Frente a una historiografía de bronce que glorifica a los artífices del imperialismo, surge la necesidad de auscultar los resortes ocultos del poder económico para rescatar una soberanía nacional sistemáticamente enajenada.
La historia oficial argentina no es, en esencia, un registro fáctico de la evolución social de un pueblo, sino una "obra de imaginación" diseñada meticulosamente para ocultar la impronta de la dominación extranjera en el Río de la Plata [1]. Este relato, que se inocula en las aulas desde la más tierna edad, constituye una de las mayores traiciones cometidas por la inteligencia local contra el destino soberano de América [2].
Para Raúl Scalabrini Ortiz, la enseñanza tradicional que se imparte en los colegios nacionales y escuelas normales no es más que una herramienta de dominación política, una "magnífica sabiduría con que fue organizada la ignorancia del país" [3, 4].
Bajo este esquema, el pasado es deformado para presentar a los constructores de imperios como figuras desinteresadas o incluso santas, borrando sistemáticamente las huellas de su intervención en la fragmentación y el saqueo del territorio [1].
Esta construcción historiográfica, que presenta a personajes como Canning o Palmerston como amigos de la independencia, busca adormecer la conciencia colectiva para que el imperialismo económico encuentre siempre campo franco para su expansión [5, 6].
Desde esta perspectiva crítica, la economía deja de ser una fría síntesis numérica para transformarse en un método de auscultación de los pueblos, una forma de palpar los órganos de esa entidad viva que es la sociedad humana [7]. Scalabrini sostiene con vehemencia que no es posible un espíritu nacional en una colectividad cuyos lazos económicos no están trenzados en un destino común [8]. Sin embargo, la realidad argentina ha sido prolijamente desviada de su propio conocimiento para que el pueblo carezca de indicios sobre cómo se enajena su patrimonio nacional [9].
Todo lo material y venal en el país —desde los medios de transporte hasta la distribución del crédito y el régimen bancario— ha terminado sometido a una hegemonía financiera extranjera, principalmente británica, ante la mirada indiferente o cómplice de una inteligencia americana que se dedica a escribir tragedias al modo griego mientras ignora el hecho vivo de su propia explotación [10, 11].
Un hito fundamental en esta micro-historia de la subordinación es la creación del Banco Nacional en 1826, antecesor del Banco Central, el cual funcionó como un dispositivo para manejar discrecionalmente la economía de las Provincias Unidas [12]. Scalabrini desentraña cómo la diplomacia inglesa, actuando como el "resorte oculto" de la historia argentina, impulsó instituciones que parecían nacionales pero que estaban bajo el control absoluto de comerciantes ingleses radicados en Buenos Aires [13, 14].
Estos actores financieros obtenían el manejo de la moneda sin arriesgar fondos metálicos, operando con una impunidad garantizada por leyes que parecían meras lucubraciones literarias ajenas a la realidad de la vida local [15, 16]. El Banco Nacional no fue una institución al servicio del progreso argentino, sino un instrumento de la política separatista británica, utilizado para asfixiar financieramente a líderes patriotas como Manuel Dorrego y obligarlos a aceptar la fragmentación del territorio nacional [17, 18].
Esta táctica de dominación invisible se manifiesta con igual crudeza en la historia del primer empréstito de 1824 con la casa Baring Brothers. La historia oficial ha enseñado que este crédito fue la semilla del progreso, pero la investigación documental revela una realidad bien distinta: fue un mecanismo de bloqueo para transportar permanentemente las ganancias de los comerciantes ingleses al exterior [19, 20]. Argentina recibió poco más que papeles y órdenes de pago contra comerciantes locales, mientras hipotecaba a perpetuidad sus rentas, tierras y territorios [21, 22]. Scalabrini es incisivo al señalar que el único resultado verificable de este tipo de maniobras financieras ha sido el de detener el desarrollo de los pueblos, imponiendo obligaciones que pesan sobre las generaciones venideras y detienen el progreso mientras no esté bajo control británico [23, 24]. Este "anti-progreso" es la esencia misma del imperialismo económico que, bajo banderas de libre cambio y liberalismo, sacrifica las industrias locales para mantener al país en un marasmo letal [5, 25, 26].
