El ajuste no es solo un programa económico. Es, sobre todo, un proyecto moral. En la Argentina actual, bajo el gobierno del presidente Javier Milei y su proyecto anarco-libertario, el discurso que legitima el recorte del gasto público, la demonización del impuesto y la exaltación del mérito individual no se limita a prometer equilibrio fiscal: propone una forma específica de entender la sociedad. Una sociedad donde el éxito se atribuye exclusivamente al esfuerzo personal, la pobreza se convierte en culpa y lo común aparece como una carga que debe ser desmontada.
Este punto es central para comprender el momento político. Porque, como advierte el filósofo político Michael Sandel, las desigualdades extremas no solo generan injusticias distributivas: erosionan la dignidad y destruyen la vida compartida. Cuando la brecha entre los de arriba y los de abajo se vuelve abismal, deja de tratarse de incentivos económicos y pasa a tratarse de poder: poder para comprar el tiempo, la disponibilidad y, en última instancia, la vida de otras personas.
Estas ideas no surgen de una especulación abstracta. Forman parte del diagnóstico desarrollado en el libro Igualdad, qué es y por qué importa, donde el filósofo Sandel dialoga con el economista especializado en desigualdad Thomas Piketty para mostrar que la desigualdad contemporánea no es solo un fenómeno económico, sino una crisis de comunidad, de reconocimiento y de sentido colectivo.
La Argentina gobernada por Javier Milei expresa de manera casi ejemplar esa deriva. El ajuste impulsado por su proyecto anarco-libertario no es neutral: rompe deliberadamente los espacios donde la sociedad se encuentra consigo misma. La educación pública, la salud pública, el transporte, la ciencia, las universidades, los parques y las instituciones culturales no son simples partidas presupuestarias. Son, como sostiene Sandel, infraestructura moral: ámbitos donde se construye la experiencia cotidiana de igualdad cívica.
Cuando esos espacios se vacían o se degradan —como ocurre hoy en la Argentina bajo el programa de Milei— la sociedad se segmenta. Los sectores de mayores ingresos se refugian en circuitos privados; los sectores populares quedan confinados a servicios empobrecidos; las clases medias oscilan entre el endeudamiento y el miedo al descenso social. El resultado no es eficiencia ni libertad: es fragmentación social.
Aquí aparece con toda claridad el aporte del economista Piketty. Como demuestra a partir del análisis histórico comparado, toda riqueza es una creación colectiva. No existe fortuna que no descanse sobre infraestructura pública, conocimiento social acumulado, instituciones estatales, trabajo ajeno y reglas comunes. Defender impuestos progresivos no es castigar el éxito; es reconocer su origen social. Exactamente lo contrario de lo que plantea el ideario anarco-libertario que inspira al gobierno argentino.
Sin embargo, el relato oficial del mileísmo invierte esta lógica. Presenta al Estado como parásito, al impuesto como robo y a la redistribución como inmoral. En ese marco, la desigualdad deja de ser un problema político y se convierte en un “resultado natural del mercado”. Pero, como señala Piketty, cuando las diferencias salariales y patrimoniales alcanzan proporciones de uno a cincuenta, uno a cien o uno a doscientos, ya no estamos ante un simple desbalance económico. Estamos frente a una sociedad donde algunos pueden disponer del tiempo de otros y condicionar sus vidas.
Ese punto conecta con una crítica más profunda a la tradición liberal igualitaria representada por el filósofo político John Rawls. Rawls formuló el principio de diferencia —según el cual las desigualdades solo son justas si benefician a los menos favorecidos—, pero evitó anclar su teoría en una concepción compartida del bien común. Buscó una justicia neutral, separada de valores sustantivos.
Sandel identifica allí un límite decisivo. Esa neutralidad, lejos de ser inocua, dejó un vacío político que hoy es aprovechado por proyectos como el de Javier Milei. Mientras la derecha libró una batalla moral en nombre del mérito, la autosuficiencia y la competencia, el progresismo se refugió en argumentos técnicos. El resultado fue una derrota cultural cuyas consecuencias hoy se expresan con crudeza en la Argentina.
El ajuste impulsado por el gobierno anarco-libertario no solo recorta recursos: desarma conscientemente la idea de comunidad. La narrativa presidencial no apela a la solidaridad ni a la responsabilidad mutua; apela al sacrificio individual, a la supervivencia competitiva y a la deslegitimación de lo público. En ese marco, la pobreza se moraliza, la protesta se criminaliza y el sufrimiento social se presenta como un daño colateral necesario.
Aquí conviene volver a una advertencia central del libro Igualdad, qué es y por qué importa: no hay progresividad fiscal sostenible sin comunidad, ni comunidad posible sin progresividad fiscal. No se trata de elegir entre cultura y economía. Son dimensiones inseparables. Una sociedad que tolera desigualdades extremas pierde los lazos que hacen aceptable cualquier sistema tributario. Y una sociedad que renuncia a la redistribución consolida jerarquías incompatibles con la igualdad democrática.
Por eso, el ajuste promovido por el gobierno de Javier Milei no es solo un error económico: es una estrategia de descomposición social. Al destruir lo común, se destruye también la posibilidad de reconocernos como conciudadanos. El impuesto deja de ser una contribución al proyecto colectivo y pasa a verse como una exacción ilegítima. La política se vacía de sentido compartido y se transforma en una suma de individuos aislados.
Como advierte el filósofo Sandel, la justicia no puede separarse de la pregunta por el tipo de sociedad que queremos ser. Y como demuestra el economista Piketty con datos históricos, las sociedades más igualitarias del siglo XX no surgieron del mercado desregulado, sino de decisiones políticas conscientes que combinaron impuestos progresivos, inversión pública y fortalecimiento de lo común.
La Argentina de Javier Milei enfrenta hoy una disyuntiva que no es técnica sino moral. O profundiza un modelo anarco-libertario que celebra la desigualdad y naturaliza la exclusión, o reconstruye una idea de comunidad donde la dignidad no dependa del ingreso y donde el Estado vuelva a ser el espacio que garantice derechos, encuentros y futuro compartido. El ajuste promete libertad. Lo que entrega, en realidad, es una sociedad rota.
Prof. Walter Onorato
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