El colapso del orden liberal en la tercera década del siglo XX no representó meramente una fluctuación cíclica del mercado, sino el estallido terminal de las contradicciones de una civilización burguesa que se pretendía eterna; este análisis disecciona cómo el abismo económico de 1929 desmanteló el mito del mercado autorregulado y, en una ironía histórica suprema, obligó al capital a refugiarse en la planificación estatal y el bienestar social —paradójicamente inspirados por su némesis soviética— para evitar su aniquilación total frente a la marea revolucionaria y el ascenso de una barbarie fascista que amenazaba con devorar los restos de la razón ilustrada.
La civilización decimonónica, ese imponente edificio erigido sobre los pilares del capitalismo liberal, la estructura jurídica burguesa y una fe casi teológica en el progreso material, no sucumbió por un accidente fortuito, sino por la metástasis de sus propias inconsistencias internas. Al concluir lo que Eric Hobsbawm denomina el «siglo XIX largo», el mundo se encontró atrapado en una red de rivalidades imperialistas donde la política y la economía se habían fusionado en una búsqueda de expansión ilimitada, un «todo o nada» que hacía que cualquier compromiso fuera apenas un armisticio temporal. El estallido de 1914 no solo apagó las lámparas de Europa, sino que marcó el inicio del «siglo XX corto» (1914-1991), una centuria definida por la violencia extrema y el derrumbe de un orden que se creía sólido. La Gran Guerra fue la primera evidencia de que el edificio liberal era frágil, pero fue la crisis económica posterior la que demostró que sus cimientos estaban carcomidos por la hybris de una clase hegemónica que había perdido el «mandato del cielo». La fragilidad de este orden se manifestó en la incapacidad de los estadistas para restaurar la «normalidad» previa a 1914; el pasado era ya un territorio irrecuperable y el presente se deslizaba hacia una parálisis sangrienta que brutalizó no solo el campo de batalla, sino la fibra misma de la política moderna, inaugurando una era donde la vida humana se convirtió en una variable prescindible en las ecuaciones del poder y del capital.
Tras el espejismo de estabilidad que supusieron los breves años centrales de la década de 1920, el mazazo de 1929 reveló la vacuidad de la prosperidad burguesa. La Gran Depresión no fue una recesión ordinaria; fue un cataclismo que «sacudió incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas», provocando un desempleo masivo que Hobsbawm identifica acertadamente como la enfermedad social de la civilización occidental en aquella época. En este escenario, el liberalismo económico se mostró impotente, y el mundo contempló con horror cómo el sistema que había prometido el progreso universal «pareció que podría poner fin a la economía mundial global». Este colapso fue el motor que trituró las instituciones de la democracia liberal, dejando el campo libre para el avance del fascismo. La desorientación era tal que el pensamiento económico tradicional se reveló como una superestructura obsoleta, incapaz de ofrecer respuestas a una realidad donde los mendigos se multiplicaban frente a las vitrinas de un lujo inaccesible, evidenciando la deshumanización inherente a un capital que prioriza la acumulación sobre la subsistencia y la dignidad del trabajo. El mercado, lejos de equilibrarse por una supuesta mano invisible, se hundió en una espiral de proteccionismo y miseria que forzó a la humanidad a contemplar el rostro de la Gorgona: la posibilidad real de una regresión irreversible hacia formas de existencia social más brutales y fragmentadas.
Es en este punto de ruptura donde emerge la paradoja histórica más fascinante y provocadora del siglo XX: la supervivencia del capitalismo liberal se debe, en una medida nada desdeñable, a la existencia de su enemigo acérrimo, la Unión Soviética. Mientras el mundo occidental se hundía en el desempleo y la deflación, la URSS, bajo un modelo de planificación centralizada, parecía inmune a las fluctuaciones del mercado mundial. Este contraste no solo alimentó la esperanza de los oprimidos, sino que proporcionó al capital el «incentivo para reformarse desde dentro» ante el pánico que inspiraba la posibilidad de una revolución proletaria global. Hobsbawm es incisivo al señalar la ironía de que el resultado más perdurable de la revolución de octubre fuera «el de haber salvado a su enemigo acérrimo», al suministrarle las herramientas de la planificación económica y la intervención estatal necesarias para estabilizarse. Sin el miedo al «virus rojo» y sin el ejemplo de un sistema que garantizaba el pan y el trabajo, el capitalismo jamás habría consentido la creación del Estado Social. El modelo de gestión pública que caracterizaría la posterior «Edad de Oro» (1947-1973) no fue un acto de generosidad burguesa, sino una concesión estratégica. Aquí, el concepto de Keynesianismo y la planificación económica dejaron de ser exclusividades bolcheviques para convertirse en necesidades vitales del propio capital, que tuvo que mimetizar las formas de su oponente para no perecer bajo su propio peso.