La segregación de la Banda Oriental y la creación de la República Oriental del Uruguay constituyen otro ejemplo paradigmático de esta deformación histórica. Mientras los textos escolares sugieren una independencia romántica o un cansancio defensivo del gobierno argentino, la documentación diplomática expone la misión de Lord Ponsonby como una maniobra para impedir que Argentina y Brasil controlaran exclusivamente las costas del Atlántico Sur [27, 28]. La diplomacia inglesa actuó con una "impiedad tan impudente" que ni siquiera reconoce amigos, aniquilando políticamente a quienes, como Bernardino Rivadavia, le facilitaron la tarea una vez que dejaron de ser útiles a sus fines de expansión [29, 30]. Esta política invisible buscaba establecer bases marítimas seguras para el poder británico, como las Malvinas, y mantener a los nuevos estados americanos en mutuos recelos para neutralizar cualquier rivalidad hacia la hegemonía de Londres [31, 32].
En el ámbito de la infraestructura, los ferrocarriles ingleses en la Argentina no representaron un factor de civilización, sino un instrumento de extracción y centralismo portuario. Scalabrini denuncia que las empresas ferroviarias actuaron como en tierra conquistada, aguando capitales para disimular beneficios y utilizando tarifas arbitrarias para sofocar cualquier intento de industrialización en el interior del país [33, 34].
La red ferroviaria no se diseñó para integrar la nación, sino para abrir las regiones como simples fuentes de materias primas para la metrópoli, cobrando fletes que en ocasiones duplicaban los de países con estándares de vida muy superiores, como Canadá o Estados Unidos [26, 35]. Esta política de extenuación se complementó con la destrucción sistemática de iniciativas argentinas, desde la molienda de trigo en las zonas de producción hasta la incipiente industria metalúrgica de fines del siglo XIX [36, 37].
Incluso en tiempos más recientes, la lucha por el control del petróleo argentino ha revelado los mismos patrones de conducta diplomática. La campaña contra el imperialismo de la Standard Oil, que Scalabrini analiza con agudeza, sirvió en ocasiones como una cortina de humo para que los intereses petrolíferos británicos, amparados en la Royal Dutch Shell, avanzaran sobre los yacimientos fiscales bajo la máscara de una "coordinación" o régimen mixto [38, 39].
Mientras el pueblo era distraído con consignas nacionalistas superficiales, la diplomacia invisible trabajaba para que la Argentina permaneciera estratégicamente subordinada a los planes de abastecimiento de Gran Bretaña, especialmente en vísperas de conflictos mundiales [40, 41].
Para Scalabrini Ortiz, volver a la realidad argentina exige una "virginidad mental a toda costa" y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos, por debajo de los espejismos tentadores y las frases que acarician la vanidad para adormecernos [42]. La reconstrucción de la historia nacional no es un ejercicio académico de nostalgia, sino un imperativo político urgente para reconquistar el dominio de lo que fue usurpado por la usura y la traición de los dirigentes locales [43, 44].
Frente a la mitología neoliberal que propone la entrega de los servicios públicos y la desregulación como vías al progreso, la obra de Scalabrini se yergue como una advertencia histórica: la soberanía económica y la independencia política son inseparables, y cualquier sistema que trenza los lazos económicos de una colectividad con intereses extranjeros, termina por aniquilar el espíritu mismo de la nación [8, 11].
La verdadera historia, aquella que aún aguarda ser escrita con plenitud en la conciencia del pueblo, debe mostrar que el capital extranjero no ha sido la semilla de nuestra riqueza, sino el producto del trabajo argentino contabilizado a favor de una potencia ajena [44].
Citas Documentales Utilizadas:
Scalabrini Ortiz, R. (2001). *Política británica en el Río de la Plata*. Editorial Plus Ultra / Sol 90.
* "Economía es un método de auscultación de los pueblos" [7].
* "No hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en un destino común" [8].
* "Traiciones que la inteligencia americana cometió con América" [2].
* "Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es la historia que nos enseñaron" [5].
* "Exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos" [42].
* "Todo lo material, todo lo venal, trasmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera" [11].
* "La diplomacia inglesa resorte oculto de nuestra historia" [13].
* "La historia oficial argentina es una obra de imaginación en que los hechos han sido consciente y deliberadamente deformados" [1].
* "Magnífica sabiduría con que fue organizada la ignorancia del país" [3].
* "Canning fue nuestro amigo desinteresado. Palmerston y Guizot, también" (ironía sobre la historia oficial) [6].
* "El capital invertido no es más que el producto de la riqueza y del trabajo argentinos contabilizados a favor de Gran Bretaña" [44].
* "Impiedad tan impudente que ni siquiera se puede comentar" [30].
* "Geografía política no siempre logra en nuestros tiempos imponer sus límites" [45].
* "Construcción de ferrocarriles coloniales... es una muestra de imperialismo, en su papel antiprogresista" [26].

No hay comentarios:
Publicar un comentario