Robo de las manos de Perón: el misterio que sigue abierto - HISTORIANDOLA

Breaking

Robo de las manos de Perón: el misterio que sigue abierto

 

1987: el robo de las manos de Perón, el misterio que todavía interpela a la democracia argentina

Una profanación sin culpables, un pedido de rescate millonario y una investigación plagada de interrogantes convirtieron uno de los hechos policiales más impactantes del país en un enigma político que, casi cuatro décadas después, continúa sin resolverse.




La madrugada en que alguien abrió la bóveda de Juan Domingo Perón en el Cementerio de la Chacarita no sólo desaparecieron las manos del tres veces presidente. También comenzó una historia atravesada por mensajes cifrados, hipótesis de inteligencia, disputas políticas y una investigación judicial que jamás logró identificar a los responsables. Lo que parecía un simple acto de vandalismo terminó revelando las profundas heridas que aún dividían a la Argentina democrática apenas cuatro años después del fin de la dictadura.

La historia argentina está atravesada por hechos que parecen pertenecer más a una novela de suspenso que a la realidad. Entre todos ellos, pocos resultan tan perturbadores como el robo de las manos de Juan Domingo Perón. No fue únicamente una profanación de una tumba. Tampoco puede reducirse a un episodio policial. Se trató de un acontecimiento que condensó viejos odios políticos, silencios institucionales y una larga sucesión de interrogantes que todavía permanecen abiertos.

El 1 de julio de 1987, exactamente trece años después de la muerte de Perón, empleados del Cementerio de la Chacarita descubrieron que la bóveda donde descansaban sus restos había sido violentada. Quienes ingresaron al lugar encontraron una escena inquietante. El cadáver había sido mutilado: ambas manos habían sido amputadas con un instrumento de corte de precisión. También habían desaparecido el sable militar, una gorra y otros objetos personales que acompañaban los restos del expresidente.

La noticia recorrió el país en cuestión de horas. El impacto fue inmediato porque Perón no era un dirigente cualquiera. Había sido elegido presidente en tres oportunidades, encabezó uno de los movimientos políticos más importantes de América Latina y seguía siendo, incluso después de muerto, una figura central en la vida política argentina. Atacar su cuerpo era, inevitablemente, un mensaje destinado a producir un efecto mucho más amplio que el simple daño material.

La democracia argentina apenas llevaba poco más de tres años de recuperación institucional. El gobierno de Raúl Alfonsín enfrentaba una situación extremadamente delicada. A la crisis económica se sumaban los levantamientos militares conocidos como "carapintadas", las tensiones con sectores de las Fuerzas Armadas y un escenario político donde todavía persistían importantes núcleos de poder heredados de la última dictadura. En ese contexto, la profanación de la tumba de Perón fue interpretada como un hecho que excedía por completo el ámbito criminal.

Días después apareció el primer elemento que transformó definitivamente el caso. El Partido Justicialista recibió una carta anónima. Sus autores exigían ocho millones de dólares para devolver las manos amputadas y el resto de los objetos robados. El texto estaba redactado con un lenguaje extraño, repleto de referencias simbólicas y códigos difíciles de interpretar. No se trataba del típico mensaje de un secuestrador interesado únicamente en obtener dinero.

Aquella carta dio origen a una enorme cantidad de especulaciones. Algunos investigadores consideraron que el pedido económico podía haber sido simplemente una pantalla para ocultar una operación de otra naturaleza. Otros sostuvieron que detrás del robo existían sectores interesados en enviar un mensaje político al peronismo. Con el paso del tiempo también aparecieron hipótesis vinculadas con organizaciones clandestinas, grupos de ultraderecha, antiguos servicios de inteligencia e incluso supuestas logias masónicas. Ninguna logró ser demostrada de manera concluyente.

El juez Jaime Far Suau quedó al frente de la investigación. Desde el comienzo se encontró con un expediente extraordinariamente complejo. La bóveda no presentaba signos compatibles con un ingreso improvisado. Los responsables parecían conocer perfectamente la estructura del lugar. Habían actuado con tiempo suficiente para manipular el féretro, amputar ambas manos y retirarse sin ser detectados. Para muchos investigadores eso sugería planificación, recursos y conocimiento previo del cementerio.

Las pericias médicas también alimentaron las dudas. La amputación no había sido realizada de manera improvisada. El corte presentaba características que indicaban el uso de herramientas adecuadas y cierta experiencia técnica. Esto llevó a descartar rápidamente la hipótesis de un simple acto vandálico.

A medida que avanzaba la investigación comenzaron a surgir nuevos interrogantes. ¿Cómo habían logrado ingresar sin despertar sospechas? ¿Quiénes poseían información suficiente para acceder a la bóveda? ¿Existieron colaboradores dentro del propio cementerio? ¿Por qué nadie vio movimientos extraños durante la noche? Ninguna de esas preguntas obtuvo una respuesta definitiva.

La investigación tampoco consiguió explicar por qué, además de las manos, fueron sustraídos objetos cuya importancia era eminentemente simbólica. El sable militar pertenecía a la iconografía política de Perón y poseía un fuerte valor histórico. La gorra formaba parte de la imagen pública construida durante décadas. Todo parecía indicar que los responsables buscaban apropiarse de elementos cargados de significado antes que de bienes con valor económico.

El episodio provocó un rechazo prácticamente unánime en toda la dirigencia política argentina. Oficialismo y oposición coincidieron en condenar la profanación. Organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos también expresaron su repudio. Incluso sectores históricamente enfrentados con el peronismo calificaron el hecho como un ataque inadmisible contra la memoria democrática.

