La génesis del Primero de Mayo: Entre la alienación del capital y la resistencia de la comunidad organizada - HISTORIANDOLA

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La génesis del Primero de Mayo: Entre la alienación del capital y la resistencia de la comunidad organizada

El Primero de Mayo se erige en la cronología de la modernidad no como una efeméride vacía de asueto institucionalizado, sino como el símbolo más lacerante de la ruptura ontológica entre el productor y sus condiciones materiales de existencia; representa el punto de ignición donde la conciencia de clase intenta reconstituir una comunidad organizada frente a la voracidad de un capital que, en su despliegue, ha desarticulado los nexos orgánicos de la vida social para facilitar una extracción absoluta de plusvalía.




En la perspectiva de la historiografía crítica y la economía política, esta fecha no conmemora simplemente una mejora contractual en la jornada laboral, sino el grito de resistencia de un sujeto que ha sido despojado de su naturaleza genérica para ser arrojado a la intemperie del mercado como mera mercancía material. 


Es el recordatorio de que la pretendida libertad del trabajador asalariado, celebrada por el liberalismo, no es más que la desnudez del individuo desvinculado de todo medio de producción propio, una condición de alienación total que la justicia social busca revertir mediante la soberanía económica y la organización colectiva, devolviendo al hombre el control sobre el objetivo de su propio esfuerzo creativo.


Para comprender la magnitud de este conflicto, resulta imperativo deconstruir la noción burguesa del trabajador libre como un producto histórico, y no como un estado natural de la humanidad, pues la modernidad capitalista se asienta sobre un proceso traumático de despojo que los economistas vulgares prefieren ignorar tras sus abstracciones de equilibrio de mercado. 


Como bien señala el análisis de las formaciones económicas precapitalistas, en las formas sociales previas existía una "unidad del trabajo con sus supuestos materiales" donde el individuo no se percibía a sí mismo como un átomo aislado, sino como parte de una totalidad social y productiva. En este estadio originario, el "trabajador se comporta con las condiciones objetivas de su trabajo como con su propiedad: estamos ante la unidad del trabajo con sus supuestos materiales". 


La tierra no era un activo financiero susceptible de especulación, sino el "laboratorium natural" del hombre, el arsenal que proporcionaba tanto el medio como el material de trabajo. El individuo poseía una existencia objetiva independiente del intercambio mercantil, pues su realidad estaba anclada en la pertenencia a una comunidad que mediaba su relación con la naturaleza. 


El surgimiento del capital requirió, por tanto, la disolución de estas formas de propiedad colectiva y la traumática "separación del trabajador con respecto a la tierra como su laboratorium natural", un proceso que no fue una evolución pacífica de la productividad, sino una amputación histórica que dejó al hombre en una situación de indigencia material, convirtiendo su capacidad de trabajo en su única y precaria posesión.


Esta individualización del ser humano, que el atomismo liberal presenta como un triunfo de la autonomía ciudadana, es analíticamente un proceso de aislamiento y vulnerabilidad ontológica que vuelve superfluo el carácter gregario del hombre para transformarlo en una pieza intercambiable del engranaje productivo. 


La historia nos enseña que "el hombre sólo se aísla a través del proceso histórico. Aparece originariamente como un ser genérico, un ser tribal, un animal gregario". La transición hacia el modo de producción capitalista implicó que el intercambio mercantil se convirtiera en el motor que "vuelve superfluo el carácter gregario y lo disuelve", rompiendo los nexos de la comunidad antigua donde el hombre era, por definición, el objetivo de la producción. 


Resulta fundamental aquí la distinción historiográfica entre los distintos modos de producción precapitalistas para entender la raíz del proyecto neoliberal contemporáneo. Mientras que en el modo antiguo la ciudad y sus tierras constituían un todo económico donde la investigación "versa siempre acerca de cuál modo de propiedad crea los mejores ciudadanos" y no sobre cuál es más productivo, en el mundo moderno la riqueza se ha autonomizado como un fin en sí mismo, sacrificando al sujeto frente a un objetivo completamente externo.


