De la Comunidad Organizada a la Reforma Constitucional: El proyecto de liberación frente a la crisis civilizatoria de la posguerra.
Un análisis crítico sobre el surgimiento de una doctrina que, lejos de ser un mero pragmatismo político, se erigió como una respuesta ontológica al conflicto entre el individualismo liberal y el colectivismo estatal, enfrentando hoy el retorno de las sombras neoliberales.
El Escenario del Cénit: Mendoza y el Congreso de Filosofía de 1949
Abril de 1949 no fue simplemente un mes en el calendario de la liturgia estatal; representó el momento en que el fenómeno peronista alcanzó su despliegue más ambicioso, su cénit. En la ciudad de Mendoza, el Teatro Independencia se transformó en el laboratorio de una disputa simbólica sin precedentes. Mientras la inteligencia oligárquica intentaba encorsetar al movimiento popular bajo el estigma del "alpargatas sí, libros no", Juan Domingo Perón respondía con una audacia intelectual devastadora: clausurar el Primer Congreso Nacional de Filosofía. Este acto no fue un mero protocolo académico, sino una intervención situada en el corazón del debate universal, donde el peronismo reclamaba su derecho a la teoría. No se trataba de un gesto de jactancia, sino de la necesidad de dar sustento metafísico a una praxis que ya había transformado la fisonomía social del país.
La importancia estratégica de este hito radica en la contigüidad cronológica de dos actos que sellaron el destino institucional de la nación. El 9 de abril de 1949, Perón no solo disertaba ante un auditorio que incluía —ya fuera por presencia o por adhesión intelectual— a nombres de la talla de Martin Heidegger, Karl Jaspers y Bertrand Russell; inmediatamente después, se dirigía a la Plaza Independencia para tomar el juramento de fidelidad a la Reforma Constitucional. Esta sincronía es la cimentación de un Proyecto Nacional de Justicia Social que buscaba ordenar lo realizado. Como bien apunta Isela Mo Amavet en su prefacio, estas jornadas capturan la imagen de un “peronismo vigoroso, seguro de sí mismo, que ha realizado en sus primeros años transformaciones muy importantes y que se dispone tanto a reflexionar como a ordenar e institucionalizar lo realizado mediante la Reforma de la Constitución”. La contigüidad entre el pensamiento abstracto y la norma jurídica revela que para el peronismo de aquel entonces, la gestión de la cosa pública era inescindible de una concepción del hombre y del mundo.
La Tercera Posición: Una Respuesta a la Crisis Civilizatoria
El clima de la segunda posguerra fue diagnosticado por el peronismo como una crisis civilizatoria terminal. El siglo XX, marcado por la tecnicidad desenfrenada y la barbarie de las guerras totales, había demostrado que el progreso material no se traducía necesariamente en un avance moral. En este escenario de angustia ontológica, la Tercera Posición no emergió como un término medio gris ni como una equidistancia cobarde, sino como una superación dialéctica y situada. Fue la respuesta argentina al agotamiento de las dos grandes cosmogonías imperialistas que dominaban el planisferio. Por un lado, el imperialismo capitalista, cuya base filosófica reside en el egoísmo individualista de cuño hobbesiano —donde el hombre es el lobo del hombre—; por el otro, el imperialismo comunista, que mediante un colectivismo burocrático engendraba estados gigantescos que anulaban la potencia vital del individuo.
El Justicialismo se postuló así como una vía alternativa que rechazaba tanto la atomización social del mercado como la asfixia estatal del marxismo. Perón, en un gesto de erudición que desafiaba a los "doctores" de la academia liberal, reivindicaba la tradición clásica para explicar su propia praxis política: “Alejandro, el más grande general de todos los tiempos, tuvo por maestro a Aristóteles. Siempre he pensado entonces que mi oficio tenía algo que ver con la filosofía”. Esta declaración no era una licencia poética, sino la afirmación de que el conductor político debe ser, ante todo, un intérprete de la realidad humana. Frente a la deshumanización del sujeto en la modernidad tardía, el Justicialismo propuso una filosofía que no renegaba de lo espiritual en pos de lo material, sino que buscaba su síntesis. Esta postura se yergue hoy como un baluarte crítico frente a los fundamentalismos de mercado que, bajo nuevas máscaras libertarias, pretenden reducir la existencia humana a una mera transacción comercial, ignorando la crisis de valores que ya en 1949 Perón señalaba con precisión.
La Comunidad Organizada: El Yo en el Nosotros
Si el Justicialismo es el proyecto en marcha, la "Comunidad Organizada" es su "alfa", el pilar fundamental que sostiene la arquitectura doctrinaria de la nación. Este concepto recupera la distinción de Ferdinand Tönnies entre la comunidad orgánica y la sociedad artificial y contractual. Frente a la fragmentación social que promueve el neoliberalismo —ese desprecio por lo común que hoy asedia nuestras instituciones—, la doctrina peronista propone el vínculo armónico entre el individuo, el Estado y la comunidad. No hay realización individual posible en una comunidad que no se realiza; la libertad no es el capricho del ego, sino la plenitud del sujeto integrado.
