El acceso a la cultura como derecho social: el cambio en la vida para los trabajadores con el peronismo - HISTORIANDOLA

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El acceso a la cultura como derecho social: el cambio en la vida para los trabajadores con el peronismo

Durante décadas, el acceso de los trabajadores argentinos a la cultura estuvo determinado por un límite tan simple como brutal: la vida no alcanzaba. No alcanzaba el salario, no alcanzaba el tiempo y no alcanzaba el reconocimiento social. Bajo los gobiernos conservadores —desde fines del siglo XIX hasta mediados de la década del cuarenta— la cultura no fue concebida como un derecho ni como una política pública, sino como un privilegio social.


La Argentina previa al peronismo podía exhibir crecimiento económico, exportaciones récord y prestigio internacional. Pero ese modelo agroexportador no se traducía en bienestar para las mayorías. Las jornadas laborales extensas, la ausencia de derechos sociales consolidados, la inestabilidad en el empleo y los bajos salarios reducían el ocio a un bien escaso. Para amplios sectores del mundo del trabajo, el tiempo libre no era una condición estructural, sino una excepción.

En ese contexto, el acceso a la cultura existía, pero de forma fragmentaria y marginal. Había cine, teatro, música y literatura, pero estaban pensados para minorías urbanas con ingresos y tiempo disponible. El Teatro Colón funcionaba como emblema de distinción social. El teatro independiente y las bibliotecas populares sobrevivían gracias a la militancia socialista, anarquista o sindical. La cultura obrera existía, pero no era masiva ni sostenida por el Estado. No había políticas orientadas a integrar a los trabajadores como sujetos culturales plenos.

La cultura, en el orden conservador, operaba como un marcador de clase.

La irrupción del peronismo modificó ese escenario no desde una decisión estética, sino desde una transformación material de la vida cotidiana. Y esto es lo que resulta especialmente significativo: incluso un historiador abiertamente antiperonista como Félix Luna se ve obligado a registrarlo en su obra Perón y su tiempo. Luna no oculta su distancia ideológica, pero reconoce un hecho central: millones de argentinos comenzaron a vivir mejor.

Los salarios alcanzaban, el aguinaldo reforzaba el ingreso anual, la indemnización por despido brindaba seguridad y el descanso dejó de ser un privilegio. Por primera vez, amplios sectores del mundo del trabajo contaron con tiempo libre garantizado. Ese dato, aparentemente menor, fue decisivo. Porque cuando el trabajo deja de absorberlo todo, aparece el ocio. Y con él, la posibilidad real de acceder a la cultura.

El impacto fue inmediato. El cine se convirtió en el espectáculo popular por excelencia: barato, accesible, cotidiano. Las salas se llenaron como nunca antes. El Estado intervino para proteger la producción nacional y garantizar su exhibición. Luna criticará la superficialidad de muchas películas y la falta de una cultura crítica profunda, pero no puede negar el fenómeno: el pueblo ingresó masivamente a la vida cultural.

Lo mismo ocurrió con el teatro, la música y los espectáculos en vivo. El Teatro Colón abrió funciones populares, se crearon orquestas estatales, se multiplicaron eventos accesibles para sectores históricamente excluidos. La cultura dejó de ser una experiencia excepcional y pasó a formar parte de la vida cotidiana de los trabajadores. No porque se les impusiera un contenido, sino porque por primera vez podían elegir.

Ahí está la diferencia estructural entre conservadores y peronismo. Los primeros administraron una sociedad desigual sin cuestionar sus bases. El segundo alteró la estructura social y, como consecuencia directa, democratizó el acceso a los bienes simbólicos. La crítica de Luna —sobre censuras, controles o banalización— existe y debe leerse. Pero incluso esa crítica se apoya en una realidad previa: la cultura se había vuelto masiva.

Este recorrido histórico vuelve inevitable un interrogante contemporáneo. ¿Qué significa, entonces, la promesa libertaria de “volver a la Argentina de 1890 a 1930”, repetida hasta el cansancio por Javier Milei y aceptada por buena parte de sus votantes como una verdad revelada?

La Argentina agroexportadora fue rica en términos macroeconómicos, pero profundamente desigual en términos sociales. Exportaba granos y carnes, pero esa riqueza no llegaba a los trabajadores. No se traducía en derechos, ni en tiempo libre, ni en acceso a la cultura. Era una prosperidad concentrada en pocas manos, sostenida por salarios bajos y exclusión social.

Ese es el país que se idealiza hoy como “potencia”. Un país donde el crecimiento convivía con conventillos, jornadas interminables y una cultura reservada a minorías ilustradas. Un país donde el trabajador no elegía no ir al teatro o al cine: no podía.

Incluso desde una mirada antiperonista, la historia demuestra que la democratización cultural no surge del mercado liberado ni del crecimiento por sí solo, sino de condiciones materiales concretas. Cuando hubo ingresos, derechos y tiempo libre, los trabajadores entraron a la vida cultural. Antes, no.

Por eso el debate no es nostalgia contra modernidad. Es una discusión de fondo sobre para quién funciona un modelo económico. Volver a la Argentina oligárquica no es volver a una sociedad próspera para todos. Es volver a un país donde la riqueza existe, pero la cultura —como la dignidad— vuelve a ser un lujo.

La historia argentina ya recorrió ese camino.
Y también dejó en claro quiénes quedaron afuera.

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