Traición a la Patria: El bombardeo a Río Colorado - HISTORIANDOLA

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Traición a la Patria: El bombardeo a Río Colorado

Mientras la historia oficial fija su lente en Buenos Aires, el interior guarda las marcas de una violencia silenciada: entre el 17 y el 19 de septiembre de 1955... ¿Sabías que aviones argentinos atacaron Río Colorado para frenar tropas leales al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón?


La narrativa dominante sobre 1955 repite siempre una escena central: la Plaza de Mayo bombardeada, el horror en el corazón de la capital, la postal que condensa el drama nacional. Obviamente por su magnitud criminal pero esa insistencia, concreta inconscientemente una operación de invisibilización. El centralismo porteño no solo ordena la política y la economía: también jerarquiza qué violencias merecen memoria y cuáles quedan relegadas al olvido. Mientras Buenos Aires ocupa el centro del relato, el interior aparece como una periferia sin historia propia, incluso cuando fue escenario directo de ataques militares. Duele remarcarlo pero es necesario hacerlo.

El tema que tomé hoy es recordar que la ciudad de Río Colorado desmiente esa versión recortada. Allí, en la provincia de Río Negro, entre el 17 y el 19 de septiembre de 1955, se desplegó una ofensiva aérea que no tuvo nada de marginal. Fue parte de la misma lógica golpista y asesina que días antes había descargado bombas sobre civiles en la capital, pero con un agravante: ocurrió lejos de las cámaras, sin grandes titulares, sin el registro sistemático que sí tuvieron los hechos en Buenos Aires. Lo que no se mostró, simplemente, dejó de existir para el relato oficial. Pero que debidamente guardada en en la memoria de la población.

Los hechos son claros, no hay nada confuso. Aviones de las fuerzas sublevadas atacaron de manera sostenida objetivos estratégicos: el puente ferroviario, la estación, formaciones con combustible. El propósito era impedir el avance de tropas leales al presidente que se movilizaban desde el sur para sostener al gobierno constitucional. No fue un error ni improvisación. Fue una planificación y decisión política que nunca fue juzgada por la justicia.

Pero lo que la historia tradicional evita subrayar es la dimensión de esa decisión: militares traidores a la patria que en algún momento de haber sido juzgados fueron merecedores de la peor condena del código sanmartiniano, el fusilamiento. Bombardear territorio nacional para garantizar el éxito de un golpe de Estado se inscribe en los actos más cobardes de nuestra historia. En nombre de una falsa “restauración institucional”, los golpistas eligieron destruir infraestructura nacional y someter a una población civil al terror aéreo. Río Colorado, en esos días, no fue un punto en el mapa: fue un campo de experimentación de la violencia interna

Durante tres jornadas consecutivas, el pueblo vivió bajo amenaza constante. Las explosiones, el ruido de los aviones en picada, la incertidumbre de cada sobrevuelo. El resultado fue inmediato: pánico, éxodo, familias enteras abandonando sus casas ante la imposibilidad de distinguir entre objetivos militares y zonas habitadas. La guerra había llegado, pero no desde una potencia extranjera, sino desde las propias Fuerzas Armadas.

Las fuentes coinciden en un punto, 
los ataques del 18 de septiembre participaron escuadrillas de seis aviones North American que realizaron bombardeos en picada sobre la zona ferroviaria. Pprobablemente estos aviones sean los AT-6 Texan que eran empleados tanto para entrenamiento como para ataque liviano.

Además, otros registros generales del golpe de 1955 muestran que este tipo de operaciones aéreas combinaban aeronaves de la Aviación Naval y sectores de la Fuerza Aérea, lo que refuerza la idea de una acción coordinada y no improvisada. Los militares han sido cuidadosos de dar detalles pero todo hace suponer que dichos aviones habían despegado de Bahía Blanca y Punta Alta.

Hubieron víctimas en estos bombardeos, al menos tres militares leales muertos de los cuales no hay registros públicos consolidados que permita  identificarlos con nombre y apellido. Evidentemente los traidores "triunfadores" una vez en el poder borraron toda evidencia, no quedaron partes ni informes que den testimonio de los enfrentamientos. 

Los héroes en el anonimato pero en el corazón del pueblo, son apenas una cifra dentro de un cuadro más amplio: el de un aparato militar que decidió romper el orden constitucional utilizando la violencia contra su propio país. 

Mientras tanto, el gobierno de Juan Domingo Perón, con todas sus tensiones y disputas, seguía siendo la expresión de una legalidad vigente. Las tropas que intentaban avanzar desde el sur, precisamente de Neuquén, no eran insurgentes, sino fuerzas que respondían a ese orden constitucional. La operación en Río Colorado, entonces, no solo buscaba cortar un traslado militar: buscaba impedir que la legalidad se defendiera.

La pregunta emerge sola: ¿qué tipo de “liberación” necesita bombardear su propio territorio para imponerse?

La respuesta se construye en el silencio posterior. Porque Río Colorado no ocupa el lugar que debería en la memoria colectiva. No hay imágenes icónicas, no hay grandes conmemoraciones, no hay discursos oficiales que lo rescaten con la misma intensidad que otros episodios. Hay, en cambio, un vacío. Un vacío que no es casual, sino funcional a una lectura que reduce el golpe de 1955 a un episodio casi quirúrgico, concentrado en los centros de poder.

Pero cuando se corre el velo, lo que aparece es otra cosa: una trama de violencia extendida, de ataques coordinados, de decisiones que implicaron someter a poblaciones enteras en nombre de una causa política. Río Colorado es una de esas piezas escondidas porque amplían el cuadro vergonzoso de las Fuerzas Militares como traidoras a la República Argentina

Recordarlo es, en definitiva, disputar sentido. Es señalar que los “libertadores” no solo actuaron en la Plaza de Mayo, sino también en los márgenes que el centralismo eligió ignorar. Es reconocer que la violencia del golpe no fue un estallido puntual, sino una práctica desplegada sobre el territorio nacional.

Y es, sobre todo, restituir una evidencia que incomoda: que mientras un gobierno constitucional como el de Juan Domingo Perón era atacado, quienes decían venir a salvar la República no dudaron en bombardearla. Incluso —y especialmente— allí donde sabían que nadie estaba mirando.

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