La enseñanza heroica de Sandino: cómo un campesino frenó al ejército más poderoso del mundo - HISTORIANDOLA

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La enseñanza heroica de Sandino: cómo un campesino frenó al ejército más poderoso del mundo

Hoy vamos a contar una historia que la derecha se empeña en ocultar y que, por supuesto, nuestros libertarios desconocen. Una de las historias más profundas, cargadas de amor por la patria y de enseñanzas sobre cómo dejar la vida por el pueblo. Una historia que explica, además, por qué la política exterior de Estados Unidos nunca cambia.



Cambian los presidentes, cambian los discursos, cambian las consignas y los slogans, pero el método sigue intacto. Ayer contábamos brevemente cómo las Islas Malvinas fueron objeto de un ataque norteamericano y cómo el gobernador argentino Luis Vernet fue secuestrado y llevado fuera del territorio nacional. ¿Te sorprende la similitud? En la historia latinoamericana contemporánea, el libreto es siempre el mismo. Solo se actualiza la escenografía.


Vayamos ahora a Nicaragua, a comienzos del siglo XX. Augusto César Sandino había entendido algo que muchos aún hoy se niegan a aceptar: cuando Washington habla de libertad, casi siempre está hablando de negocios. Cuando habla de democracia, suele estar señalando a un gobierno que no obedece. Y cuando habla de orden, está preparando una intervención.


Entre 1912 y 1933, Estados Unidos ocupó militarmente Nicaragua para “estabilizarla”. Traducción: garantizar sus intereses económicos y disciplinar a un país que se salía del libreto. Frente a esa ocupación, Sandino —campesino, obrero, sin universidades privadas ni think tanks— decidió hacer algo imperdonable: no rendirse. Organizó una guerrilla de campesinos mal vestidos y con fusiles viejos, y puso en jaque a la mayor potencia militar del planeta. Un escándalo histórico. Uno de los papelones militares más grandes de la historia norteamericana.


Veamos concretamente cuál era el interés norteamericano por Nicaragua en aquel momento. Detrás del discurso de “orden” y “estabilidad”, la ocupación estadounidense de Nicaragua respondía obviamente a intereses económicos muy concretos. Desde comienzos del siglo XX, bancos norteamericanos pasaron a controlar la recaudación aduanera, la emisión monetaria y el pago de la deuda externa del país. En los hechos, Nicaragua perdió soberanía fiscal y presupuestaria. La presencia de los marines no fue ideológica ni altruista: fue la garantía armada de un esquema de subordinación financiera impuesto desde Washington.


A ese control se sumaba la explotación directa de recursos y territorios, integrada al modelo regional de “banana republic” dominado por la United Fruit Company y empresas asociadas. Aunque Nicaragua no fue el principal enclave bananero, sí formó parte de ese sistema: monocultivos para exportación, exenciones impositivas, represión laboral y gobiernos dóciles sostenidos por tropas extranjeras. En el norte del país, especialmente en Las Segovias, compañías mineras estadounidenses extraían oro bajo protección militar. Sandino conocía esa realidad desde adentro: había sido obrero minero y sabía que las ganancias se iban al exterior mientras la miseria quedaba en casa.


Por último, digamos que Nicaragua ocupaba un lugar estratégico clave en la obsesión histórica de Estados Unidos por controlar un canal interoceánico alternativo al de Panamá. Aunque el canal nunca se construyó allí, Washington se aseguró de que ningún otro país pudiera hacerlo, manteniendo bajo control rutas fluviales, territorios y gobiernos. Para garantizar esa dominación a largo plazo, creó y entrenó la Guardia Nacional nicaragüense, luego columna vertebral de la dictadura somocista. 


Sandino entendió que sin desmontar ese aparato no había soberanía posible. Por eso fue se puso al frente de la resistencia logrando una de las derrotas más humillantes para Estados Unidos. Ocurrió en enero de 1928, durante la emboscada de El Bramadero, en las montañas de Las Segovias. Allí, fuerzas del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, comandadas por Sandino, rodearon y destruyeron a una patrulla de marines estadounidenses junto con tropas de la Guardia Nacional entrenadas por ellos. El saldo fue demoledor: bajas significativas en las filas norteamericanas, armas capturadas y una retirada forzada en una zona que Washington consideraba “pacificada”. No fue un hecho aislado ni una anécdota menor. Entre 1927 y 1930, Sandino infligió múltiples derrotas tácticas al ejército más poderoso del planeta, obligándolo a atrincherarse, replegarse y, lo más grave para el orgullo imperial, reconocer que no podía vencer a una guerrilla campesina sin pagar un costo político y militar inaceptable.


Casi cien años después, el guion se repite. Esta vez el escenario es Venezuela, y el protagonista es Donald Trump, un presidente que ni siquiera se molesta en disimular el tono: amenazas públicas, sanciones económicas asfixiantes, operaciones encubiertas y la idea fija de que ningún país puede decidir su destino sin el visto bueno de la Casa Blanca.


Trump no inventó nada. Solo le quitó el barniz diplomático. Donde antes se hablaba de “misión civilizadora”, hoy se habla de “defensa de la democracia”. Donde antes desembarcaban marines, ahora llegan bloqueos financieros que destruyen economías enteras sin disparar una bala. La violencia es más prolija, más presentable, pero igual de letal.


Sandino llamaba a esto por su nombre: imperialismo. Y advertía algo todavía más incómodo: estas operaciones siempre son posibles gracias a una minoría local dispuesta a traicionar a su propio país, a pedir sanciones, invasiones o golpes con tal de conservar privilegios. En Nicaragua fueron las élites aliadas a Somoza. En Venezuela, el mecanismo es idéntico, aunque con mejor prensa internacional.


La diferencia es que a Sandino no pudieron vencerlo por las armas. Mucho menos llegaron a secuestrarlo. Terminó asesinado tras una cena oficial, traicionado por los mismos que decían buscar la paz. Hoy ya no hace falta desaparecer cuerpos: alcanza con destruir economías, demonizar gobiernos y presentar el saqueo como ayuda humanitaria. Progreso, le dicen.


Algunos historiadores —entre los que me incluyo— tenemos la mala costumbre de no olvidar. Estados Unidos tuvo que retirarse de Nicaragua, derrotado políticamente por un campesino rebelde, con un profundo amor por su patria, decidido a realizar hazañas increíbles junto a sus compañeros para enfrentar a una potencia militar. Y cada vez que vuelve a ensayar el mismo método —ayer en Centroamérica, hoy en Venezuela— confirma que el problema no son los países latinoamericanos, sino su obsesión por quedarse con sus recursos naturales. 


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