Nota aclaratoria:
Esta es la segunda nota sobre los orígenes de las denominadas “villas miserias”, surgida a partir de la reiterada circulación en redes sociales —impulsada por trolls libertarios— de la falsa idea de que las villas en la Argentina son una creación de Juan Domingo Perón o que existirían por su culpa.
Puede sonar increíble —sobre todo para quienes repiten que la pobreza es un fenómeno exclusivo del “Tercer Mundo”, o para quienes, desde una ignorancia histórica persistente, aseguran que las villas miserias fueron “creadas por Perón”— pero es históricamente cierto y está ampliamente documentado. En los años treinta, en pleno derrumbe del capitalismo estadounidense tras la crisis de 1929, en el corazón de Nueva York, a metros de los hoteles de lujo, de la Quinta Avenida y de los centros financieros más poderosos del mundo, existió una auténtica villa miseria, habitada por trabajadores expulsados del empleo, veteranos de guerra y familias enteras sin ingresos ni vivienda. No en los márgenes de la ciudad ni en un suburbio olvidado: en el borde de Central Park, uno de los parques más emblemáticos, caros y simbólicos del planeta, convertido por la crisis en refugio de la pobreza que el mercado ya no podía ocultar.
No fue una anécdota ni una rareza
pintoresca. Fue el resultado directo de un sistema económico que colapsó y de
un Estado que, hasta entonces, eligió retirarse. Tras la crisis de 1929, miles
de personas quedaron sin trabajo, sin vivienda y sin protección social. Esos
asentamientos precarios recibieron un nombre elocuente: Hoovervilles, una
acusación política explícita contra el presidente Herbert Hoover y a su defensa
del laissez-faire.
Las viviendas eran chozas armadas
con cartón, chapas y maderas descartadas. Allí vivían obreros despedidos,
veteranos de guerra, pequeños comerciantes quebrados y familias enteras que
habían sido expulsadas del mercado de trabajo y del crédito. No eran “marginales”
externos al sistema: eran sus víctimas directas.
La presencia de una Hooverville
en Central Park fue una imagen imposible de ocultar. La miseria se instaló en
el centro simbólico del capitalismo estadounidense, frente a las postales de
prosperidad. Las fotografías de la época circularon por diarios y revistas, y
el contraste resultó obsceno: pobreza extrema incrustada en el paisaje más
icónico de la ciudad.
Este episodio histórico desmonta
un mito persistente. Las Hoovervilles no surgieron por exceso de Estado, sino
por su ausencia. Aparecieron cuando el mercado colapsó y no hubo red de
contención pública. La pobreza no desapareció: se organizó como pudo.
Pero veamos un poco porque estas
villas llevan el nombre de un presidente norteamericano. Hoover era un liberal
que creía firmemente que la economía debía autorregularse y que el
Estado no debía intervenir de manera directa frente a las crisis. ¿Te
suena? Ante el crack de 1929, su respuesta fue mantener el dogma del
laissez-faire, dejar hacer/dejar pasar, aun cuando el desempleo y la
pobreza crecían de manera explosiva.
El gobierno de Hoover se basó en
tres ejes centrales. Primero, equilibrio fiscal: se negó a aumentar de
forma significativa el gasto público para asistir a los desempleados,
convencido de que el déficit era más peligroso que la recesión. Segundo, confianza
en el sector privado: apeló a acuerdos “voluntarios” con empresarios para
que no bajaran salarios ni despidieran trabajadores, acuerdos que en la
práctica fracasaron rápidamente. Tercero, rechazo a la asistencia social
directa: sostenía que la ayuda estatal masiva destruiría la iniciativa
individual y la moral del trabajo.
Cuando la crisis le explotó en la
cara, Hoover reaccionó tarde y de forma contradictoria. Aprobó algunas obras
públicas limitadas y creó organismos de crédito para bancos y empresas, pero ninguna
ayuda directa a las personas. El Estado acudía a rescatar al sistema
financiero, pero no a quienes habían quedado en la calle.
El resultado fue devastador:
quiebras en cadena, desempleo masivo, caída del salario real y la proliferación
de las Hoovervilles, las villas miserias que llevaron su nombre como acusación
política.
Hoover gobernó la peor crisis del
capitalismo moderno y con ideas previas a la crisis, priorizando el
dogma liberal por sobre la realidad social. En otras palabras, para 1929 las
ideas de Hoover (que son las mismas que las de Milei) ya eran anticuadas. Su
fracaso abrió el camino al New Deal y dejó una lección histórica difícil de
ignorar: cuando el mercado colapsa y el Estado se retira, la pobreza no se
corrige, se multiplica.
Recién con la llegada del New
Deal, bajo la presidencia de Franklin D. Roosevelt, estos asentamientos
comenzaron a desaparecer. No por un milagro del mercado, sino por intervención
estatal deliberada: empleo público, obra pública, regulación financiera,
derechos laborales y asistencia social.
La lección es incómoda pero
clara. Los libertarios o no lo saben o se saltean deliberadamente este
capítulo. La pobreza no es un problema moral ni cultural, sino político y
económico. Antes de señalar villas ajenas, conviene recordar esta escena: Estados
Unidos, años treinta, Central Park, cartón y chapas. El centro del capitalismo mundial
también tuvo —y tiene— sus villas miserias.
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Central Park Hooverville with
Central Park West in the Background in 1932. NY Daily News Archive via
Getty Images |
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| Central Park Hooverville with Central Park West in the Background in 1932. NY Daily News Archive via Getty Images |



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