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La batalla de Córdoba durante el golpe contra Perón

Entre cuarteles sublevados, civiles armados y edificios sitiados, la capital cordobesa fue escenario de una guerra interna que desmiente el mito del “golpe limpio”







El 16 de septiembre de 1955, mientras el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón comenzaba a tambalear, la ciudad de Córdoba dejaba de ser una postal del interior para convertirse en un territorio en disputa. No fue un levantamiento ordenado ni una simple asonada militar: fue una batalla urbana, con tiroteos en las calles, artillería apuntando a edificios públicos y civiles armados ocupando posiciones estratégicas.

Desde las primeras horas, la sublevación encabezada por Eduardo Lonardi encontró en Córdoba el terreno ideal para desplegar una ofensiva que combinó disciplina castrense con desborde civil. La toma de la Escuela de Artillería no fue solo un movimiento táctico: fue el disparo inicial de una confrontación que pronto se expandiría por toda la ciudad.


La ciudad se militariza: del cuartel a la calle

El enfrentamiento comenzó como una disputa interna dentro del Ejército, pero rápidamente se desbordó. Las fuerzas leales intentaron contener la rebelión desde la Escuela de Infantería, mientras los sublevados consolidaban posiciones en distintos puntos estratégicos. El fuego cruzado entre unidades militares no quedó confinado a los cuarteles: se trasladó al corazón urbano.

Las calles del centro cordobés se poblaron de barricadas improvisadas, patrullas armadas y vehículos militares. En torno al Cabildo, símbolo histórico de la ciudad, se registraron intensos tiroteos. La imagen de una ciudad atravesada por disparos y explosiones contrastaba brutalmente con el relato posterior que intentó presentar el golpe como una transición ordenada.

En barrios como Alta Córdoba, la cercanía con las líneas ferroviarias convirtió la zona en un punto clave. Allí, el control del transporte significaba la posibilidad de recibir refuerzos o aislar al enemigo. Los combates fueron sostenidos, con intercambios de fuego que se prolongaron durante horas y dejaron en evidencia que el desenlace estaba lejos de ser inevitable.



Edificios sitiados y poder en disputa

Uno de los focos más críticos fue la Jefatura de Policía, que permaneció leal al gobierno. Su resistencia la transformó en un objetivo prioritario para los rebeldes. Durante horas, el edificio fue rodeado, atacado y finalmente tomado. No se trató solo de una victoria militar: fue la caída de uno de los últimos bastiones institucionales en la ciudad.

Durante los combates de septiembre, la Jefatura de Policía de Córdoba se convirtió en uno de los principales núcleos de resistencia al levantamiento contra el gobierno de Juan Domingo Perón. A diferencia de sectores del Ejército que se plegaron rápidamente a la sublevación encabezada por Eduardo Lonardi, la policía provincial mantuvo su alineamiento con las autoridades constitucionales.

Desde allí se intentó sostener el control institucional del territorio urbano: la policía operaba como fuerza de seguridad, pero también como último resguardo del orden constitucional en Córdoba. Su sola existencia en manos leales impedía a los sublevados declarar el control total de la ciudad.

Por eso fue rodeada. Por eso fue atacada. Durante horas, la Jefatura funcionó como un enclave sitiado en medio de una ciudad que ya no respondía a una única autoridad. El intercambio de disparos no fue esporádico: fue parte de una ofensiva sistemática destinada a quebrar ese núcleo de resistencia.

El aislamiento fue decisivo. Con las radios tomadas, las calles controladas parcialmente por los rebeldes y sin coordinación efectiva con unidades militares leales, la Jefatura quedó sola. las radios se convirtieron en un botín estratégico. La toma de emisoras permitió a los sublevados construir un relato en tiempo real, emitir proclamas y convocar apoyos. La guerra no se libraba únicamente con armas: también se disputaba en el terreno simbólico, donde la información era tan decisiva como la artillería.

Su caída no fue solo una derrota táctica: fue la señal de que el poder estatal había dejado de existir, en los hechos, dentro de la ciudad. A partir de ese momento, el control insurgente dejó de ser una aspiración para convertirse en una realidad concreta.




