1973: Leonardo Henrichsen filmó el instante de su asesinato - HISTORIANDOLA

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1973: Leonardo Henrichsen filmó el instante de su asesinato


Leonardo Henrichsen, el camarógrafo que filmó su propio asesinato y dejó una prueba eterna contra la violencia golpista

El 29 de junio de 1973, durante el fallido golpe militar conocido como el Tanquetazo, el periodista argentino Leonardo Henrichsen registró con su cámara el instante en que un
soldado le apuntó y lo asesinó en pleno centro de Santiago de Chile. Su muerte quedó filmada por él mismo y se convirtió en uno de los documentos más estremecedores del siglo XX, una prueba irrefutable del avance de la violencia que pocos meses después desembocaría en la dictadura de Augusto Pinochet.

Hay imágenes que sobreviven a quienes las registraron. No porque sean técnicamente perfectas ni porque hayan sido concebidas para la posteridad, sino porque condensan en apenas unos segundos toda una época. El asesinato del camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen pertenece a esa categoría excepcional. Su cámara no solo registró un crimen: dejó testimonio del momento exacto en que el autoritarismo decidió disparar también contra quien intentaba mostrar la verdad.

El 29 de junio de 1973, Santiago de Chile vivía una jornada decisiva. Apenas faltaban poco más de dos meses para el golpe de Estado que derrocaría al presidente constitucional Salvador Allende. Sin embargo, aquella mañana el desenlace todavía parecía incierto. Un sector del Ejército encabezado por el teniente coronel Roberto Souper lanzó un levantamiento militar que pasó a la historia con el nombre de Tanquetazo. Tanques recorrieron el centro de la capital chilena, dispararon contra edificios públicos y buscaron precipitar la caída del gobierno de la Unidad Popular. El intento fracasó, pero dejó al descubierto que la conspiración contra la democracia ya estaba en marcha y que importantes sectores militares y civiles trabajaban activamente para destruir el orden constitucional.

Leonardo Henrichsen tenía 33 años. Había nacido en Buenos Aires en 1940 y desde muy joven había hecho de la cámara una herramienta para contar la historia latinoamericana. Había cubierto golpes de Estado, levantamientos populares y conflictos sociales en distintos países. Trabajaba para la televisión pública sueca y también colaboraba con otros medios internacionales. Conocía perfectamente los riesgos del oficio. Pero, como tantos reporteros de su generación, entendía que el periodismo solo tenía sentido si estaba donde ocurrían los hechos.

Aquella mañana se encontraba junto al periodista sueco Jan Sandquist en el Hotel Crillón, frente al Palacio de La Moneda. Ambos tenían previsto entrevistar al dirigente comunista Volodia Teitelboim cuando comenzaron a escucharse los disparos. No dudaron. Salieron inmediatamente hacia el lugar donde avanzaban los militares sublevados. Lo que encontraron fue una ciudad convertida en escenario de guerra.

Henrichsen comenzó a filmar a una patrulla militar en la esquina de Agustinas y Morandé, a pocos metros de La Moneda. En las imágenes puede verse a varios soldados disparando. De pronto, uno de ellos advierte la presencia del camarógrafo. Henrichsen acerca el zoom. El militar levanta su arma. El periodista continúa filmando. Según los registros sonoros obtenidos por el equipo que lo acompañaba, todavía alcanzó a gritar que eran periodistas. No hubo respuesta. El soldado apuntó directamente hacia él y disparó. La cámara siguió registrando algunos segundos más antes de caer sobre el pavimento apuntando al cielo. El último plano de Leonardo Henrichsen fue, literalmente, el de su propia muerte.

Pocas secuencias cinematográficas poseen semejante fuerza histórica. No existe interpretación posible frente a esas imágenes. No hay montaje, reconstrucción ni relato posterior. Existe únicamente un hombre trabajando y otro decidiendo ejecutarlo. La violencia queda desnuda. El crimen ocurre frente al espectador sin mediaciones.

Los militares intentaron destruir la evidencia. Uno de ellos retiró parte del material filmado creyendo que eliminaba toda prueba. Pero desconocía que la cámara conservaba otro rollo con varios minutos intactos. El periodista chileno Eduardo Labarca logró recuperar el equipo pocos días después y ese material pudo ser revelado clandestinamente antes de difundirse internacionalmente. Gracias a esa casualidad extraordinaria, el asesinato quedó documentado para siempre.

El Tanquetazo terminó siendo derrotado ese mismo día por las fuerzas leales al comandante en jefe del Ejército, Carlos Prats. Sin embargo, su fracaso fue apenas una victoria transitoria para la democracia chilena. El levantamiento permitió medir fuerzas, probar la reacción del gobierno y demostrar hasta dónde estaban dispuestos a llegar los sectores que buscaban terminar con el proyecto de transformaciones sociales impulsado por Allende. Apenas setenta y cuatro días después, el 11 de septiembre de 1973, otro golpe militar, esta vez exitoso, inauguraría diecisiete años de dictadura encabezada por Augusto Pinochet.

