De la opulencia de entreguerras al ascenso del nacionalsocialismo: un análisis sobre el colapso del capitalismo de mercado y la génesis del totalitarismo.
La Gran Depresión de 1929 no debe ser interpretada como un simple desajuste en los ciclos de acumulación del capital, sino como el abismo definitivo que devoró las estructuras de la democracia burguesa y facilitó el alumbramiento del horror hitleriano. Este colapso económico actuó como el catalizador de una crisis civilizatoria donde el orden liberal, incapaz de ofrecer pan y seguridad a las masas desposeídas, perdió su legitimidad histórica. El ascenso del fascismo no fue un accidente del destino, sino la respuesta perversa de una sociedad que, ante la parálisis del mercado y la inoperancia parlamentaria, optó por la barbarie totalitaria como mecanismo de supervivencia frente al caos. En la escala del «Siglo XX Corto» —aquel periodo que media entre el estallido de la Gran Guerra en 1914 y el hundimiento de la Unión Soviética en 1991—, el crac de Wall Street representa el momento en que el viejo mundo perdió definitivamente el derecho a existir bajo sus propias premisas.
El derrumbe de la civilización decimonónica no comenzó con la caída de las acciones en Nueva York, sino con el estallido de la Gran Guerra en 1914, evento que marcó el inicio de lo que he denominado la «Era de las Catástrofes». Aquel mundo del siglo XIX, que se pretendía estable, burgués y liberal en su estructura jurídica, vio cómo sus cimientos se fracturaban irreparablemente bajo el peso de un conflicto total que movilizó a poblaciones enteras hacia una matanza sin precedentes. No se trataba de una guerra convencional, sino de una movilización industrial de la muerte que absorbió al 12,5% de la población masculina británica y a un asombroso 17% de los franceses (Hobsbawm, 1998). En este cataclismo, «el edificio de la civilización decimonónica se derrumbó entre las llamas de la guerra» (Hobsbawm, 1998, p. 30) al hundirse los pilares que lo sustentaban, dejando tras de sí un vacío de poder que el Tratado de Versalles, con su «paz impuesta» y cargada de resentimiento, no pudo llenar. Los años veinte, a menudo idealizados como una década de recuperación, fueron en realidad un edificio en llamas esperando un detonante; una estabilidad ilusoria construida sobre deudas impagables y una desregulación financiera que ignoraba las tensiones sociales latentes. La rivalidad imperialista y la incapacidad de las potencias para integrar a Alemania en una economía europea coherente prepararon el terreno para el desastre, demostrando que el liberalismo era incapaz de gestionar las contradicciones de una modernidad que él mismo había engendrado y que se cobraría, a lo largo del siglo, la cifra de 187 millones de vidas (Hobsbawm, 1998).
Este preludio de inestabilidad encontró su culminación en el abismo económico de 1929, un evento que significó para el mundo entero —y no solo para el mercado— la pérdida del «mandato del cielo», ese proverbio chino que describe la pérdida de legitimidad de un orden social completo. La crisis no fue solo una caída en los índices bursátiles, sino un terremoto social que transformó la psicología de las masas. Apenas un año antes del desastre, el presidente norteamericano Calvin Coolidge afirmaba con una ceguera histórica asombrosa que «el país puede contemplar el presente con satisfacción y mirar hacia el futuro con optimismo» (Coolidge, 1928). Sin embargo, esa opulencia se evaporó para dar paso al desempleo masivo, que se convirtió en «la enfermedad social de nuestra generación» (Hobsbawm, 1998, p. 92), una patología que erosionó la confianza en las instituciones democráticas. Fue entonces cuando los «huracanes de acero» (Hobsbawm, 1998, p. 33) se trasladaron del campo de batalla al frente económico. El liberalismo de la época, aferrado a una teología obsesiva con el patrón oro que sacrificaba a los vivos en el altar de los muertos, insistió en recetas de austeridad y laissez-faire que demostraron su absoluta ineficacia frente al hambre. Al negarse a intervenir mientras millones se hundían en la miseria, la democracia parlamentaria firmó su propia sentencia de muerte política, abriendo de par en par las puertas a los salvadores autoritarios.
