La derrota de Rosas y la entrada de ejércitos extranjeros a la ciudad
La Batalla de Caseros, librada el 3 de febrero de 1852, suele ser presentada como el punto final del gobierno de Juan Manuel de Rosas y el inicio de una etapa de organización nacional. Sin embargo, esa versión prolija y celebratoria elude un hecho decisivo: la derrota de Rosas no concluyó con la batalla, sino que se consolidó con la ocupación de la ciudad de Buenos Aires por ejércitos extranjeros, en particular tropas del Imperio del Brasil y contingentes orientales, que ingresaron como fuerza vencedora y fueron recibidos y legitimados por la élite porteña.
El llamado Ejército Grande, comandado por Justo José de Urquiza, no fue una fuerza exclusivamente argentina. Su sostén material y político estuvo garantizado por el Brasil, que aportó financiamiento, armamento, logística y tropas regulares. El objetivo del Imperio era claro: eliminar a un gobierno que había resistido durante años su influencia en el Río de la Plata y había sostenido una política de soberanía incómoda para los intereses regionales y comerciales. A esta alianza se sumaron fuerzas del Uruguay, surgidas de la Guerra Grande y estrechamente alineadas con Brasil.
Derrotado Rosas y disuelto el poder militar que lo sostenía, Buenos Aires quedó indefensa. No hubo resistencia organizada. En ese contexto, las tropas brasileñas cruzaron el Riachuelo e ingresaron a Buenos Aires armadas, uniformadas y en formación. No entraron en silencio ni de manera discreta. Ingresaron como ejército triunfante, ocuparon puntos estratégicos, patrullaron la ciudad y, de manera deliberada, desfilaron por sus calles.
Ese desfile no fue un detalle menor ni un exceso militar. Fue un acto político cuidadosamente construido, una puesta en escena destinada a dejar un mensaje inequívoco: el poder había cambiado de manos y estaba respaldado por fuerzas extranjeras. La oligarquía porteña, históricamente enfrentada a Rosas por el control de la Aduana, por su alianza con los sectores populares y por su resistencia a la injerencia externa, no vivió la entrada de esas tropas como una invasión, sino como una liberación del orden social que buscaba restaurar.
Para los comerciantes del puerto, los grandes estancieros, los financistas y los viejos unitarios, el ejército brasileño no era un enemigo, sino el garante armado del nuevo equilibrio político y económico. La presencia de oficiales imperiales en actos públicos, reuniones políticas y recepciones fue aceptada con naturalidad, cuando no celebrada. La bandera importaba menos que la función: asegurar el nuevo orden, disciplinar a los sectores populares y eliminar cualquier resto de resistencia rosista.
Las fuerzas orientales cumplieron un rol complementario. Con experiencia en guerra urbana, participaron activamente en el control territorial y en las tareas represivas posteriores. Para la elite local, no había diferencia sustancial entre brasileños y orientales: eran instrumentos eficaces para imponer autoridad en una ciudad atravesada por el caos y la revancha.
Mientras en los salones porteños se celebraba el fin del rosismo, en los barrios populares la escena se vivía como una humillación nacional. Por primera vez desde la independencia, ejércitos extranjeros marchaban por Buenos Aires sin resistencia. La derrota no era solo política: era simbólica.
Lejos de traer paz, los días posteriores a Caseros estuvieron marcados por una violencia desatada. Saqueos generalizados, persecuciones políticas y ejecuciones sumarias se multiplicaron en una ciudad sin autoridad legítima clara. Comercios y viviendas vinculadas al rosismo fueron atacados, y el clima de revancha se transformó rápidamente en terror social. El testimonio de Juan Manuel Beruti, en sus Memorias Curiosas, resulta contundente: relata cómo las nuevas autoridades habilitaron a civiles armados a patrullar la ciudad y fusilar en el acto a quienes fueran considerados ladrones, una práctica que derivó en más de seiscientas muertes en pocos días. No fue justicia ni restauración del orden, sino una represión brutal sin proceso ni garantías.
Este aspecto central de Caseros fue luego cuidadosamente silenciado. La historiografía liberal prefirió hablar de organización nacional y fin de la tiranía, evitando profundizar en un dato incómodo: el nuevo orden político nació bajo la ocupación militar extranjera de la capital y con el aplauso explícito de la clase dominante porteña. El desfile, las recepciones y la convivencia cordial entre la elite local y los oficiales imperiales desaparecieron del relato escolar, reemplazados por una épica limpia y despolitizada.
Caseros no fue solo una batalla ni un cambio de gobierno. Fue una derrota militar seguida de una ocupación, con costos humanos, simbólicos y políticos profundos. La entrada del ejército brasileño y uruguayo a Buenos Aires no fue un episodio secundario, sino la condición material que permitió imponer un nuevo orden que luego sería presentado como el triunfo de la civilización. Leída sin maquillaje, la historia muestra a una clase dominante dispuesta a aplaudir ejércitos extranjeros con tal de recuperar el control del poder, una advertencia que atraviesa el siglo XIX y sigue resonando en el presente.
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