El contraste entre el modo antiguo y el modo germánico revela las fisuras por las que penetró el individualismo cosificado. En la Antigüedad clásica, la historia es urbana y la comunidad existe como una unidad soberana que garantiza la propiedad del ciudadano; por el contrario, en el mundo germánico, el domicilio individual aparece como un centro autónomo de producción, y la comunidad sólo surge en la reunión efectiva de estos propietarios independientes. 


Esta estructura germánica, donde la unidad es más débil y potencial, proporcionó el sustrato para el posterior aislamiento del individuo bajo el régimen del capital. Al romperse la protección del gremio medieval o de la comunidad aldeana, el hombre dejó de ser el fin de la riqueza para convertirse en su medio. Eric Hobsbawm, en su crítica a los economistas vulgares, fustiga la reducción de la historia a simples tasas de inversión o crecimiento del producto bruto, ignorando que estas transiciones afectaron la arquitectura misma del alma humana. 


Los economistas modernos, con su fetichismo de la mercancía, pretenden que el crecimiento es una variable aislada, cuando en realidad es el resultado de una reconfiguración de las relaciones sociales que ha amputado la maestría artesanal del trabajador, separando su habilidad del instrumento de producción. Bajo el régimen gremial, el instrumento estaba "adherido al trabajo vivo mismo", de tal modo que no circulaba como capital, sino que era una extensión de la subjetividad del artesano; la modernidad burguesa, al despojar al trabajador de su herramienta, lo ha reducido a un componente inorgánico de la máquina.


El Primero de Mayo emerge, precisamente, de las entrañas de este vacío existencial. No es solo una demanda por la limitación de la jornada, sino el esfuerzo dialéctico por recuperar la existencia objetiva del trabajador como ser social en medio de una sociedad deshumanizada. Es aquí donde la síntesis política de la comunidad organizada adquiere una dimensión de praxis histórica necesaria. Frente al impulso involucionario del neoliberalismo y el atomismo libertario, que buscan desmantelar toda arquitectura comunal para facilitar una extracción de valor sin contrapesos, la comunidad organizada se presenta como la respuesta para terminar con lo que Marx denominó la prehistoria de la sociedad humana. 


La justicia social no debe ser entendida meramente como una distribución de excedentes —lo cual sería una visión limitada y puramente economicista—, sino como la restauración ontológica de la "unidad del trabajo con sus supuestos materiales". Es el intento político de reconstruir el carácter gregario del hombre, permitiendo que la nación deje de ser un mercado de átomos enfrentados para transformarse en una entidad donde el capital esté al servicio de la economía y esta, a su vez, al servicio del bienestar social y la plenitud humana.


La crítica incisiva contra las doctrinas libertarias contemporáneas es imperativa, pues estas no son más que el paroxismo del aislamiento histórico descrito por la historiografía crítica. Su defensa de una libertad abstracta oculta la voluntad de profundizar la enajenación total, despojando al trabajador de los últimos restos de su carácter organizado. Este proyecto busca regresar a una etapa donde el capital domine sin la mediación de sindicatos o estructuras estatales protectoras, exacerbando la desnudez del individuo frente al mecanismo del valor de cambio. 


El Primero de Mayo, por tanto, se levanta como una ruptura frente a este propósito de la producción mercantil que sacrifica la vida en el altar de la acumulación. La soberanía económica es la prótesis de dignidad que permite al trabajador ponerse de pie nuevamente, reclamando que la producción vuelva a tener como objetivo al hombre. Como se advierte, la verdadera riqueza no es la acumulación de objetos ajenos, sino "la universalidad de las necesidades, capacidades, goces, fuerzas productivas, etc., de los individuos, creada en el intercambio universal". Solo superando la limitada forma burguesa de la riqueza, el hombre podrá entrar en el "movimiento absoluto del devenir", donde no se reproduce en un carácter determinado de asalariado, sino que produce su "plenitud total".


En conclusión, el devenir absoluto del trabajador implica la reconquista de su soberanía sobre el proceso productivo y la superación de la etapa prehistórica donde el trabajo es una condición inorgánica. El Primero de Mayo representa el movimiento absoluto de un sujeto que se niega a permanecer estático bajo las leyes de la oferta y la demanda, aspirando a la "elaboración absoluta de sus disposiciones creadoras". 