En este contexto de ruinas materiales y morales, la metamorfosis del descontento encontró su expresión más acabada en el ascenso de Adolf Hitler. No debemos caer en el error de explicar el triunfo del nacionalsocialismo únicamente a través de la oratoria de su líder; su éxito fue, ante todo, el resultado de la parálisis del sistema liberal alemán. El nacionalsocialismo se presentó como una alternativa radical que, de manera perversa, afirmaba proteger el trabajo nacional frente a las fuerzas del capital financiero internacional. Hitler no ascendió al poder contra el mercado, sino sobre los escombros de un mercado que había destruido la paz social y los vínculos comunitarios. Su victoria fue el precio trágico que el mundo pagó por la obcecación liberal de los años veinte, una sociedad que prefería el orden dictatorial al caos de una libertad económica que solo le había traído miseria. El mercado no se reguló solo; más bien, en su voracidad descontrolada, aniquiló la convivencia, dejando el camino libre para una ideología que sustituía la razón por el mito de la sangre. Esta fractura no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de un sistema que subordinó la supervivencia humana a la abstracción de las finanzas.
Sin embargo, la historia nos presenta una paradoja fascinante: fue precisamente el desastre del fascismo y el temor a la marea revolucionaria lo que obligó al capitalismo a transformarse para no perecer. El sistema, aterrorizado por la alternativa comunista y escarmentado por el abismo de la Depresión, se vio forzado a adoptar la planificación económica y el intervencionismo estatal, herramientas que antes despreciaba por heréticas. Es una de las ironías más profundas de este extraño siglo que «el resultado más perdurable de la revolución de octubre... fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo» (Hobsbawm, 1998, p. 17). Sin el incentivo del miedo al ejemplo soviético, las clases dominantes occidentales nunca habrían tolerado las reformas del Estado de Bienestar ni el consenso keynesiano que dio lugar a la llamada Edad de Oro. El capitalismo no se reformó por benevolencia, sino por necesidad de supervivencia frente a un espejo que le devolvía su propia imagen de fracaso. Por ello, resulta alarmante observar cómo hoy, en un ejercicio de amnesia colectiva, se defienden retornos a las políticas de austeridad y desregulación que causaron el abismo del siglo pasado. La memoria histórica, fragilizada por un presente permanente, olvida que el mercado sin control conduce inevitablemente a la barbarie.
La lección fundamental del siglo XX corto es que el progreso no es una línea recta y que la soberanía política es una quimera si no está respaldada por una soberanía económica que garantice la dignidad del trabajador. La independencia de las naciones y la estabilidad de las democracias dependen de su capacidad para domesticar las fuerzas ciegas del capital en favor del interés común. Como historiadores, debemos enfatizar que, aunque exista la típica y errónea expresión francesa «comprenderlo todo es perdonarlo todo» (Hobsbawm, 1998, p. 15), comprender la génesis del nacionalsocialismo no significa perdonar su genocidio, sino realizar el análisis necesario para evitar que las sombras de Sarajevo y de 1929 se proyecten nuevamente sobre nuestro futuro. La sombra de Sarajevo, donde una equivocación política desencadenó una catástrofe global, sigue acechando a un mundo que pretenda ignorar la relación causal entre desigualdad económica y radicalismo político. La necesidad de la soberanía económica no es un eslogan, sino la condición indispensable para que el abismo no vuelva a abrirse bajo nuestros pies. Comprender el pasado es la única defensa contra un liberalismo de mercado que, en su ceguera doctrinaria, siempre ha estado dispuesto a sacrificar la democracia en el altar del beneficio a corto plazo. Si el siglo XX terminó con un gemido y no con una explosión, es nuestro deber asegurar que el siglo XXI no comience ignorando las lecciones de fuego que aquel nos dejó escritas.
Referencias Bibliográficas
Hobsbawm, E. J. (1994). The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914-1991. Londres: Michael Joseph.
Hobsbawm, E. J. (1998). Historia del Siglo XX (Trad. J. Fací, J. Ainaud y C. Castells). Buenos Aires: Crítica (Grijalbo Mondadori).

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