Bolívar, impulsada por sectores que ven agotado el camino institucional. Los periódicos claman por su llegada, mientras el gobierno se niega, temeroso de su “arrolladora política continental”. El solo hecho de que se discuta la posibilidad de entregar la conducción militar y política a un extranjero revela el grado de debilidad del Estado naciente.
El texto subraya una paradoja que incomoda: Dorrego, defensor del federalismo en la política nacional y crítico de los abusos de poder, acepta sin demasiados reparos el centralismo continental que encarna Bolívar. El proyecto bolivariano de una federación de Estados americanos bajo una autoridad fuerte —casi monárquica en algunos pasajes— choca al parecer con los principios que Dorrego defiende puertas adentro. De esta manera la autora presenta una gran contradicción: federalismo interno, centralismo externo.
Una contradicción que no es para nada menor. Muestra hasta qué punto la crisis empuja a dirigentes lúcidos a relativizar sus propias convicciones cuando la supervivencia política parece estar en juego. El federal que combate el centralismo porteño se muestra dispuesto a someterse al liderazgo indiscutido de un caudillo continental. Esta es la tesis de la autora.
Pero hay un trasfondo inmediato en este episodio que debemos considerar como de suma importancia. Es la presidencia de Bernardino Rivadavia y su política exterior frente a la guerra con Brasil. Dorrego critica con dureza al gobierno central, al mando militar y a la diplomacia porteña, acusándolos de lentitud, ineptitud y claudicación. Dorrego, héroe de muchas batallas, conocedor de dar la vida por un ideal, comprende a la perfección que la idea de “comprar” la independencia de la Banda Oriental antes que derrotar al Imperio es una traición al proyecto nacional, una traición a la patria.
En ese escenario, Bolívar aparece ante Dorrego como la antítesis absoluta del poder porteño encarnado por Rivadavia. Frente a un gobierno que vacila, demora decisiones y confía la resolución del conflicto con el Brasil a la diplomacia inglesa o a negociaciones que rozan la claudicación, Bolívar representa la acción directa, la guerra como instrumento legítimo de la política y la voluntad de llevar los conflictos hasta sus últimas consecuencias.
Mientras el círculo ministerial porteño discute la conveniencia de “comprar” la independencia de la Banda Oriental, Dorrego observa en el Libertador al único jefe capaz de imponer una solución militar continental, de enfrentar al Imperio brasileño sin concesiones y de expulsar del suelo americano a todo poder extranjero. No es solo una diferencia de estilos: es una oposición de proyectos. Allí donde Rivadavia encarna la prudencia inmóvil, el legalismo sin fuerza y la dependencia diplomática, Bolívar simboliza el mando personal, la centralización del poder y la decisión de conducir la guerra como una empresa política total. Esa contraposición explica el magnetismo que ejerce sobre Dorrego, quien llega a concebirlo como el “padre de la guerra” y el único capaz de ponerse al frente de una alianza americana, aun al precio de aceptar un liderazgo externo que contradice sus propias convicciones federales.
“Todos claman porque V. E. se ponga al frente de la guerra por medio de una alianza americana (…) exceptuando el pequeño círculo ministerial, que llega al término de preferir comprar la independencia de la Banda Oriental por algunos millones, a que la arranque del poder de un déspota la espada vencedora en Carabobo y Boyacá, a que expela del suelo americano el brazo de V. E. al único déspota que lo está infamando.” Manuel Dorrego
Dorrego emprende su viaje con un objetivo político preciso: entrevistarse personalmente con Simón Bolívar en el Alto Perú y comprometerlo en una salida continental al conflicto del Río de la Plata. No se trata de una curiosidad ni de un gesto simbólico. Las cartas que envía al Libertador expresan una expectativa concreta de conducción política y militar: Dorrego le propone ponerse al frente de una alianza americana, asumir el mando de la guerra contra el Imperio del Brasil y dar a la crisis rioplatense una solución que desborde los estrechos márgenes de la política porteña. En su horizonte, el encuentro no es solo diplomático, sino fundacional: la posibilidad de articular un proyecto federal americano capaz de enfrentar a los imperios y de reordenar el mapa político de la región.