Sin embargo, esta transformación no detuvo la deriva hacia lo que Hobsbawm describe como una auténtica barbarie moderna, una regresión en las normas de conducta civilizada que marcó profundamente el carácter del siglo. El autor advierte sobre la «brutalización» de la política y la guerra, señalando un retroceso marcado desde los niveles que se consideraban normales en el siglo XIX. La desintegración de las pautas sociales y la ruptura de los vínculos generacionales crearon un vacío donde la tortura y el asesinato llegaron a ser elementos normales en el sistema de seguridad de los estados modernos, rompiendo con la evolución jurídica positiva iniciada en la Ilustración. Esta barbarie no solo se manifestó en el genocidio sistemático, sino en la desparición de las advertencias previas de guerra y el respeto a la población civil; el siglo XX se convirtió en el más mortífero de la historia, con una estimación de 187 millones de muertes violentas. A esto se suma un cambio estructural sin parangón: el fin de siete u ocho milenios de historia humana con la muerte definitiva del campesinado. Esta «muerte del pasado» rural, acelerada por la industrialización y el capital, arrancó a la humanidad de sus raíces orgánicas, dejando al trabajador alienado en un entorno urbano impersonal, donde su única identidad es la de consumidor o la de engranaje en una maquinaria de guerra o producción total.
El historiador marxista-humanista observa con alarma cómo la «destrucción del pasado» ha dejado a las nuevas generaciones viviendo en una suerte de «presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven». Esta amnesia histórica es el caldo de cultivo ideal para el retorno de un «individualismo asocial absoluto», esa ideología neoliberal que hoy pretende desmantelar aquellos logros del Estado Social que fueron arrancados al capital tras la Gran Depresión. La deshumanización del trabajador, reducido a una métrica de productividad en un mercado globalizado, es una advertencia de que los niveles de barbarie que nuestros antepasados creían haber superado están siempre al acecho cuando la soberanía económica se entrega al arbitrio de fuerzas financieras transnacionales. La crisis actual no es solo económica; es la crisis de una civilización que ha perdido sus mapas morales. La «Edad de Oro» fue una anomalía histórica, una tregua dictada por el miedo a la catástrofe soviética y la memoria del hambre de los años treinta. Al desvanecerse esa memoria y ese contrapeso político, el capital retorna a su estado de naturaleza salvaje, ignorando que una sociedad basada exclusivamente en la gratificación personal y el beneficio privado está condenada a la inestabilidad permanente y al naufragio ético.
La importancia estratégica de la Gran Depresión reside en haber actuado como la partera de un mundo que, por un breve momento, puso la justicia social y la solidaridad en el centro de la agenda política frente al colapso del individualismo radical. La crisis moral del fin de siglo, que evoca el «gemido» de T. S. Eliot, refleja el colapso de las creencias racionalistas y humanistas que alguna vez compartieron el capitalismo liberal reformado y el socialismo en su breve alianza antifascista. Hoy, cuando los teólogos del laissez-faire pretenden retornar a las políticas fallidas del período de entreguerras, el análisis de Hobsbawm se vuelve un imperativo de resistencia intelectual. La soberanía económica y la protección del trabajo no son meras opciones de gestión; son los únicos pilares capaces de sostener un futuro que no sea una repetición de las oscuridades del siglo XX. Al cerrar este análisis, queda claro que si no somos capaces de recordar que el progreso material debe estar subordinado a la dignidad humana y a la memoria histórica, estaremos condenados a habitar un presente vacío, esperando el próximo estallido de un sistema que, en su hybris, ha olvidado las lecciones del abismo. La justicia social no es un lujo de tiempos de bonanza, sino la única alternativa racional a la barbarie que sobreviene cuando el capital decide que el ser humano es un costo prescindible en el altar del mercado libre.
Fuentes:
Hobsbawm, E. (1998). Historia del Siglo XX. (J. Fací, J. Ainaud, & C. Castells, Trads.). Buenos Aires: Crítica (Grijalbo Mondadori, S.A.). (Obra original publicada en 1994).

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