Siempre la misma táctica: Cuando un país no obedece, Estados Unidos interviene - HISTORIANDOLA

Breaking

Siempre la misma táctica: Cuando un país no obedece, Estados Unidos interviene

Estados Unidos acaba de mostrar otra vez lo que nunca dejó de ser. La imagen difundida hoy por Donald Trump, celebrando la acción militar contra Venezuela como si fuera un trofeo, no inaugura nada nuevo. Apenas actualiza un libreto viejo, gastado y brutal, que Washington viene aplicando desde hace más de dos siglos en América Latina.






Cambian los barcos, cambian las excusas, cambian las tecnologías.
El método es siempre el mismo.


En 1831, cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata ejercían soberanía efectiva sobre las Islas Malvinas, Estados Unidos decidió que esa soberanía era molesta. No porque Argentina fuera una amenaza, sino porque regulaba el comercio y afectaba intereses privados norteamericanos. La respuesta no fue una protesta diplomática ni un reclamo judicial: fue la fragata USS Lexington bombardeando Puerto Soledad, destruyendo instalaciones argentinas y secuestrando autoridades locales.


El gobernador argentino designado en las Islas Malvinas, Luis Vernet, no fue derrotado en una guerra ni removido por un tratado. Su autoridad fue directamente arrasada por la fuerza. En diciembre de 1831, la fragata USS Lexington, al mando del capitán Silas Duncan, atacó el asentamiento argentino en Malvinas como represalia por la detención de buques estadounidenses que pescaban ilegalmente.


Estados Unidos después de bombardeó Malvinas, arrestó a sus representantes, los embarcó como prisioneros y los expulsó del territorio sin juicio ni declaración formal de conflicto. Fueron abandonados en Montevideo, entonces bajo fuerte influencia británica, como quien deja un problema ajeno en un puerto amigo. Después de destruir al gobernador, Washington tuvo el cinismo de declarar que allí no había soberanía. Primero el cañón; después la mentira jurídica.


No hubo guerra declarada. Hubo castigo.
No hubo derecho. Hubo poder.


Al frente del gobierno argentino estaba Juan Manuel de Rosas, que cometió un pecado imperdonable para el imperio: no obedecer. Estados Unidos no atacó porque Argentina fuera débil, sino porque no era dócil. Esa es la clave que suele omitirse en los manuales prolijos.


Hoy, casi doscientos años después, el escenario es Venezuela. El argumento ya no es la pesca ilegal ni el comercio de focas, sino la “lucha contra el narcotráfico”, la “seguridad hemisférica” o cualquier otra etiqueta disponible en el estante. Da igual. Las excusas siempre se adaptan; el objetivo no.


Estados Unidos no necesita invadir Venezuela, del mismo modo que no necesitó ocupar Malvinas en 1831. Le alcanza con demostrar que puede golpear cuando quiera. Mostrar poder. Disciplinar. Advertir al resto.


Antes se llamaba diplomacia de cañoneras.
Hoy se llama “operación”, “mensaje”, “prevención”.


La legalidad, como siempre, llega después, si llega. En Malvinas, Washington declaró el territorio res nullius sin ningún sustento jurídico. En Venezuela, se construye un relato de excepcionalidad permanente: todo vale si el objetivo es “restaurar el orden”. El derecho internacional no es un límite; es un decorado.


Hay, además, un detalle que se repite con precisión quirúrgica: el imperio nunca actúa solo. Siempre cuenta con una minoría local dispuesta a justificar la agresión externa en nombre de la civilización, la libertad o el odio al adversario interno. Ayer fueron comerciantes y sectores “ilustrados” del Río de la Plata. Hoy son dirigentes, opinadores y voceros que celebran sanciones, bloqueos o bombardeos como si no fueran contra su propio pueblo.


Nada de esto es nuevo.
Lo nuevo es la desvergüenza.


Trump no inventó el imperialismo estadounidense. Simplemente lo exhibe sin maquillaje, sin diplomacia y sin culpa. Lo que antes se hacía con pólvora y silencio, hoy se hace con cámaras, redes sociales y sonrisas de campaña.


De Malvinas a Venezuela, el mensaje es idéntico y brutalmente coherente:
si no te alineás, te castigamos.


El problema nunca fue la democracia.
Nunca fue la libertad.
Nunca fue el narcotráfico.

No hay comentarios:

Publicar un comentario