En este esquema, el Estado no es un gendarme ausente ni un déspota absoluto, sino el articulador que permite que la potencia del individuo se despliegue en función del bienestar colectivo. En el Justicialismo es posible la “realización y perfeccionamiento del yo en el nosotros”. Esta noción de "pensamiento situado" desafía la lógica de la competencia descarnada que hoy se nos quiere imponer como ley natural. La Comunidad Organizada es el antídoto contra la atomización que las corporaciones y los intereses financieros globales necesitan para debilitar la soberanía de los pueblos. Es la recuperación de la sociabilidad natural aristotélica frente a la mecánica asociativa artificial del liberalismo, una visión que sitúa al hombre de carne y hueso en el centro del sistema, protegiéndolo de la desintegración que conlleva la soledad del mercado.
La Institucionalización de la Justicia Social: La Constitución de 1949
La Reforma Constitucional sancionada el 11 de marzo de 1949 fue el instrumento jurídico que dio permanencia a la revolución social. No bastaba con la mística del 17 de octubre; era imperativo que la soberanía económica, la independencia política y la justicia social adquirieran estatus constitucional. Al establecer la función social de la propiedad y los derechos del trabajador, la niñez y la ancianidad, la Argentina del 49 rompió con el constitucionalismo liberal del siglo XIX para fundar una democracia social. Sin embargo, este avance civilizatorio fue combatido con una ferocidad que aún hoy resuena en nuestra historia.
La derogación de esta Constitución mediante un bando militar en 1956 representa uno de los actos de mayor ignominia jurídica en la historia moderna. Mo Amavet subraya la “abismal contraposición entre democracia y dictadura” que este hecho puso de manifiesto: mientras la reforma del 49 nació de la voluntad popular y de una convención soberana, su eliminación fue un acto de fuerza bruta para restaurar el orden colonial. Esta técnica de "borrar" el derecho mediante decretos o mandos militares encuentra un eco alarmante en el presente, donde sectores neoliberales pretenden, mediante la fuerza institucional o el abuso del poder ejecutivo, desmantelar las conquistas laborales y la protección de los recursos nacionales. La Constitución del 49 sigue siendo el testimonio de una nación que se atrevió a pensar un derecho propio, ajeno a las prescripciones de las metrópolis, y su silenciamiento histórico es la prueba del miedo que las élites le profesan a la organización popular institucionalizada.
Memoria, Conflicto y la Búsqueda del Omega
La historia de la preservación de "La Comunidad Organizada" es un relato de resistencia contra la "depredación de los documentos de nuestra historia". La labor de investigadores como Oscar Castellucci revela un proceso de búsqueda casi detectivesco, una investigación "anárquica" necesaria para sortear la anemia institucional y el olvido forzado por las dictaduras. Es fascinante observar cómo el audio original de Perón en el Archivo General de la Nación —conservado bajo un registro singular y no con el título de la obra— revela una verdad incómoda para la academia estática: Perón, en Mendoza, solo leyó los últimos seis capítulos de la obra. Los primeros dieciséis fueron una inserción posterior en las Actas del Congreso, lo que sugiere una construcción colectiva de la doctrina, donde muchas manos colaboraron, pero la dirección política y el "alfa" del pensamiento fueron siempre del Conductor.
Esta búsqueda de la fuente original es una metáfora de nuestra propia lucha por la identidad. Durante décadas, se intentó inscribir esta obra en la clave del fascismo, una lectura caprichosa que ignora su horizonte humanista. Hoy, la tensión entre "Pueblo o Corporaciones" es la disputa central. Como nos advertía Arturo Jauretche, cuya lucidez recupera el prefacio de Mo Amavet: “Para pensar como argentinos necesitamos ubicarnos en el centro del mundo, ver el planisferio desarrollado alrededor de ese centro... Nunca seremos nosotros mismos si continuamos colocándonos en el borde del mapa, como un lejano suburbio del verdadero mundo”. Si La Comunidad Organizada es el "alfa", el "omega" debe ser el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, esa actualización necesaria para enfrentar un mundo multipolar asolado por guerras preventivas y fundamentalismos.
En conclusión, la vigencia del 49 no es nostalgia, sino herramienta de combate. Frente a un neoliberalismo que pretende aniquilar lo común, la Tercera Posición se reafirma como una necesidad histórica. La lucha por una patria libre y soberana exige recuperar este pensamiento situado, no como una pieza de museo, sino como el fundamento de una sociedad que se niega a ser fragmentada. La realización del "nosotros" es la única respuesta posible a la crisis civilizatoria que, hoy como ayer, amenaza con reducir la dignidad humana al silencio de la servidumbre.
REFERENCIAS
- Castellucci, O. (2016). Prólogo I: Aportes para una nueva lectura de La comunidad organizada. En J. D. Perón, La comunidad organizada (1949) (2.a ed., pp. 15-23). Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación.
- Jauretche, A. (2012). Textos selectos. Buenos Aires: Corregidor. (Citado en Mo Amavet, 2016).
- Mo Amavet, I. (2016). Prefacio: Comunidad organizada y Reforma Constitucional de 1949: fundamentos de un Proyecto Nacional. En J. D. Perón, La comunidad organizada (1949) (2.a ed., pp. 7-13). Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación.
- Perón, J. D. (2016). La comunidad organizada (1949). (2.a ed.). Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación.
- Vázquez, P. A. (2016). Prólogo II: Comunidad organizada: mito, acontecimiento, comunicación y procesos de circulación. En J. D. Perón, La comunidad organizada (1949) (2.a ed., pp. 25-42). Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación.

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