¿Sabías que la URSS forzó las reformas que salvaron al capitalismo? - HISTORIANDOLA

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¿Sabías que la URSS forzó las reformas que salvaron al capitalismo?

Lejos de enterrar al sistema burgués, la Revolución Rusa y su posterior victoria militar sobre el fascismo forzaron al capital a reformarse bajo la sombra del miedo, construyendo una Edad de Oro cimentada en la planificación y los derechos sociales que el neoliberalismo contemporáneo se empeña en desmantelar.




El Colapso de la Civilización Decimonónica y el Vientre de la Catástrofe

El inicio del siglo XX corto no debe interpretarse como un simple tránsito cronológico, sino como el estallido sistémico de una arquitectura civilizatoria que se pretendía eterna y que, sin embargo, saltó por los aires en 1914. El "siglo XIX largo", aquel periodo de aparente estabilidad burguesa, progreso material y hegemonía europea, no colapsó por errores diplomáticos fortuitos, sino porque el modelo liberal-capitalista había agotado sus válvulas de escape. Esta civilización era capitalista en lo económico y liberal en su estructura jurídica, convencida de que el progreso moral caminaría de la mano con el dominio de las grandes potencias sobre el mundo. Sin embargo, la Gran Guerra reveló que el sistema burgués era incapaz de gestionar las fuerzas que él mismo había desencadenado. Las instituciones liberales se mostraron impotentes entre 1914 y 1917, perdiendo lo que en la tradición política china se denomina el "mandato del cielo". En este vacío de poder, ante la inacción de una burguesía que había conducido al mundo al matadero de las trincheras, la Revolución de Octubre surgió no como una anomalía, sino como una respuesta inevitable y desesperada. Fue la única fuerza dispuesta a recoger el poder que yacía en las calles ante la parálisis sangrienta de un orden que ya no sabía cómo gobernar.


Como bien señaló Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores británico, al observar las luces de Whitehall la noche en que estalló el conflicto: "las lámparas se apagan en toda Europa; no volveremos a verlas encendidas antes de morir". Esta sentencia no solo capturaba el fin de la paz, sino el desvanecimiento de un orden liberal que no regresaría jamás. El impacto de 1917 fue tal que el mundo que se desintegró a finales de los años ochenta fue, en esencia, el mismo que cobró forma bajo el choque de la revolución bolchevique. La incapacidad de la civilización decimonónica para detener la carnicería hizo que la Revolución Rusa ofreciera la única alternativa política capaz de sacudir los cimientos de la economía global, convirtiéndose en el acontecimiento más crucial del siglo. El vacío dejado por la inacción burguesa fue llenado por la promesa de pan, paz y tierra, una consigna que resonó en un continente que veía cómo sus estructuras liberales se desmoronaban bajo el peso de la barbarie y la guerra total.


El Ejército Rojo como Salvador de la Democracia Liberal

Resulta una de las paradojas más mordaces del siglo XX que la supervivencia de la democracia liberal dependiera, en su momento más oscuro, del éxito militar de su némesis ideológica. Durante las décadas de 1930 y 1940, la alianza entre el capitalismo liberal y el comunismo soviético no nació de una afinidad de valores, sino de una descarnada estrategia de supervivencia frente al fascismo, ese movimiento contrarrevolucionario que rechazaba los principios racionalistas compartidos por liberales y marxistas. El régimen soviético, mediante una economía de planificación que demostró una superioridad organizativa aplastante frente a la Rusia zarista —cuya ineficiencia en la Primera Guerra Mundial fue notoria—, logró movilizar recursos a una escala sin precedentes. Sin la capacidad de la URSS para resistir y finalmente aplastar la máquina de guerra alemana, el destino de Europa occidental no habría sido el parlamentarismo, sino una deriva hacia variantes diversas de regímenes autoritarios o el vasallaje bajo el yugo de Berlín.


Es imperativo reconocer, con la honestidad que la historia exige, que la victoria sobre la Alemania de Hitler fue "esencialmente obra... del ejército rojo". Mientras las democracias occidentales se replegaban tras fortificaciones vulnerables o confiaban en su aislamiento geográfico, fue el pueblo soviético el que soportó el peso más brutal del conflicto. El costo humano de este rescate del mundo "civilizado" fue astronómico y difícil de procesar para la mente contemporánea. Aunque las cifras oficiales han oscilado entre los 7 y los 30 millones de fallecidos, Hobsbawm nos recuerda que la exactitud estadística palidece ante la magnitud del horror: la pérdida se situó entre el 10 y el 20% de la población total de la URSS. ¿Qué importancia tiene la precisión decimal cuando se trata de una matanza que dejó a la Unión Soviética con solo cuatro hombres por cada siete mujeres en ciertos grupos de edad? Este sacrificio inmenso permitió que el capitalismo liberal tuviera una segunda oportunidad sobre un continente que, de otro modo, habría sido una vasta colonia de esclavitud nazi. La victoria militar soviética no solo reestructuró el mapa geopolítico, sino que transitó hacia una influencia profunda en las reformas económicas de posguerra.