Sin embargo, el encuentro nunca se produce. El texto es categórico al señalar que Bolívar no podía decidir por sí solo una guerra continental, ya que dependía de los acuerdos políticos de Colombia y del Perú y de un delicado equilibrio diplomático. La relación queda así confinada al plano epistolar y a la proyección política, sin traducirse en una alianza efectiva. Esta ausencia no es un dato menor: revela los límites reales del liderazgo bolivariano y, al mismo tiempo, expone el carácter ilusorio de la apuesta de Dorrego. La Patria Grande que imagina no fracasa por falta de convicción, sino porque no puede construirse a partir de voluntades individuales sin una base política nacional y regional que la sostenga.
Uno de los aportes más interesantes del texto de Lily Sosa de Newton es que desmitifica el viaje. No se trata solo de una misión política o ideológica. Hay un negocio minero en juego, alentado por las políticas económicas del propio rivadavianismo y por la llegada de capitales ingleses (val aclarar que Dorregono viaja como representante de esos capitales). Dorrego necesita recursos, vende su campo, se asocia con inversores y busca una salida económica a una vida marcada por guerras, revoluciones y precariedad. Este dato no degrada a Dorrego: lo humaniza. Muestra a un dirigente que combina idealismo, necesidad material y cálculo político. El viaje es, al mismo tiempo, una apuesta personal y una maniobra pública.
El desenlace es previsible, pero no por eso menos significativo. Ni Dorrego ni los enviados argentinos logran la ansiada colaboración. Bolívar no puede —o no quiere— decidir una guerra continental contra el Imperio del Brasil, y la ilusión del “mesías” comienza a desvanecerse frente a los límites reales del poder político. El propio texto lo explicita con crudeza cuando señala que “Bolívar no podía por sí solo decidir una guerra continental; necesitaba del acuerdo de Colombia y del Perú, y la política americana no se resolvía por la sola voluntad de un hombre”. La constatación es decisiva: el liderazgo carismático tiene fronteras concretas, incluso para quien encarna la gesta emancipadora. De este modo, el texto deja bien en claro que la apuesta bolivariana fracasa no solo por factores externos, sino porque no puede sustituir la ausencia de una política nacional coherente y propia. Ningún líder extranjero —por más prestigio y poder simbólico que posea— puede reemplazar lo que no existe puertas adentro: un proyecto político capaz de sostener la soberanía sin delegarla.
El retrato final es el de un Dorrego impulsivo y apasionado, políticamente aislado, pero lejos de ser un dirigente menor o extraviado. Su diagnóstico sobre la crisis de las Provincias Unidas es, en muchos aspectos, más lúcido que el de sus contemporáneos. Cuando recurre a Bolívar no lo hace para abdicar del federalismo ni para buscar una tutela extranjera, sino porque concibe la posibilidad de ampliar el principio federal más allá de las fronteras rioplatenses, proyectándolo a escala americana. Su adhesión al Libertador expresa la idea —todavía embrionaria pero políticamente audaz— de una federación continental, una Patria Grande capaz de enfrentar a los imperios y de romper el aislamiento de los Estados débiles.
En ese sentido, la llamada “pasión bolivarista” no es una traición al federalismo local, sino su radicalización: el intento de llevar la lógica federal desde las provincias al conjunto de América. El error de Dorrego no reside en pensar en grande, sino en creer que esa construcción podía resolverse por la gravitación de una figura providencial y no por la edificación previa de un proyecto político propio. El episodio anticipa así una tensión recurrente de la historia argentina: la distancia entre la ambición continental y la fragilidad de las bases nacionales que deberían sostenerla.
Prof. Walter Onorato
Facebook - Instagram - Twitter - Threads
📌 Si es de tu interés, apoyame con un Cafecito para seguir generando contenido de valor, con análisis crítico, utilizando la historia como herramienta de comprensión, con una mirada documentada sobre los fenómenos políticos y sociales de nuestro tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario