Hoy analizamos un pequeño capítulo de "El medio pelo en la sociedad argentina". Se trata del capitulo denominado “De burguesía a aristocracia dependiente” del inigualable Arturo Jauretche. En él se formula una de las críticas más demoledoras a las clases dominantes argentinas. No habla de corrupción, ni de inmoralidad individual, ni de errores de gestión. Habla de algo más profundo: la renuncia histórica de la burguesía nacional a cumplir cualquier función productiva, y su transformación en una clase parasitaria, subordinada y dependiente.
Es así, don Arturo Jauretche hubiera llamado parásitos de la economía a Marcos Galperin (Mercado Libre), Hugo Sigman (Grupo Insud), la familia Pérez Companc (consumo, energía), y los hermanos Bulgheroni (Pan American Energy), de eso no hay duda.
Jauretche es claro: la burguesía argentina no se consolida como clase dirigente, sino que abandona tempranamente cualquier proyecto nacional y se reconvierte en una aristocracia que vive de rentas, intermediación y vínculos externos. No invierte, no innova, no industrializa. Administra. Importa. Especula. Vive del Estado cuando le conviene y lo denuncia cuando no lo controla.
En ese sentido, escribe Jauretche que esta clase “no cumple la función histórica de la burguesía en otros países”, porque en lugar de impulsar el desarrollo interno, “se integra al sistema de dominación extranjera”. No hay aquí una burguesía creadora, sino una clase auxiliar del capital externo, que se legitima culturalmente como élite y se separa simbólicamente del resto de la sociedad.
Ese proceso, que Jauretche describe como pasaje de burguesía a aristocracia dependiente, no solo no se revirtió: se perfeccionó. La Argentina actual es el escenario acabado de esa mutación. Los sectores dominantes ya no siquiera fingen un proyecto productivo. No hablan de industria, empleo o integración social. Hablan de confianza de los mercados, tasas, riesgo país, arbitrajes financieros y apertura irrestricta. La economía real es un estorbo; la nación, un costo.
Jauretche señala además que esta aristocracia dependiente no se reconoce como tal, sino que se autopercibe como portadora de civilización, modernidad y racionalidad. Por eso desprecia todo intento de política nacional: porque la política implica decisión soberana, y la soberanía es incompatible con la dependencia. En sus palabras, se trata de una clase que “se siente parte de otra cosa”, cultural y mentalmente desligada del país en el que vive.
Hoy esa descripción encaja con precisión quirúrgica. Buena parte del poder económico argentino no tiene anclaje territorial ni compromiso social. Puede fugar capitales, dolarizar activos, exportar ganancias y socializar pérdidas sin conflicto moral alguno. El país es apenas una base operativa. Cuando el Estado regula, es “populismo”. Cuando garantiza negocios, es “seguridad jurídica”.
Pero el rasgo más grave que Jauretche anticipa no es económico, sino político y cultural. Esta aristocracia dependiente necesita una sociedad desmovilizada, resignada y fragmentada. Por eso promueve la idea de que no hay alternativa, de que el atraso es cultural, de que el problema es el pueblo y no la estructura. El ajuste no es una decisión: es una fatalidad. La desigualdad no es injusta: es natural.
Jauretche entiende que esta clase no gobierna sola. Necesita intermediarios: técnicos, comunicadores, juristas, economistas que traduzcan la dependencia en lenguaje neutral. Hoy ese rol lo cumplen los discursos que reducen la política a Excel, la economía a balances y la sociedad a individuos aislados compitiendo entre sí. La aristocracia dependiente no da órdenes: define el marco mental en el que las órdenes parecen inevitables.
Leer hoy a Don Arturo Jauretche no es un ejercicio histórico: es una advertencia vigente. Jauretche no describe una anomalía argentina, sino una estructura que se reproduce cada vez que las clases dominantes prefieren ser socias menores del poder global antes que dirigentes de un país soberano. Mientras esa lógica no se cuestione, la Argentina seguirá teniendo élites sin nación y un pueblo al que siempre se le pide sacrificio.
Podes bajar el texto original de Jauretche haciendo click aquí

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