Reducir aquellos acontecimientos únicamente a un enfrentamiento militar sería una simplificación que favorece las interpretaciones más cómodas. Detrás del golpe existían poderosos intereses económicos nacionales e internacionales. Las nacionalizaciones impulsadas por la Unidad Popular, especialmente la del cobre, la ampliación de los derechos laborales, la reforma agraria y la intervención estatal en áreas estratégicas afectaban privilegios profundamente arraigados. Grandes grupos empresariales, sectores financieros y el gobierno de los Estados Unidos veían con preocupación que un gobierno socialista avanzara mediante elecciones democráticas. La experiencia chilena demostraba que podían impulsarse profundas reformas sociales sin abandonar la institucionalidad republicana. Precisamente por eso resultaba especialmente peligrosa para quienes defendían el orden económico dominante.

La posterior dictadura no solo significó la desaparición de miles de personas, la tortura sistemática y la supresión de las libertades políticas. También convirtió a Chile en el principal laboratorio latinoamericano de las políticas neoliberales diseñadas por los llamados Chicago Boys. Privatizaciones masivas, reducción del Estado, debilitamiento sindical, apertura económica irrestricta y mercantilización de derechos sociales fueron implementadas bajo un régimen donde la represión impedía cualquier resistencia organizada. La violencia política y el programa económico formaron parte de un mismo proyecto histórico. No fueron procesos separados. Sin el terror de Estado habría sido mucho más difícil imponer semejante transformación social.

Por eso resulta problemático cuando algunos relatos presentan el golpe de 1973 exclusivamente como un conflicto entre militares y políticos. Esa mirada omite deliberadamente los intereses económicos que acompañaron y se beneficiaron con la ruptura democrática. También suele silenciar que muchas de las reformas neoliberales posteriormente celebradas por organismos internacionales nacieron precisamente bajo una dictadura que prohibía huelgas, perseguía opositores y gobernaba mediante el miedo.

En ese contexto, la muerte de Henrichsen adquiere un significado todavía más profundo. Él no era un combatiente ni un dirigente político. Era un periodista cuyo único instrumento era una cámara. Su asesinato expresó el temor de los sectores golpistas frente a la existencia misma del testimonio. Toda dictadura necesita controlar el relato. Antes incluso de consolidar el poder, los conspiradores ya comprendían que las imágenes podían convertirse en un enemigo tan peligroso como cualquier organización política.

Durante décadas el crimen permaneció prácticamente impune. Recién a comienzos del siglo XXI, gracias a una extensa investigación impulsada por el periodista chileno Ernesto Carmona y al compromiso de la familia Henrichsen, fue posible identificar al cabo Héctor Hernán Bustamante Gómez como quien disparó contra el camarógrafo. La causa judicial avanzó tardíamente y el militar murió en 2007 mientras esperaba ser juzgado, sin recibir una condena definitiva. Esa demora constituye otro recordatorio de las enormes dificultades que enfrentan las sociedades para juzgar los crímenes cometidos bajo regímenes autoritarios.

Las imágenes filmadas por Henrichsen recorrieron el mundo y fueron incorporadas, entre otras obras, al monumental documental La batalla de Chile, de Patricio Guzmán. Desde entonces integran el patrimonio audiovisual de la memoria latinoamericana. No representan únicamente la muerte de un periodista. Son el instante exacto en que la historia registró el nacimiento público de una maquinaria represiva que muy pronto extendería el terror sobre todo un país.

Argentina reconoció la trascendencia de ese legado cuando en 1989 estableció el 29 de junio como el Día Nacional del Camarógrafo en homenaje a Leonardo Henrichsen. No se trató solamente de recordar a un profesional ejemplar, sino de reivindicar el valor del periodismo como herramienta de defensa democrática y de preservación de la memoria colectiva.

Más de medio siglo después, la última filmación de Leonardo Henrichsen continúa interpelando a cada generación. Su cámara demostró que la verdad puede sobrevivir incluso al asesinato de quien intenta contarla. También recuerda que detrás de los grandes procesos políticos existen personas concretas cuyas vidas quedaron atravesadas por decisiones históricas tomadas en nombre del orden, la seguridad o el mercado. Cuando hoy algunos discursos vuelven a relativizar los golpes de Estado, a minimizar las violaciones a los derechos humanos o a presentar las experiencias neoliberales como simples ejercicios de modernización económica, aquellas imágenes recuperan toda su vigencia. Porque antes de las privatizaciones, antes de los indicadores macroeconómicos y antes de los discursos sobre la eficiencia del mercado, hubo tanques en las calles, periodistas asesinados y democracias destruidas. La cámara de Leonardo Henrichsen sigue allí, inmóvil sobre el pavimento, recordándonos que ninguna sociedad puede construir un futuro justo si decide apartar la mirada de ese pasado.

Fuentes y referencias 

  • Carmona, E. (Investigación sobre el caso Henrichsen, citada en diversos expedientes judiciales y trabajos documentales).
  • Guzmán, P. (Director). (1975–1979). La batalla de Chile [Documental].
  • Habegger, A. (Director). (2012). Imagen final (Final Image) [Documental].
  • Reel, M. (2005, 13 de noviembre). After 32 Years, Zooming In on a Killer. The Washington Post.
  • IMAGO – Education Committee. (2015). Remembering Leonardo Henrichsen.
  • Documentación histórica sobre el Tanquetazo y el asesinato de Leonardo Henrichsen. 

Prof. Walter Onorato

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