Los edificios de Gargantini en La Paternal revelan el corazón logístico del vino argentino durante el peronismo y cómo un modelo industrial fue desmantelado hasta quedar en ruinas.
Para entender su dimensión hay que retroceder a un momento en el que La Paternal no era el barrio consolidado que hoy conocemos, sino una periferia en formación atravesada por el hierro y el vapor. La llegada del tren a fines del siglo XIX no fue un simple avance técnico: fue el acto fundacional de un circuito productivo que conectaba directamente a Buenos Aires con la región de Cuyo.
Ese vínculo ferroviario convirtió al barrio en un nodo estratégico. Desde Mendoza y San Juan llegaban vagones cargados de vino a granel, que eran descargados, almacenados, fraccionados y redistribuidos en la ciudad. Se podría decir que llegó a ser una logística de vanguardia, estos edificios contaban con desvíos ferroviarios propios que permitían que los vagones tanque entraran directamente a la planta. La escena se repetía con una regularidad casi industrial: toneles, damajuanas, obreros, y una logística que hoy parece imposible de imaginar en una ciudad que hoy se encuentra dominada casi exclusivamente por la especulación inmobiliaria.
En ese entramado industrial aparece la figura de Bautista Gargantini. Un inmigrante europeo, empresario y símbolo de una generación que construyó imperios productivos desde cero, su nombre quedó asociado a una de las mayores experiencias vitivinícolas del país. Su empresa —que llegó a producir decenas de millones de litros anuales— no era solo una bodega: era un sistema integrado que combinaba producción, distribución y organización social del trabajo.
Los edificios que levantó dicho empresario en el barrio de La Paternal no eran meramente ornamentales. Eran funcionales a ese circuito. Grandes estructuras industriales, alineadas estratégicamente con las vías del San Martín, que permitían recibir el vino directamente desde los vagones tanque y canalizarlo hacia el consumo urbano. Un detalle que se observa a simple vista, el edificio de Gargantini se destaca por su arquitectura funcionalista e industrial, con un detalle característico, una gran estructura de hormigón y ladrillo visto que fue diseñada para albergar enormes tanques de almacenamiento.
El sistema era de una modernidad asombrosa para la época ya que el vino era descargado mediante "vinoductos" (tuberías aéreas o subterráneas) que enviaban desde el tren hacia el imponente edificio donde el vino era fraccionado y distribuido en camiones a todos los almacenes de la ciudad, eliminando de esta manera intermediarios, reduciendo costos, maximizando las ganancias del empresario y beneficiando al consumidor final. En términos concretos era la traducción arquitectónica de un modelo económico basado en la producción nacional y el mercado interno.
Ese modelo alcanzó su punto máximo durante el proceso industrialista impulsado por Juan Domingo Perón. No por casualidad. El peronismo no inventó la industria vitivinícola, obviamente, pero sí la integró a una lógica de desarrollo planificada donde el consumo popular era el verdadero motor y no una mera consecuencia. No era una casualidad, era un plan económico a largo plazo.
Durante las décadas de 1950 y 1960, el consumo de vino en Argentina llegó a niveles históricos, alcanzando cifras cercanas a los 90 litros per cápita anuales. No se trataba de un dato cultural, sino económico: el vino ahora pasó a ser parte de la mesa cotidiana de la clase trabajadora y dejó de ser una exclusividad para pocos. Ahora su circulación estaba garantizada por un sistema logístico donde el ferrocarril cumplía un rol central que como dijimos anteriormente abarataba su precio final.
Los edificios de Gargantini en La Paternal eran, en ese sentido, engranajes de una maquinaria mucho más grande. Porque en este barrio se condensaban las tres dimensiones claves del proyecto peronista: la producción nacional, el transporte estatal o regulado y el consumo masivo.
De esta manera La Paternal se transformó en un barrio obrero vibrante, donde la vida giraba en torno al silbato de la fábrica y el paso constante del tren. De esta época de oro para el barrio hay muchos ejemplos que iremos viendo en otros artículos.
Esta estructura de pais en vías de desarrollo sufrió el paso de la Revolución fusiladora que a sangre y fuego cambió el contexto político-económico argentino. El sistema que permitió ese auge a esta industria fue progresivamente desarticulado. La desindustrialización, el abandono de los ferrocarriles y la implementación de modelos económicos orientados a la exportación o la especulación terminaron por vaciar de sentido esos espacios.
Lo que quedó fue el esqueleto que hoy tenemos como monumento a una época que supo ser única en nuestra historia.
Hoy, esos edificios sobreviven como piezas incómodas dentro del paisaje urbano. En la nota de ayer repasamos la historia del edificio de PROVITA ubicado en las cercanías de la Estación Liniers. Son estructuras gigantescas que no encajan en el relato de una ciudad “moderna” porque recuerdan justamente que alguna vez hubo otra tipo de modernidad: la del trabajo, la producción y la integración territorial. No son ruinas románticas, sino evidencias materiales de un modelo económico pro-industrial que buscaba la soberanía política y la independencia económica.
Han conseguido poder borrar físicamente muchos edificios monumentales de la etapa peronista. Una necesidad imperiosa para evitar que los ciudadanos no lleguen a la comparación de modelos. Pero en otros casos, la persistencia de estos "monstruos industriales" es también una forma de resistencia. Cada muro, cada estructura abandonada junto a las vías, siguen señalando lo que alguna vez fue posible: un país donde el vino no era un producto de nicho ni una exportación de lujo, sino un bien cotidiano, producido a escala industrial y distribuido a través de una red que unía regiones y clases sociales.
Ahora bien, es el momento de conocer que fueron estos edificios, pero también de llegar a comprender porque existieron y cual fue el motivo de su desaparición funcional. Porque en esas construcciones no solo se almacenaba mercadería. Se almacenaba un proyecto de país.
PD. Voy a dedicarle como mínimo 3 artículos más a la empresa Gargantini. Vamos a contar de su relación con el fútbol, con la política y como fue el final de la empresa.
Prof. Walter Onorato
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