El 23 de julio de 1949, Juan Domingo Perón lanzó una ambiciosa campaña nacional de reforestación que unió planificación estatal, educación pública y soberanía sobre los recursos naturales. Mientras hoy el discurso ambiental suele quedar atrapado entre el marketing verde y los negocios privados, aquella política proponía que plantar un árbol fuera un acto de construcción nacional.
El 23 de julio de 1949 no fue un día cualquiera para el gobierno de Juan Domingo Perón. Mientras el país avanzaba con el Primer Plan Quinquenal, la industrialización por sustitución de importaciones y una fuerte expansión de la obra pública, el presidente encabezó un acto que con el tiempo quedaría relegado a un segundo plano dentro de la memoria histórica argentina. Frente a funcionarios, trabajadores, estudiantes y vecinos reunidos sobre la Ruta Nacional 8 y la avenida Márquez, en las inmediaciones del Barrio General San Martín, Perón dio inicio a la Campaña Nacional de Reforestación.
La ceremonia contó con la presencia de Eva Perón, del vicepresidente Juan Hortensio Quijano, del gobernador bonaerense Domingo Mercante y de buena parte del gabinete nacional. Sin embargo, el verdadero protagonista del acto no fue ninguno de ellos, sino un pequeño árbol que el propio presidente plantó como símbolo de una política pública destinada a transformar la relación entre la sociedad argentina y sus recursos naturales.
No se trataba de una actividad ceremonial ni de un gesto aislado pensado para alimentar la propaganda oficial. La campaña respondía a un diagnóstico elaborado por organismos técnicos del Estado que advertían sobre el deterioro progresivo de los bosques argentinos, la explotación irracional de la madera, el avance de la erosión de los suelos y la necesidad de garantizar materias primas estratégicas para una economía que buscaba reducir su dependencia del exterior.
A mediados del siglo XX la Argentina atravesaba una profunda transformación económica. La industrialización requería madera para la construcción, para los durmientes ferroviarios, para la fabricación de muebles, para la industria papelera y para múltiples actividades productivas. La expansión agrícola también comenzaba a mostrar los efectos de décadas de desmontes indiscriminados que alteraban los suelos y afectaban el equilibrio hídrico de distintas regiones.
En ese contexto, el bosque dejó de ser visto únicamente como un recurso natural disponible para la explotación privada. El Estado peronista comenzó a concebirlo como un patrimonio estratégico cuya conservación debía formar parte de una planificación nacional de largo plazo.
Esa idea quedó reflejada en el discurso pronunciado por Perón durante la inauguración de la campaña. Allí afirmó que la República debía cubrirse de árboles y sostuvo que había llegado el momento de abandonar los homenajes simbólicos para pasar a la acción concreta. En una de las frases más recordadas de aquella jornada expresó que era necesario "terminar con los cantos al árbol y con los discursos al árbol, para dedicarnos a cavar un pozo en la tierra, plantar un retoño y cuidarlo".
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| Nota de tapa del diario Clarín del 23 de julio de 1949 |
La afirmación sintetizaba una concepción profundamente ligada a la cultura política del peronismo. Las transformaciones sociales no debían limitarse a declaraciones o buenas intenciones, sino materializarse mediante la intervención organizada del Estado y la participación activa de la comunidad. Plantar un árbol adquiría así un significado mucho más amplio que el simple embellecimiento del paisaje. Se convertía en un acto de responsabilidad colectiva vinculado al desarrollo económico, a la protección ambiental y a la construcción del futuro.
La campaña de reforestación se integraba además al conjunto de políticas impulsadas durante el Primer Plan Quinquenal. En aquellos años el gobierno promovía la nacionalización de sectores estratégicos, el fortalecimiento de las empresas públicas, el impulso a la industria nacional y la planificación económica como herramientas para consolidar la soberanía del país. Dentro de esa lógica, los recursos forestales también debían ser administrados racionalmente para evitar su agotamiento y garantizar su aprovechamiento por las generaciones futuras.
La iniciativa no quedó reducida a una ceremonia presidencial. Paralelamente, el Estado fortaleció viveros forestales, promovió investigaciones sobre especies arbóreas, desarrolló estadísticas especializadas, impulsó estudios técnicos sobre conservación de bosques y amplió la capacidad administrativa de los organismos encargados del manejo forestal.
El objetivo era avanzar hacia una verdadera política nacional de forestación y reforestación, capaz de combinar producción económica, preservación ambiental y planificación territorial.
Uno de los aspectos más innovadores fue la incorporación del sistema educativo a esa estrategia. Apenas unas semanas antes del acto encabezado por Perón, el gobierno había instituido oficialmente la Semana del Árbol en las escuelas argentinas. Miles de alumnos comenzaron a participar en jornadas de plantación, actividades educativas y campañas destinadas a crear conciencia sobre la importancia de conservar los bosques.
Mucho antes de que conceptos como educación ambiental o desarrollo sustentable ingresaran al vocabulario habitual, el Estado buscaba instalar la idea de que el cuidado del patrimonio natural debía formar parte de la formación ciudadana.
Esta dimensión educativa resulta especialmente significativa cuando se observa el contexto internacional de la época. En 1949 todavía faltaban varias décadas para que las grandes conferencias mundiales colocaran la cuestión ambiental en el centro de la agenda política. La preocupación dominante seguía siendo la reconstrucción económica de la posguerra y el crecimiento industrial.
