Portaaviones Independencia: La compra del Almirante Isaac Rojas a los Británicos - HISTORIANDOLA

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Portaaviones Independencia: La compra del Almirante Isaac Rojas a los Británicos

Un día como hoy, 30 de diciembre de 1958, el ARA Independencia, primer portaaviones de la Argentina, ingresaba a la Base Naval Puerto Belgrano escoltado por los cruceros ARA General Belgrano y ARA Veinticinco de Mayo. El acto fue presentado como el inicio de una “nueva etapa” para la Armada: banderas al viento, discursos solemnes y un relato épico de modernización nacional. Detrás de esa postal, sin embargo, se esconde una historia mucho menos heroica y bastante más reveladora sobre cómo ciertos sectores del poder conciben la soberanía.





El nombre clave no es el del buque sino el de Isaac Rojas. Vicepresidente de facto entre 1955 y 1958, figura central del antiperonismo militante y uno de los responsables políticos de la autodenominada Revolución Libertadora —la Revolución Fusiladora para una parte sustancial de la sociedad—, Rojas fue también quien firmó la compra del portaaviones. El mismo hombre que ayudó a derrocar al presidente constitucional Juan Domingo Perón y a instaurar un régimen de proscripciones hablaba, sin ruborizarse, de moral republicana y defensa de la patria.


El ARA Independencia no era un símbolo de industria nacional ni de desarrollo autónomo. Era el HMS Warrior, un portaaviones británico de la Segunda Guerra Mundial, usado, reciclado y vendido como solución estratégica. La operación se concretó en 1958, durante la presidencia de Arturo Frondizi, pero bajo la gestión directa de Rojas, que sin ocupar cargos ejecutivos formales seguía siendo un actor decisivo del poder real. La compra fue aprobada mediante el Decreto Secreto 5938/1958. Secreto, porque nada expresa mejor la “república” que ocultar cifras, condiciones y beneficiarios.


El artículo 2° del decreto es contundente: 1.750.000 libras esterlinas, a pagar en cinco cuotas anuales de 350.000 libras, con 6% de interés sobre las últimas cuatro. Traducido a números comprensibles, la Argentina pagó alrededor de 4,9 millones de dólares de 1958, que actualizados representan más de 50 millones de dólares actuales, por un buque de segunda mano. El final de la historia es conocido y poco glorioso: en 1971, el portaaviones fue vendido como chatarra por unos 300.000 dólares a empresas privadas en Rosario. Una pérdida monumental presentada, durante años, como logro estratégico.


Lo llamativo no es solo el resultado económico, sino el método. Decreto secreto, discurso grandilocuente, alineamiento con potencias centrales, gasto elevado y ninguna rendición de cuentas. Rojas, además, no se retiró a la vida privada: siguió conspirando, presionando y participando en intentos de desestabilización institucional, como en 1962 contra el gobierno de Guido. Nunca aceptó la democracia como regla del juego; solo la toleró cuando no interfería con su proyecto político.


Esta historia no quedó congelada en los archivos navales. Tiene continuidad. La lógica que guió la compra del ARA Independencia reaparece, con otros protagonistas, en la Argentina actual. El gobierno de Javier Milei impulsa la adquisición de aviones F-16 veteranos, aeronaves con décadas de servicio, presentadas como “salto tecnológico” y “fortalecimiento de la defensa”. Al igual que en 1958, se trata de material usado, descartado por potencias centrales, ofrecido como modernización mientras se ajusta brutalmente sobre salarios, jubilaciones y presupuesto social.


Ayer fue un portaaviones británico reciclado, comprado en libras bajo decreto secreto y defendido por un almirante golpista. Hoy son cazas estadounidenses de segunda mano, promovidos como emblema de soberanía por un gobierno que predica el achicamiento del Estado pero no duda en comprometer recursos públicos en operaciones militares de dudosa utilidad estratégica. Cambian los nombres y los uniformes, pero el patrón es el mismo: dependencia tecnológica, opacidad en las decisiones, gasto elevado y un relato épico para justificar compras que benefician más a los proveedores externos que al país.


La foto del ARA Independencia llegando a Puerto Belgrano sigue circulando como símbolo de orgullo naval. Conviene mirarla completa: junto al acero del casco, la letra chica del decreto; junto al pabellón argentino, las libras esterlinas giradas al exterior; junto al discurso de soberanía, la práctica reiterada de subordinación. La historia, cuando se la mira de frente, no se repite como tragedia o farsa: se repite como método.

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