Terroristas en armas: la frontera difusa de la violencia

Uno de los rasgos más inquietantes de los combates en Córdoba fue la participación activa de civiles terroristas. No se trató de espectadores pasivos atrapados en el fuego cruzado, sino de actores que, organizados en comandos, ocuparon edificios, colaboraron con las fuerzas sublevadas y en algunos casos participaron directamente en los enfrentamientos.

La ciudad quedó así partida en múltiples dimensiones: militar, política y social. Sectores estudiantiles, grupos católicos y opositores al peronismo se sumaron a la rebelión, diluyendo la frontera entre combatientes y población civil. La violencia dejó de ser patrimonio exclusivo de los cuarteles para instalarse en la vida cotidiana.



Días decisivos: una guerra breve pero intensa

Entre el 16 y el 19 de septiembre, Córdoba vivió sus jornadas más críticas. Los combates no daban un resultado claro. Las fuerzas leales intentaban recuperar posiciones mientras los sublevados resistían y consolidaban su control territorial. Durante ese lapso, la ciudad funcionó como un laboratorio de guerra interna, donde cada edificio, cada calle y cada estación podían definir el curso de los acontecimientos.

La situación comenzó a inclinarse cuando el levantamiento logró sostenerse el tiempo suficiente para articular apoyos en otras regiones y, especialmente, cuando la Marina intensificó su intervención a nivel nacional. Pero en Córdoba, el desenlace no fue producto de una victoria rápida, sino de un equilibrio frágil que terminó rompiéndose.


El final incómodo: una base militante movilizada, pero desarmada

Mientras los combates definían el control territorial, en los márgenes de esa guerra urbana se desplegaba otra escena, menos visible pero igual de decisiva: la de los trabajadores peronistas que intentaron reaccionar frente al levantamiento. En barrios obreros y zonas ferroviarias hubo intentos de movilización en defensa del gobierno de Juan Domingo Perón, expresiones de lealtad que buscaban transformarse en acción.

Pero esa energía social chocó contra un límite infranqueable. Sin armas, sin coordinación y sin una conducción que organizara la respuesta, esos sectores quedaron expuestos frente a un aparato militar en rebelión que sí contaba con logística, mando y capacidad de fuego. Hubo tensiones, detenciones, episodios de violencia aislada. Pero no hubo posibilidad real de revertir el escenario.

La caída de la Jefatura de Policía, la toma de las radios y el control progresivo de la ciudad terminaron de sellar ese destino: la base social que había sostenido al peronismo aparecía, en el momento decisivo, movilizada pero impotente.



El mito del golpe incruento

Lo ocurrido en Córdoba desarma una de las construcciones más persistentes sobre el golpe de 1955: la idea de una caída ordenada, casi administrativa, del gobierno de Perón. La evidencia de combates urbanos, enfrentamientos entre fuerzas del propio Estado y participación civil armada revela una realidad mucho más incómoda.

La ciudad no fue un escenario secundario, sino el corazón de una insurrección que solo pudo avanzar a través de la violencia. Hubo disparos en las calles, edificios sitiados, instituciones tomadas por la fuerza y una población atravesada por la lógica de la guerra.

En ese septiembre, Córdoba dejó de ser simplemente una ciudad para convertirse en el campo de batalla donde se decidió, a sangre y fuego, el destino de un gobierno constitucional. Y en esa transformación, quedó al descubierto que los golpes de Estado, incluso cuando se los reviste de épica o justificación moral, siempre llevan consigo una marca indeleble: la violencia como condición de posibilidad.



📚 Bibliografía
  • Rouquié, Alain. Poder militar y sociedad política en la Argentina. Buenos Aires: Emecé.
  • Luna, Félix. Perón y su tiempo. Buenos Aires: Sudamericana.
  • Halperín Donghi, Tulio. La larga agonía de la Argentina peronista. Buenos Aires: Ariel.
  • Gambini, Hugo. Historia del peronismo. Buenos Aires: Planeta.
  • SciELO. Artículos académicos sobre conflictividad política, movilización civil y relaciones Iglesia-Estado en la Argentina de 1955.
  • Revolución Libertadora. Material de divulgación histórica y reconstrucciones generales del período.

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