Sin embargo, el consenso terminó allí. Cuando llegó el momento de interpretar las motivaciones del robo comenzaron las diferencias. Algunos dirigentes hablaron de un intento por desestabilizar al gobierno democrático. Otros lo interpretaron como una amenaza dirigida exclusivamente al movimiento peronista. También hubo quienes sostuvieron que el objetivo consistía en generar miedo y demostrar que ciertos grupos seguían operando con capacidad de acción aun después del retorno constitucional.

El expediente judicial acumuló miles de fojas. Declararon decenas de testigos. Se analizaron innumerables pistas. Muchas terminaron siendo falsas. Otras nunca pudieron comprobarse. La investigación avanzaba y retrocedía constantemente, mientras la opinión pública comenzaba a perder la esperanza de conocer la verdad.

Uno de los aspectos más llamativos del caso fue la enorme cantidad de teorías surgidas alrededor del robo. Algunas atribuían la responsabilidad a sectores vinculados con antiguos organismos represivos de la dictadura. Otras apuntaban hacia disputas internas del peronismo. También circularon versiones relacionadas con organizaciones esotéricas que atribuían un supuesto valor ritual a las manos de un líder político. Estas hipótesis ocuparon durante años programas de televisión, libros e investigaciones periodísticas, aunque ninguna logró reunir pruebas suficientes para transformarse en una explicación definitiva.

En 1988 ocurrió otro hecho que volvió aún más oscuro el expediente. El juez Jaime Far Suau murió en un accidente automovilístico cuando viajaba por la provincia de Buenos Aires. Oficialmente se trató de un siniestro vial. Sin embargo, la coincidencia temporal alimentó nuevas sospechas y reforzó la percepción de que alrededor del caso existían demasiadas zonas grises. Nunca aparecieron pruebas que permitieran vincular su muerte con la investigación, pero el episodio quedó incorporado al imaginario construido alrededor del robo de las manos.

Con el paso de los años el expediente fue perdiendo impulso. Los cambios de magistrados, la desaparición de testigos, la falta de nuevas evidencias y el transcurso del tiempo hicieron cada vez más difícil reconstruir los hechos. Las manos jamás fueron recuperadas. Tampoco aparecieron el sable ni el resto de los objetos robados. Los autores materiales e intelectuales continúan sin ser identificados.

La historia terminó convirtiéndose en un símbolo de las limitaciones que enfrentó la joven democracia argentina para esclarecer determinados hechos donde podían existir intereses políticos, redes clandestinas o estructuras de poder heredadas del pasado reciente. No era un episodio aislado. Durante los primeros años posteriores a la dictadura convivían instituciones democráticas con aparatos estatales que todavía arrastraban prácticas opacas y sectores cuya influencia nunca fue completamente desarticulada.

Comprender este episodio también exige observar el contexto económico y político de finales de la década de 1980. La democracia debía consolidarse mientras enfrentaba una crisis económica creciente, presiones corporativas y fuertes disputas sobre el rumbo del país. En los años siguientes, el avance de las políticas neoliberales impulsó una profunda transformación del Estado, debilitó numerosas capacidades institucionales y favoreció una lógica donde el mercado pasó a ocupar un lugar central en detrimento de la acción pública. Ese proceso no explica el robo de las manos de Perón, pero sí ayuda a comprender por qué muchas investigaciones complejas quedaron atravesadas por limitaciones estructurales, escasez de recursos y crecientes niveles de desconfianza social hacia las instituciones.

Quizás la enseñanza más importante de esta historia sea otra. El robo de las manos de Perón nunca logró borrar el peso político ni simbólico del líder justicialista. Por el contrario, terminó reforzando el carácter mítico de su figura. Las manos amputadas pasaron a representar una metáfora poderosa: el intento de mutilar un legado político cuya influencia seguía presente en la sociedad argentina.

Casi cuarenta años después, el caso continúa abierto en la memoria colectiva. Cada aniversario reactiva las mismas preguntas. ¿Quiénes ingresaron a la bóveda? ¿Quién financió la operación? ¿Por qué jamás apareció ninguna evidencia concluyente? ¿Fue un acto de extorsión, una operación política o ambas cosas al mismo tiempo? La ausencia de respuestas ha convertido al robo de las manos de Perón en uno de los grandes misterios de la historia argentina contemporánea, un episodio donde el silencio judicial terminó siendo casi tan elocuente como el propio delito.


Referencias

  • Bonasso, M. (1997). El presidente que no fue. Buenos Aires: Planeta.
  • Gambini, H. (2008). Historia del peronismo. Vol. III. Buenos Aires: Planeta.
  • Martínez, T. E. (1995). Las memorias del General. Buenos Aires: Planeta.
  • Página/12. (Diversas publicaciones conmemorativas sobre el caso de la profanación de la tumba de Perón).
  • Archivo del Poder Judicial de la Nación. Expediente sobre la profanación de la bóveda de Juan Domingo Perón (1987).
  • Luna, F. (2003). Perón y su tiempo. Buenos Aires: Sudamericana.
  • Baschetti, R. (Comp.). Documentos del Peronismo. Diversos tomos. Buenos Aires.


Prof. Walter Onorato

Facebook -  Instagram - Twitter - Threads

📌 Si es de tu interés, apoyame con un Cafecito para seguir generando contenido de valor, con análisis crítico, utilizando la historia como herramienta de comprensión, con una mirada documentada sobre los fenómenos políticos y sociales de nuestro tiempo.

Invitame un café en cafecito.app


No hay comentarios:

Publicar un comentario