La justicia social es, en última instancia, el acto de reparación histórica que sutura la fractura entre el hombre y su laboratorium natural, restituyendo la dignidad arrebatada durante los siglos de acumulación originaria. No habrá independencia política verdadera sin una economía que reconozca al trabajo como el eje central de la solidaridad social, transformando la sociedad de una suma de soledades en una comunidad solidaria y justa donde el hombre sea, finalmente, el centro y el fin de toda acción económica. La lucha de los trabajadores, bajo esta luz, es la lucha por la plenitud total frente al vaciamiento pleno que impone la lógica del capital.


Fuentes:

Marx, K. & Hobsbawm, E. J. (2009). Formaciones económicas precapitalistas. México: Siglo XXI Editores.

Perón, J. D. (2016). La comunidad organizada. Buenos Aires: Biblioteca del Congreso de la Nación.


Biografías:

Karl Marx (1818–1883)

Filósofo, economista y militante revolucionario alemán, cuya obra constituye la crítica más radical y sistemática a la arquitectura del modo de producción capitalista. Lejos de ser un teórico de gabinete, Marx desnudó la naturaleza del capital como una relación social basada en el despojo y la explotación, transformando la comprensión de la historia a través del materialismo histórico.

Su análisis sobre la alienación —donde el trabajador pierde el control sobre el producto de su esfuerzo y sobre su propia esencia humana— y su teoría de la plusvalía siguen siendo las herramientas fundamentales para entender la precariedad del sujeto bajo el régimen del mercado. A través de obras fundamentales como El Capital y sus estudios sobre las Formaciones económicas precapitalistas, Marx demostró que el individuo "libre" del liberalismo es, en realidad, un ser desvinculado de su comunidad y de su laboratorium natural. Su legado es una invitación permanente a la praxis: no solo a interpretar el mundo, sino a transformarlo para devolver al hombre su soberanía y su dignidad colectiva frente a la voracidad de la acumulación privada.


Eric Hobsbawm (1917–2012)

Considerado uno de los historiadores más lúcidos e influyentes del siglo XX, Hobsbawm fue un maestro en el análisis de las estructuras del poder y la evolución del capitalismo global. Nacido en el seno de una familia judía en Alejandría y formado en la tradición del marxismo británico, dedicó su vasta obra a documentar las tensiones entre las élites dominantes y las masas populares, desde la Revolución Industrial hasta el colapso del bloque soviético.

Su gran aporte reside en la capacidad de conectar la macroeconomía con la "historia desde abajo", rescatando la dignidad de los artesanos, rebeldes y trabajadores frente a la frialdad de las estadísticas liberales. En sus estudios sobre las sociedades precapitalistas, Hobsbawm fustigó la pretensión de los economistas vulgares de reducir la vida humana a tasas de inversión, denunciando cómo el avance del capital destruyó los nexos orgánicos de la comunidad para imponer la soledad del mercado. Su mirada incisiva es un pilar fundamental para comprender que la lucha por los derechos sociales no es solo una puja económica, sino una batalla cultural por el sentido mismo de la civilización y el bienestar colectivo.


Juan Domingo Perón (1895–1974)

Líder político, estadista y militar argentino, tres veces presidente de la Nación y fundador del movimiento nacional justicialista. Su pensamiento representa la superación dialéctica del individualismo liberal y del colectivismo materialista, proponiendo como tercera posición la Comunidad Organizada: una estructura social donde el hombre no es un átomo aislado ni una pieza del Estado, sino un ser humano pleno que se realiza en una comunidad que también se realiza.

A través de su obra y acción de gobierno, Perón transformó la arquitectura social de la Argentina, elevando el trabajo a la categoría de eje central de la dignidad humana. Su doctrina de Justicia Social, Independencia Económica y Soberanía Política constituye una respuesta concreta al despojo del capital, restituyendo al trabajador su "laboratorium natural" mediante la protección del Estado y la organización sindical. Perón denunció incansablemente el egoísmo de las minorías privilegiadas y la deshumanización de los mercados, sosteniendo que la verdadera libertad solo es posible cuando el capital está al servicio de la economía, y la economía al servicio del bienestar social. Su legado es el de una nación que se piensa a sí misma como una comunidad solidaria frente al aislamiento que impone la lógica del valor de cambio.

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