Sin embargo, el gobierno argentino entendía que el desarrollo económico no podía sostenerse indefinidamente sobre la destrucción de los recursos naturales. La conservación de los bosques aparecía vinculada a la productividad agrícola, al abastecimiento industrial, a la regulación de los cursos de agua y a la calidad de vida de la población.
Esta perspectiva difería tanto de una explotación puramente extractiva como de una visión conservacionista desligada de la producción. Para el peronismo, proteger los bosques significaba fortalecer la capacidad productiva del país y consolidar su independencia económica.
No es casual que esa política surgiera en un momento en que el Estado ampliaba su presencia sobre áreas consideradas estratégicas. Del mismo modo que se impulsaban empresas públicas, infraestructura energética, siderurgia o transporte ferroviario, también se entendía que la riqueza forestal debía ser objeto de planificación y administración estatal.
La campaña apelaba además a una fuerte carga simbólica. El árbol representaba permanencia, crecimiento y continuidad histórica. Plantarlo implicaba asumir un compromiso que excedía la coyuntura política inmediata. Quien colocaba un retoño en la tierra difícilmente disfrutaría plenamente de su desarrollo. Lo hacía pensando en quienes vendrían después.
Esa dimensión intergeneracional ocupaba un lugar central en el mensaje presidencial. Los árboles eran presentados como una herencia colectiva cuya conservación constituía una obligación moral del presente hacia el futuro.
Con el paso de los años, esta experiencia quedó prácticamente ausente de los relatos más difundidos sobre el primer peronismo. La memoria histórica tendió a concentrarse en la ampliación de derechos laborales, la industrialización, la política social o las nacionalizaciones, mientras la cuestión forestal permaneció relegada a investigaciones especializadas.
Sin embargo, recuperar aquel episodio permite comprender que la planificación estatal impulsada durante esos años también alcanzó ámbitos que hoy suelen asociarse exclusivamente a las políticas ambientales contemporáneas.
Resulta llamativo que, en una época donde abundan discursos empresariales sobre sustentabilidad y responsabilidad ambiental, pocas veces se recuerde que hace más de siete décadas un gobierno argentino impulsó una campaña nacional para plantar árboles como parte de un proyecto integral de desarrollo económico y soberanía sobre los recursos naturales.
La diferencia no es menor. Mientras buena parte de las políticas ambientales actuales suelen quedar subordinadas a incentivos de mercado, certificaciones privadas o mecanismos de compensación impulsados por grandes corporaciones, la campaña de 1949 concebía la protección forestal como una responsabilidad indelegable del Estado y como una tarea colectiva vinculada al interés nacional.
Aquella imagen de Perón plantando un árbol no buscaba únicamente inmortalizar una fotografía oficial. Expresaba una forma de entender la relación entre política, naturaleza y desarrollo. El árbol dejaba de ser un elemento ornamental para convertirse en parte de una estrategia de construcción nacional.
Quizás por eso aquella frase pronunciada durante la inauguración de la campaña conserva todavía una notable actualidad. Frente a la tentación permanente de reemplazar las acciones concretas por los discursos grandilocuentes, el presidente proponía abandonar los homenajes retóricos y comenzar, simplemente, por cavar un pozo, plantar un retoño y asumir la responsabilidad de cuidarlo.
Más de setenta años después, cuando la deforestación, el cambio climático y la degradación ambiental ocupan un lugar central en el debate público, aquella campaña de reforestación de 1949 recuerda que la protección de los recursos naturales no siempre fue pensada como una oportunidad de negocios. Hubo un tiempo en que formó parte de un proyecto político que concebía al Estado como garante del patrimonio común y entendía que el desarrollo económico sólo podía ser verdaderamente nacional si también era capaz de preservar la riqueza natural sobre la cual ese desarrollo se construía.
DISCURSO: AL INAUGURAR UNA CAMPAÑA DE REFORESTACIÓN
Compatriotas:
¿Qué podría decir yo de nuevo en esta tierra en la cual estamos desde hace tantos años cantando nuestros deseos al árbol que esperamos? La República debe cubrirse de árboles, que demuestren que estos deseos, que hemos cantado tantos años, se convierten en la voluntad inquebrantable de plantarlos, de cuidarlos y de utilizarlos para el bien de la patria.
Por eso, desde este punto de la República, Dios permite que, con su invocación, hagamos llegar al pueblo argentino, desde Jujuy a Tierra del Fuego, y desde Buenos Aires a Mendoza, la transmisión de esa inquebrantable voluntad argentina de plantar árboles, de enriquecernos con los bienes que ellos traen a nuestra tierra. Incito así, para que quede grabado como una nueva obligación argentina, la de terminar con los cantos al árbol y con los discursos al árbol, para dedicarnos a cavar un pozo en la tierra, plantar un retoño y cuidarlo como cuidamos a la patria misma.
Eso es cuanto puedo decir sobre el árbol y cuanto hay que realizar de lo que decimos. Que sean estas palabras mías la incitación, que llegue al corazón de los argentinos, para que dejemos de una vez por todas de decir para hacer y dejemos, para siempre, de prometer, para realizar.
Fuente: Presidencia de la Nación, Subsecretaría de Informaciones, Dirección General de Prensa. En: BP D19 (12).
Discurso realizado en los terrenos frente al Barrio de Suboficiales General San Martín, Ruta 8 y Avenida Márquez, provincia de Buenos Aires. Con la presencia de la señora Eva Perón; el vicepresidente de la Nación, doctor Juan Hortensio Quijano; el ministro de Educación, doctor Oscar Ivanissevich; y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, coronel Domingo Mercante.
Prof. Walter Onorato
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