El Incentivo del Terror: La Reforma Interna del Capitalismo

El éxito del modelo soviético operó como un catalizador sistémico que obligó al capitalismo a "humanizarse" mediante lo que podemos llamar el incentivo del miedo. Tras 1945, la sola existencia de la URSS como superpotencia y la expansión de regímenes que reclamaban ser la alternativa al sistema burgués proporcionaron al capital el "incentivo para reformarse" desde dentro. La amenaza de una revolución global no era un fantasma retórico, sino una posibilidad tangible que obligó a las elites occidentales a abandonar la ortodoxia del laissez-faire. La ironía de la historia reside en que la Revolución de Octubre, cuyo objetivo era enterrar el capitalismo, terminó suministrándole los procedimientos para su reforma y la presión necesaria para su modernización. El concepto de "planificación económica" y la adopción de medidas de "justicia social" en Occidente no fueron actos de benevolencia intrínseca del mercado, sino subproductos de la competencia con el modelo socialista.


Esta dinámica de confrontación dio lugar a la "Edad de Oro" (1947-1973), un periodo de crecimiento económico y transformación social sin precedentes que probablemente cambió la sociedad humana más profundamente que cualquier otro lapso de duración similar. Fue durante estos años cuando se construyeron los estados de bienestar, se alcanzó el pleno empleo y se estabilizó la estructura política mediante un consenso que aceptaba la intervención estatal. El miedo a la subversión interna y a la aparente superioridad productiva de la URSS forzó un equilibrio de poder que protegía el trabajo frente al capital. El sistema de mercado, asustado por su propia fragilidad demostrada durante la Gran Depresión, adoptó las herramientas de su enemigo para salvarse de sí mismo. Sin embargo, este éxito modernizador llevó a una posterior ceguera política; al desaparecer la amenaza, el capital creyó erróneamente que su victoria se debía a las virtudes naturales del mercado libre, despejando el camino para el auge de la teología neoliberal.


Crítica al Espejismo Neoliberal y la Erosión de lo Social

La desaparición de la URSS eliminó el contrapeso que obligaba al capitalismo a mantener su rostro humano. Lo que hoy presenciamos es el auge de una "teología del mercado libre" que, habiendo perdido al enemigo que le imponía disciplina, se entrega a una destrucción sistemática del pasado y de los vínculos sociales. La característica más extraña de estas postrimerías del siglo es el auge de un individualismo asocial absoluto que sumerge a las generaciones en un presente permanente sin relación orgánica con la historia. El neoliberalismo genera desempleo masivo y desigualdad, erosionando las creencias comunes que antaño sostuvieron tanto al Este como al Oeste. La barbarie ha regresado de forma burocrática y tecnológica, recordándonos que el siglo XX fue el más mortífero, con un saldo estimado de 187 millones de muertos, una cifra que equivale a más del 10% de la población mundial de 1900.


Incluso la noción de civilización retrocede. La invención del "pasaporte Nansen" tras la Primera Guerra Mundial para los apátridas fue el primer síntoma de un mundo donde la existencia humana depende de un sello burocrático, una "no existencia" que el siglo XX normalizó. Como advirtió Michael Stürmer, existe un paralelismo trágico en el "naufragio" de las creencias comunes: mientras en el Este la doctrina de la omnipotencia humana desapareció, en Occidente la aspiración a controlar el destino mediante el mercado ha naufragado de igual forma. Sin la presión de la alternativa socialista, el capital ha regresado a las prácticas depredadoras del siglo XIX, tratando la vida humana como una estadística desechable. El fin del mundo que conocimos no llega con la explosión revolucionaria, sino con el "gemido" de sociedades desarticuladas donde el interés personal es el único nexo de unión restante y la soberanía económica ha sido entregada a los caprichos del capital transnacional. El viejo siglo no ha terminado bien; ha terminado en medio de la incertidumbre y el caos social.


El Siglo XX como Lección de Resistencia

El siglo XX corto debe ser entendido como un recordatorio de que el equilibrio social no es una propiedad natural del mercado, sino el resultado de tensiones geopolíticas intensas. La tesis central es que la Unión Soviética no fue solo el enemigo del capitalismo, sino su salvavidas histórico involuntario. Al forzar al sistema de mercado a competir en el terreno de la justicia social y la planificación, la URSS permitió la creación de un marco de convivencia que protegía el trabajo y garantizaba derechos mínimos. El colapso del bloque soviético no significó el triunfo definitivo de la libertad, sino la liberación de un capitalismo desenfrenado que ya no siente la necesidad de justificar su existencia ante nadie.


La historia nos enseña que el progreso material solo es civilizatorio cuando se distribuye con sentido de justicia. El siglo XX comenzó con la esperanza de una emancipación universal y termina en una mirada hacia la oscuridad de la incertidumbre política. No obstante, mientras exista la raza humana, la historia perdurará. La lección de resistencia que nos deja este siglo es la necesidad imperativa de recuperar la soberanía económica frente a la dictadura del beneficio inmediato. Debemos recordar que un mundo más justo no es una utopía inalcanzable, sino una necesidad que el siglo pasado nos obligó a construir bajo la sombra del gigante soviético, antes de que el neoliberalismo decidiera que la memoria histórica era un obstáculo para el consumo.


Fuentes:

Hobsbawm, E. (1998). Historia del Siglo XX (J. Fací, J. Ainaud y C. Castells, Trads.). Buenos Aires, Argentina: Crítica (Grijalbo Mondadori, S.A.). (Obra original publicada en 1994; segunda reimpresión: diciembre de 1998).

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