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Los votantes libertarios nunca puede oler al diablo

De la promesa de destruir a la casta al espectáculo de ver cómo otros se enriquecen mientras crecen la precarización, el desempleo y la frustración



La célebre frase del Indio Solari en El Tesoro de los Inocentes adquiere una resonancia inesperada en la Argentina de Javier Milei. Allí donde la realidad golpea con despidos, endeudamiento, pérdida de derechos y concentración económica, una parte importante de la sociedad sigue sin identificar quiénes son los verdaderos beneficiarios del modelo. ¿Qué ocurre cuando la víctima aplaude al verdugo y llama libertad a su propia precarización?

Hay frases que sobreviven a las canciones porque terminan describiendo épocas enteras. Versos que nacieron para hablar de una experiencia particular pero que, con el paso del tiempo, adquieren una potencia política inesperada. "El tonto nunca puede oler al diablo", escribió el Indio Solari en El Tesoro de los Inocentes, una de las obras más emblemáticas del universo ricotero. Décadas después, esa sentencia parece haber encontrado una nueva vida en la Argentina libertaria.

La resignificación surge casi de manera inevitable: los votantes libertarios nunca pueden oler al diablo.

No se trata de una descalificación intelectual ni de un insulto fácil. Tampoco de una simplificación destinada a ridiculizar a millones de personas. El fenómeno es bastante más complejo y, justamente por eso, mucho más preocupante. Lo que parece emerger es una incapacidad colectiva para identificar dónde reside realmente el poder, quiénes se benefician de determinadas políticas económicas y cuáles son los intereses que se esconden detrás de discursos cuidadosamente construidos alrededor de palabras seductoras como libertad, rebeldía, meritocracia o antipolítica.

La paradoja es tan evidente como incómoda. Un gobierno que llegó prometiendo terminar con los privilegios terminó fortaleciendo a los sectores más concentrados de la economía. Un proyecto político que se presentó como la gran rebelión contra la casta encontró rápidamente puntos de encuentro con empresarios, financistas y grupos de poder que llevan décadas influyendo sobre las decisiones del Estado argentino. Sin embargo, para una parte importante de sus seguidores, la narrativa permanece intacta.

Allí aparece el diablo.

No como una figura religiosa. No como una presencia sobrenatural. El diablo como metáfora del poder real. Como representación de aquellos intereses que prosperan cuando los salarios pierden valor, cuando el empleo se vuelve más precario, cuando las regulaciones laborales desaparecen y cuando los derechos sociales conquistados durante generaciones son redefinidos como obstáculos para el mercado.

La gran habilidad del neoliberalismo nunca consistió en convencer a los ricos. Los ricos no necesitan ser convencidos. Su verdadero talento siempre fue persuadir a los perjudicados de que el sacrificio propio constituye una forma de libertad. Convencerlos de que perder derechos es ganar autonomía. De que resignar protección social es conquistar independencia. De que aceptar peores condiciones laborales es una muestra de modernidad y no una derrota.

En esa operación cultural reside buena parte del fenómeno Milei.

La estética de la rebeldía ocupa el lugar que antes pertenecía a la discusión política. El grito reemplaza al argumento. El meme sustituye al análisis. La provocación permanente se transforma en una estrategia de comunicación capaz de eclipsar las consecuencias concretas de las medidas de gobierno. Mientras tanto, el deterioro de los ingresos, la caída del consumo, la pérdida de puestos de trabajo y la transferencia de recursos hacia los sectores más concentrados pasan a un segundo plano.

Hubo una promesa que resultó particularmente seductora para miles de jóvenes y trabajadores desencantados. Les dijeron que iban a derrotar a la casta política. Que terminarían con los privilegios. Que el mérito volvería a ser la única regla del juego. Que cobrarían en dólares. Que podrían acceder sin restricciones a los bienes importados que observaban detrás de las vidrieras. Que el mercado los recompensaría por su esfuerzo. Que el Estado dejaría de ser un problema y que la prosperidad estaba a la vuelta de la esquina.

Pero la realidad tiene una costumbre desagradable: tarde o temprano presenta la factura.

Muchos de aquellos jóvenes que soñaban con salarios dolarizados descubren hoy que ni siquiera logran acceder a empleos estables. Quienes imaginaban una explosión de oportunidades enfrentan condiciones laborales cada vez más precarias, contratos temporarios, pérdida de derechos y remuneraciones insuficientes para sostener un proyecto de vida. Aquellos que celebraban la flexibilización laboral en nombre de la libertad empiezan a experimentar en carne propia lo que significa negociar en absoluta soledad frente a empresas que concentran el verdadero poder económico.

La situación adquiere ribetes casi tragicómicos. Mientras una parte importante de la sociedad ajusta consumos, posterga proyectos y enfrenta crecientes dificultades para llegar a fin de mes, aparecen nuevos ganadores del modelo. Funcionarios, voceros, operadores mediáticos y personajes cercanos al poder exhiben trayectorias económicas que contrastan violentamente con la realidad cotidiana de quienes apostaron por la motosierra.

Los Adorni de la vida prosperan mientras los soldados digitales que defendieron cada recorte desde las redes sociales descubren que el mercado no los convirtió en millonarios sino en trabajadores más vulnerables. La casta que supuestamente iba a desaparecer simplemente cambió de nombres, de rostros y de slogans.

Y si la historia necesitaba una escena final para condensar todas las contradicciones del experimento libertario, llegó con el escándalo de Libra. Allí, miles de seguidores observaron cómo la promesa de riqueza rápida y modernidad financiera terminaba envuelta en denuncias de estafa, pérdidas económicas y sospechas que golpearon directamente el corazón del relato oficial. Resultó difícil sostener el discurso de la transparencia absoluta cuando quienes depositaron confianza y dinero terminaron denunciando haber sido utilizados como combustible para beneficiar a unos pocos.

Sin embargo, incluso frente a esas evidencias, una parte considerable de los seguidores continúa defendiendo al líder con una convicción que ya no parece política sino religiosa. Y es precisamente allí donde la frase del Indio adquiere toda su potencia.

Porque el problema no es que el diablo sea invisible.

El problema es que muchas veces aparece disfrazado exactamente de aquello que promete combatir. Habla en nombre de la libertad mientras concentra poder. Se presenta como antisistema mientras fortalece a los sectores dominantes. Denuncia privilegios mientras construye otros nuevos. Se vende como una revolución mientras aplica recetas económicas tan viejas como conocidas en la historia argentina.

Quizás allí radique la tragedia política de este tiempo. No en la existencia del diablo, sino en la imposibilidad de reconocerlo cuando se presenta vestido de salvador. Porque cuando el ajuste es celebrado como una epopeya, cuando la desigualdad es presentada como una virtud y cuando la destrucción de derechos se transforma en una bandera identitaria, la pregunta deja de ser económica o electoral para convertirse en un problema cultural mucho más profundo.

La pregunta es cuántas decepciones hacen falta para romper el hechizo.

Cuántos empleos perdidos.

Cuántas promesas incumplidas.

Cuántos privilegios reciclados.

Cuántos Adorni enriquecidos.

Cuántos Libra.

Cuántas castas nuevas.

Cuánto olor a diablo debe invadir una habitación para que quienes están dentro finalmente adviertan que siempre estuvo allí.



Prof. Walter Onorato

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