Hay obras que no buscan aplausos inmediatos. No inauguran modas ni prometen rentabilidad financiera. Se construyen, simplemente, para cuidar a un pueblo. El Canal Maldonado, en Bahía Blanca, es una de esas obras. Su existencia no responde a una casualidad técnica sino a una decisión política tomada en un momento clave de la historia argentina, cuando el Estado eligió anticiparse a la tragedia en lugar de administrar sus consecuencias. Esa decisión tuvo un nombre propio: Juan Domingo Perón.
Durante décadas, Bahía Blanca convivió con el miedo recurrente a las lluvias intensas y al desborde del arroyo Napostá. Las inundaciones no eran episodios excepcionales sino parte de la vida cotidiana de miles de familias, especialmente en los barrios más vulnerables. El agua no distinguía ideologías ni promesas, pero sí castigaba siempre a los mismos. Frente a ese escenario, el problema nunca fue exclusivamente hidráulico: fue político. Había que decidir si el Estado debía intervenir para proteger a la población o resignarse a asistir a los damnificados una vez consumado el desastre.
El peronismo eligió intervenir. Eligió planificar. Eligió invertir recursos públicos en una obra que no generaba ganancias privadas pero sí seguridad colectiva. El Canal Maldonado fue concebido como un canal aliviador capaz de desviar los excedentes hídricos del Napostá hacia la ría, reduciendo el riesgo de inundaciones en la ciudad. Su construcción, iniciada a fines de la década del cuarenta y concluida a comienzos de los cincuenta, se inscribió en una concepción integral del desarrollo: la obra pública como herramienta de justicia social y soberanía popular.
Perón entendía que gobernar no era solo distribuir ingresos o ampliar derechos laborales, sino también pensar el territorio y proteger la vida. La gran inundación de 1944 había sido una advertencia brutal. La respuesta no llegó en forma de discursos sino de hormigón, cálculo hidráulico y planificación a largo plazo. Mientras otros modelos de país confiaban en la “mano invisible” o en la buena fortuna climática, el peronismo eligió anticiparse. Prevenir era gobernar.
Durante el período en que se planificó y ejecutó la construcción del Canal Maldonado —a fines de la década de 1940 y comienzos de la de 1950— el gobernador de la provincia de Buenos Aires fue Domingo Mercante. Su gestión, desarrollada entre 1946 y 1952, coincidió con la primera presidencia de Juan Domingo Perón y constituyó uno de los pilares del primer peronismo en el plano provincial.
Mercante impulsó un programa de gobierno fuertemente orientado a la obra pública, la planificación territorial y las políticas sociales, en sintonía directa con el proyecto nacional encabezado por Perón, que concebía al Estado como herramienta central para el desarrollo y la protección de la población. En ese marco político y estratégico se inscribe la construcción del Canal Maldonado, una obra pensada para dar respuesta estructural a un problema histórico de Bahía Blanca.
Desde el punto de vista técnico, la obra fue ejecutada bajo la dirección de la Provincia de Buenos Aires, a través de su Dirección de Hidráulica, siguiendo los criterios de la ingeniería hidráulica de la época. A diferencia de otras grandes construcciones asociadas a figuras individuales, en el caso del Canal Maldonado no aparece en las fuentes un arquitecto o diseñador único identificado, lo que refuerza su carácter de obra de Estado, concebida como política pública y no como proyecto personal.
Décadas más tarde, cuando temporales extremos volvieron a poner a prueba a Bahía Blanca, la vigencia de aquella decisión quedó al desnudo. Aunque eventos recientes superaron la capacidad original de una obra diseñada hace más de setenta años, la evidencia es contundente: sin el Canal Maldonado, la catástrofe habría sido incomparablemente mayor. Miles de vidas, viviendas y zonas productivas fueron protegidas gracias a una infraestructura pensada en otro siglo, bajo otra coyuntura histórica, pero con una lógica profundamente actual.
El canal no habla, no milita, no hace campaña. Simplemente funciona. Cada vez que el agua corre por su cauce y no por las calles de la ciudad, se reafirma una verdad incómoda para el discurso del ajuste: el Estado, cuando planifica y decide, salva vidas. La obra pública no es un lujo ni un despilfarro; es una inversión en dignidad y futuro.
Hoy, cuando se intenta instalar la idea de que la infraestructura es un gasto innecesario y que el mercado puede reemplazar al Estado, el Canal Maldonado se levanta como un testimonio irrefutable. El mercado no construye obras que se amortizan en décadas ni protege a quienes no pueden pagar. Eso lo hace la política cuando se pone al servicio de la comunidad organizada.
La verdadera herencia de Juan Domingo Perón no se mide solo en discursos ni en símbolos. Está en estas decisiones concretas que atraviesan el tiempo y siguen ordenando la vida cotidiana de millones de argentinos. El Canal Maldonado es una de ellas. Una obra silenciosa, estratégica y profundamente humana. Porque hay políticas que envejecen mal y otras que, como esta, siguen salvando vidas.





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