Del esquema Ponzi al Criptogate: un siglo de estafas, del fraude postal al negocio digital - HISTORIANDOLA

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Del esquema Ponzi al Criptogate: un siglo de estafas, del fraude postal al negocio digital

De Boston en 1920 a las estafas financieras del siglo XXI: por qué el engaño sigue funcionando




Prometía ganancias extraordinarias en tiempo récord, vestía como un aristócrata y hablaba con la seguridad de quien parece saber algo que los demás ignoran. Charles Ponzi no solo estafó a miles de personas en Estados Unidos: creó un modelo de fraude que, un siglo después, sigue replicándose con otros nombres, nuevas tecnologías y el mismo resultado.

La historia de Charles Ponzi comienza como tantas otras en la América de principios del siglo XX: un joven inmigrante europeo que llega a Estados Unidos cargado de expectativas y se encuentra con una realidad mucho menos generosa. Desembarcó en Boston en 1903, a los 21 años, convencido de que el llamado sueño americano era una promesa alcanzable. No lo fue. Durante años encadenó trabajos precarios, mal pagos y sin perspectivas, muy lejos de la prosperidad que imaginaba al cruzar el Atlántico.

Sobrevivió como friegaplatos, camarero, vendedor ambulante y jornalero. Más tarde probó suerte en Canadá, donde consiguió empleo en un banco que terminaría quebrando por una práctica tan simple como fraudulenta: pagar intereses a los viejos clientes con el dinero de los nuevos. Tras la caída de la entidad, Ponzi fue acusado de intentar cobrar un cheque falsificado y pasó tres años en prisión. Apenas recuperó la libertad volvió a ser detenido, esta vez por tráfico ilegal de inmigrantes, y sumó otros dos años tras las rejas. Aquella experiencia no lo disuadió: lo entrenó.

Cuando regresó definitivamente a Estados Unidos en 1912, ya no era solo un inmigrante frustrado. Había aprendido cómo funciona la credulidad ajena y cómo se explotan las grietas del sistema. En 1917 volvió a Boston, catorce años después de su llegada inicial, sin fortuna, sin prestigio y con antecedentes penales. Fue entonces cuando decidió que no volvería a trabajar para otros.

Tras el fracaso de varios proyectos editoriales, creyó haber encontrado la idea perfecta: el negocio de los cupones de respuesta internacional. El mecanismo parecía sofisticado. Esos cupones se compraban en países con monedas débiles y se canjeaban en Estados Unidos por sellos postales de mayor valor. Sobre el papel, la ganancia era evidente. En la práctica, el volumen de cupones disponibles hacía imposible sostener el negocio a gran escala. Pero ese detalle nunca fue un obstáculo.

Convencido de que era más fácil conseguir pequeñas sumas de muchas personas que grandes montos de unos pocos inversores, fundó la Securities Exchange Company. No tenía socios, no tenía estructura real y no tenía actividad productiva. Tenía, eso sí, una promesa irresistible: devolver el doble del dinero invertido en apenas 45 o 60 días. El sistema funcionaba pagando a los primeros con el dinero de los que llegaban después. Cada pago era una demostración de “seriedad”, cada inversor satisfecho se convertía en promotor.

A comienzos de 1920 el esquema explotó. Miles de personas, desde trabajadores hasta pequeños comerciantes, confiaron en Ponzi. En pocos meses más de 30.000 inversores habían entregado cerca de 15 millones de dólares. Ponzi vivía como un magnate: mansión, autos de lujo, trajes caros, restaurantes exclusivos y una vida social que lo mostraba como el inmigrante exitoso que había descifrado el secreto del progreso.

El derrumbe fue tan rápido como el ascenso. El 26 de julio de 1920, un artículo del Boston Post reveló lo evidente: en todo Estados Unidos había apenas unos 27.000 cupones de respuesta internacional disponibles, cuando el esquema de Ponzi necesitaba más de 160 millones para cumplir sus promesas. En realidad, hacía tiempo que no compraba cupones y la empresa se sostenía únicamente con el ingreso de nuevos inversores.

Las autoridades revisaron los libros contables y encontraron un agujero millonario. El entusiasmo se transformó en pánico. Las colas frente a la oficina continuaron, pero ahora para retirar el dinero. La mayoría no lo logró. Quienes conservaron algún pagaré recuperaron apenas treinta centavos por cada dólar invertido. Varios bancos quebraron y el escándalo sacudió a toda la ciudad. Ponzi fue arrestado y condenado por fraude postal. Aceptó declararse culpable para reducir su pena. Tras cumplirla, volvió a estafar, volvió a ser juzgado y terminó deportado. Murió en Río de Janeiro en 1949, enfermo y olvidado, con apenas 75 dólares para pagar su entierro.

Su nombre, sin embargo, no murió con él. Desde entonces, el “esquema Ponzi” define un tipo de estafa que se repite bajo distintas formas. Cambian los instrumentos —acciones, inmuebles, criptomonedas— pero la lógica es idéntica: promesas extraordinarias, opacidad, flujo constante de nuevos aportantes y un colapso inevitable cuando la rueda deja de girar.

Más de un siglo después, ese mecanismo no solo sigue vigente: se perfeccionó, se digitalizó y encontró un nuevo ecosistema de expansión en las redes sociales. En la Argentina de los últimos años, los paralelismos son imposibles de ignorar. El caso de Generación Zoe mostró cómo el viejo fraude puede reciclarse con discursos de autosuperación, espiritualidad empresarial y promesas de rentabilidad imposible. Miles de personas entregaron sus ahorros convencidas de que participaban de una comunidad innovadora, cuando en realidad financiaban una pirámide clásica.

El fenómeno escaló aún más cuando el escándalo de la criptomoneda LIBRA involucró de manera directa al presidente Javier Milei. La promoción pública del token, seguida de un derrumbe abrupto de su valor, dejó pérdidas millonarias para miles de pequeños inversores y abrió una discusión que va más allá de lo judicial. Cuando el poder político legitima o amplifica esquemas financieros opacos, la frontera entre innovación y estafa se vuelve peligrosamente difusa.

A esto se suma una figura cada vez más presente: los influencers financieros, los vendedores de cursos milagro, trading “con inteligencia artificial” y fórmulas mágicas para escapar del salario. Con estética aspiracional y lenguaje motivacional, funcionan como vendedores modernos de espejitos de colores. No prometen explícitamente duplicar el dinero en semanas, pero sugieren que quien pierde es porque no se esforzó lo suficiente, desplazando la estafa del plano económico al moral.

Charles Ponzi también construyó un personaje, una épica individual y una coartada ideológica. Cuando todo colapsó, la culpa nunca fue del sistema, sino de quienes “no supieron salir a tiempo”. Exactamente el mismo argumento que hoy reaparece tras cada derrumbe financiero disfrazado de oportunidad.

La persistencia de estas estafas demuestra que el problema no es solo la falta de controles, sino una cultura que glorifica la ganancia rápida, desprecia la regulación y naturaliza que siempre haya perdedores. Ponzi murió hace décadas, pero su método sigue vivo porque sigue siendo funcional a un modelo que convierte la ilusión en mercancía y el engaño en negocio.


Prof. Walter Onorato

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